viernes 12 de diciembre de 2008

Canciones



Hace unos días supimos de la muerte del cantautor catalán Joan Baptista Humet, muy popular a finales de los setenta, y fue como si de repente se abriera ventana a nuestro pasado. Por paradójico que pueda parecer, internet y las nuevas tecnologías nos permiten darle a esa ventana un sentido mucho más que metafórico. Si uno quiere reencontrarse con el niño que fue, nada como darse una vuelta por Youtube y organizarse una sesión de aquellas series televisivas de la infancia (El fugitivo, Viaje al fondo del mar, Pippi Calzaslargas, etcétera). Con permiso de la SGAE, también los programas de intercambio de ficheros son útiles para emprender regresiones temporales. En un arrebato de nostalgia sufrido recientemente, me dio por confeccionarme una recopilación de canciones de mi infancia y mi primera adolescencia. Dos composiciones del mencionado Humet (q.e.p.d.) figuraban entre las escogidas. En cuanto a los intérpretes extranjeros, en este hit parade particular ocupaban un puesto de honor los italianos, sobre todo los que cantaban aquellas canciones guarrindongas que a los españolitos de la transición nos ponían como motos. Me refiero a Sandro Giacobbe, a quien muchos le debemos más de un filete por obra y gracia de El jardín prohibido. Y con él, naturalmente, a Gianni Bella, Umberto Tozzi y Claudio Baglioni. Aunque no perdamos de vista a algunos intérpretes autóctonos que también se las ingeniaban para subirnos la temperatura algún que otro grado. «Acuéstate, disfruta tu libertad», cantaban Ana y Johnny para nuestro pasmo y regocijo. «Yo bajé la cremallera de tu vestido», decía Pablo Abraira, y todos nos imaginábamos en un trance parecido. Esto último estaba en Gavilán o paloma. Por cierto, que al repasar otra de aquellas calentorras composiciones de Pablo Abraira me llevé una sorpresa mayúscula. Me refiero a O tú o nada. Me he pasado unos 30 años convencido de que la letra de la canción decía «amada mía, tú serás, mi gran amor, mi niña mimada», y al volver a escucharla me encontré con que lo que dice en realidad es «amada mía, ADÚLTERA». Quién lo iba a sospechar de un cantante de los años setenta. Entusiasmado con mi descubrimiento, se lo conté a un amigo al día siguiente. Pues bien, mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que mi amigo no sólo había entendido siempre lo mismo que yo, sino que se negaba a que lo sacaran de su error. Hasta puede que, en nuestra ingenuidad, toda una generación de españoles hayamos borrado el espinoso tema del adulterio de la canción de Abraira. Tal vez sean cosas de nuestra educación tradicional y católica. O quizás una mala pasada del inconsciente colectivo. Una cuestión fascinante, en cualquier caso.

Investigando un poco en el asunto, he descubierto que no es tan raro esto de malinterpretar las letras de las canciones y suplir con la imaginación la parte que falta. Ni siquiera es algo exclusivo de nuestro idioma. En el orbe musical anglosajón es de lo más normal. De hecho, existen recopilaciones enciclopédicas de esta tontería. La más célebre de todas está en internet, por supuesto, en la dirección www.kissthisguy.com, y en ella podemos encontrar ejemplos tan divertidos como el de la famosa canción de los Beatles Strawberry Fields Forever. Hay una parte de la letra que reza «living is easy with eyes closed» («es fácil vivir con los ojos cerrados»). Pues bien, muchos fans de mente calenturienta se pasaron años convencidos de que lo que John Lennon cantaba era «living is easy without clothes» («es fácil vivir en pelotas»). En un tema del grupo Creedence Clearwater Revival se canta «there’s a bad moon on the rise» («la malvada luna asciende»), aunque lo que parecen decir es «there’s a bathroom on the right» («el váter está a la derecha»).

Estos fragmentos interpretados creativamente han recibido el nombre de mondegreens. Su variedad más exótica es el mondegreen transnacional, y me refiero a esas canciones en una lengua extranjera en las que creemos identificar frases absurdas en nuestro propio idioma. En su programa de radio, el presentador Pablo Motos hizo una magnífica recopilación de estos mensajes misteriosos en perfecto castellano, que el llamó «tenientes». La sección llevaba por título El momento teniente, y gracias a ella supimos que en la canción Money for Nothing, Mark Knopfler decía claramente «Baby, quiero queso roñoso». Y también que en una tema de la Electric Light Orchestra, Jeff Lynne se quejaba del siguiente modo: «¡En tu huerto no hay tomates!».

Todo esto resultaría cómico si no fuera una prueba más del escaso entusiasmo que despierta en este país el estudio de las lenguas extranjeras, lo que no quiere decir que no nos haya entusiasmado siempre la música anglosajona. En mi generación nos las arreglábamos estupendamente para corear las canciones sin entender ni papa de lo que decían. Aquella que cantaban John Travolta y Olivia Newton-John en Grease era una de nuestras favoritas. «Arcanchú dermortifraien, andabrú sensorráun», berreábamos muertos de risa. Ni siquiera nos hacía falta encontrar «tenientes» para pasarlo en grande. Y claro, entre esto y Pablo Abraira, así hemos acabado.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 12/12/2008

viernes 5 de diciembre de 2008

Dolor de muelas

Desde hace unas semanas me duelen las muelas. Nada como un buen suplicio dental para recordarnos la fragilidad de nuestra carne y, por ende, lo efímero de nuestro tránsito por el mundo. Mucho más efectivo, sin duda, que esas historias de terror que nos contaban los curas en la catequesis, aquella siniestra lotería de morir en pecado o en gracia de Dios, con las irrevocables consecuencias que los lectores recordarán. Pero estaba hablando de mis muelas. No quiero parecer pusilánime, pero me han dolido una barbaridad. Cada comida se convertía en una sesión de tortura, máxime siendo yo tan devoto de los alimentos contundentes y tan poco amigo de purés, verduras y sopitas.

Si lo pienso, llego a la conclusión de que los dientes gozan de un prestigio que no se merecen. Nadie se preocupa de la blancura y lozanía de su fémur o de su clavícula. ¿Qué sentido tiene esa obsesión por lucir unos incisivos inmaculados, unos caninos tan níveos como la porcelana de Sèvres? Recuerdo un hermoso texto de Francisco Umbral incluido en esa joya de libro que se titula Mortal y rosa. Umbral habla de su esqueleto. Dice que el esqueleto es algún antepasado nuestro que todos llevamos dentro. «Se evaporará mi carne y quedará el esqueleto, el antepasado, ése que ya no soy yo.» Inquieta pensar que todos transportamos a ese intransigente habitante, a ese «individuo duro y feo» que antes o después habrá de convertirse en nuestro cadáver. En algunos lugares de mi cuerpo, el incómodo compañero está oculto bajo una mullida capa de carne. En otros, como los codos, el cráneo o las rodillas, lo noto a flor de piel. Su dureza me mortifica. Su rigor es evidente al tacto, y al sentirlo siento también un vago retortijón de angustia. Memento mori. Un día estaré tieso. El único testimonio de mi paso por el mundo será este patético montón de huesos que ahora me sustenta. Y dudo que haya un juez Garzón empeñado en desenterrarlos.

Coincidimos en que el esqueleto es nuestra parte más siniestra. Y, sin embargo, hay una parte de nuestro esqueleto que mostramos al mundo sin el menor pudor. Es más, nos complace exhibirlo, en especial cuando cumple a rajatabla su condición ósea de objeto blanco y petrificado. Me refiero a nuestra dentadura, esos pequeños pedazos de nuestra osamenta que asoman obscenamente al exterior. Qué atractivos nos parecen los dientes cuando nos sonríe una mujer hermosa, una reacción paradójica, por cuanto que lo que delatan no es su belleza, sino el espanto de la calavera que acecha debajo.

No, los dientes no merecen su buena reputación. Y menos aún esas piezas llamadas «muelas del juicio», que son precisamente las que han provocado mi calvario de las últimas semanas. Esos pequeños y duros diablillos agazapados en la parte más recóndita de mi cavidad oral. ¿Qué son sino armas de carnívoro, reliquias que hunden sus raíces en la noche de la cadena evolutiva, recordándonos que hubo un tiempo en que fuimos poco más que mandriles con las fauces tintas de sangre? Por eso me sentí casi agradecido cuando mi dentista me dijo que iba a ser necesario extraerlas. Agradecido pero también aterrorizado, justo es reconocerlo. Yo, que tan poco apego siento por mis dientes, he pasado varias semanas presa del pánico ante la idea de deshacerme de algunas piezas que ni siquiera uso. Cuando faltaban pocas fechas para el Día D, postergué la operación con la excusa de un viaje. Pero la tortura era tan grande que se me acabaron las excusas. Así pues, tranquilizado con la experiencia de algunos amigos (y aterrado con la mala experiencia de otros) expuse mis intimidades bucales a la experta mano de mi dentista. Unos pinchazos, unos leves tirones y, ¡bendito sea Dios!, la maldita muela estaba fuera. «¿La quieres guardar?», me preguntó la buena señora mostrándome una cosita ensangrentada, amarillenta y cuarteada de caries. «No, no. Prefiero donarla a la ciencia». Y me marché agradecido y maravillado por lo fácil que había sido todo. Me sentía aligerado. Menos esquelético. Más persona. Luego recapacité y no pude evitar sentirme también un poco ofendido. Yo pensaba que estaba deseando deshacerme de mi muela. Pero, a tenor de la facilidad con que me había abandonado, era ella la que estaba deseando deshacerse de mí.

Aparecido en La Tribuna de Albacete el 5/12/2008 

viernes 28 de noviembre de 2008

¿Qué hay en un nombre?

El legendario artista de country Johnny Cash era, además de un magnífico intérprete, un formidable narrador de historias. Entre la galería de forajidos, presidiarios y tipos al límite que pueblan las letras de sus canciones, siempre me ha fascinado la historia de aquel muchacho que se llamaba Sue, que como sabrán es un hipocorístico de Susan. Según él mismo nos cuenta, Sue se ha pasado la vida pensando que su ridículo nombre no fue más que una broma pesada de su padre, al que apenas conoció. El tipo era un vividor y los abandonó a su madre y a él cuando Sue apenas tenía tres años. Desde entonces ha tenido que vivir con la vergüenza de ser un chico con nombre de muchacha. Su nombre le complica muchísimo la vida, ya que se ve obligado a pelearse cada vez que alguien se burla de él, lo que ocurre con bastante frecuencia. De pelea en pelea, acaba convertido en un tipo duro cuya obsesión es encontrar a su padre, culpable de sus humillaciones, y darle su merecido. Y un día, en efecto, se topa con él en un saloon. «Le aticé fuerte entre los ojos y lo tiré al suelo. Pero él levantó con un cuchillo en la mano y me rebanó un pedazo de oreja. Entonces yo le rompí una silla en los dientes». Al final del violento encuentro paterno-filial, Sue logra someter a su padre y se dispone a acabar con él. «Adelante, hijo», le dice el hombre sonriendo y escupiendo dientes. «Sé que me odias y no te culpo por querer matarme. Pero antes deberías darle las gracias a este grandísimo hijo de perra que te bautizó con el nombre de Sue. Este mundo es un asco y hay que ser duro para sobrevivir. Y si no fuera por mí no sabrías pelear como lo haces». Entonces Sue comprende que en realidad su nombre era el mejor legado que su padre podía hacerle antes de marcharse. Lo ahogan las lágrimas, arroja el revólver, padre e hijo se abrazan. Fin de la canción.

«¿Qué hay en un nombre?», suspira Julieta al saber que su enamorado se llama Montesco, y que por tanto es un vástago de la familia enemiga de la suya. «¿Es que acaso una rosa, llamándose de otro modo, no mantendría su perfume?» Creo que la pregunta de Julieta es procedente. Yo mismo me la he hecho más de una vez. ¿Qué hay en un nombre? ¿Qué hace especiales a nuestros nombres, y de qué modo misterioso terminamos vinculados a ellos? Recuerdo que de niño estaba convencido de que existía una relación necesaria entre las personas y sus nombres. Si alguien se llamaba María o Gabriel, yo me creía capaz de encontrar un parecido entre el nombre y la persona. De algún modo intuía que esa persona estaba destinada a llamarse así. Pensarán que mi teoría infantil hace agua por todas partes, pero me mantengo en mis trece y sigo pensando que los nombres actúan como moldes, y que antes o después acabamos pareciéndonos a nuestros nombres, del mismo modo que acabamos pareciéndonos a nuestros padres, nos guste o no.

Igual que le ocurre al protagonista de la canción de Johnny Cash, hay gente que sufre su nombre como una condena. Me temo que para esto de los nombres los españoles somos mucho más remilgados que los latinoamericanos. Acuérdense, por ejemplo, de Elián González, el niño balsero, que tenía una prima en Miami que se llamaba nada menos que Marisleysis. Se conocen también casos de niños llamados Usanavy y Usamail, en homenaje a la armada y al servicio postal de los Estados Unidos, respectivamente. Aquí no llegamos tan lejos, pero imagino que quienes se llaman Toribio o Sinforosa no parten precisamente con ventaja. Hay quien llega a odiar su nombre hasta el punto de cambiarlo, pese a los complejos trámites administrativos que ello comporta. Sin embargo, pienso que al hacerlo están renegando de una parte esencial de sí mismos, y que ese acto de traición trae aparejado su propio castigo. A mí me ocurrió, en cierto modo, cuando decidí prescindir del segundo nombre que me dieron al nacer. Eloy es el nombre que heredé de mi abuelo, el nombre al que estaba destinado. Pero mi madre, en un pequeño acto de rebeldía, decidió adjuntar al nombre de Eloy el de Miguel, creando así una combinación imposible muy del estilo de los culebrones sudamericanos. Mi traición consistió en ocultar el Miguel materno tras la inicial «M». Y mi castigo no tardó en llegar, pues desde entonces me han llamado Eloy Martínez Cebrián, Eloy Manuel Cebrián y, con auténtico vuelo imaginativo, incluso Eloy María Cebrián. En mal día decidí dejar de ser Miguel.

Por fuerza, tiene que haber algo en los nombres. Son tan nuestros como nuestro corazón o nuestra piel. Están tan íntimamente ligados a nosotros que, al revestirlos, estamos transfiriéndoles nuestra personalidad, nuestro mismo ser. ¿O es al contrario? ¿Seríamos los mismos si tuviéramos nombres distintos? Por si acaso, escuchen a ese muchacho llamado Sue y pónganles a sus hijos nombres normalitos, no sea que llegue un día en que tengan que rendir cuentas ante ellos.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 28/11/2008

viernes 21 de noviembre de 2008

Blogosfera

La ciudad de Sevilla acogió la semana pasada el Evento Blog España, un encuentro de particulares y empresas relacionadas con los blogs de internet. El universo de los blogs se halla en expansión, al igual que el universo de la red en su conjunto. Hasta mediados los noventa lo de una «red de redes» nos sonaba a ciencia-ficción, hoy nos movemos por ella con la facilidad con que bajamos a la panadería de la esquina. Como si de una gigantesca empresa de colonización se tratase, hemos convertido en nuestro vecindario lo que hasta hace bien poco era «terra incognita». Y las nuevas tierras precisan nuevos nombres, de ahí que la red sea terreno propicio para los neologismos. La palabra blog se forma a partir de web log, siendo log el término inglés que designaba esos diarios o cuadernos de bitácora en los que los capitanes de los barcos dejaban constancia de sus navegaciones.

«Bitácoras»… «navegantes»… Si se fijan, todo lo que se relaciona con la red parece teñido de aventura y romanticismo. Quizás hubo un tiempo en que esta envoltura romántica tuviera sentido. Ahora ya no estoy seguro de si responde a los hechos o bien se trata de simple palabrería. Nos las hemos arreglado para convertir algo novedoso y apasionante en el colmo de lo vulgar y lo hortera. Navegar hoy por la red no difiere mucho de pasear por los pasillos de un supermercado, o más bien un bazar del mal gusto. Aquí la sección de remedios para la disfunción eréctil. Allá el sex shop. A la derecha la sección de software pirata con virus incluido. Como muestra de la degradación que sufre la red, piensen en esos correos basura que recibimos a toneladas cada día. Casinos virtuales, sex cams, viagra, timos varios Tal vez el retrato-robot del hombre del nuevo milenio: pornógrafo, voyeur, ludópata y pitopáusico. Y entre tanta inmundicia, la blogosfera (que así se denomina el universo de los blogs) resalta como uno de los pocos reductos de creatividad, sensibilidad e imaginación.

Abrir un blog es tan sencillo que pocos forofos de internet dejan de sucumbir a la tentación. Cualquier servicio de creación de blogs (llámese Blogger, Blogia o La Coctelera) nos ofrece una variedad casi infinita de bitácoras donde los «blogueros» del mundo dan rienda suelta a sus pasiones, desde el bricolaje a Schopenhauer, pasando por el heavy metal, el esperanto y el pensamiento Zen. En mi entorno cercano puedo señalar más de uno que merece la pena. Bien a cara descubierta, bien ocultos detrás de un nick o apodo, me cabe presumir de algunos amigos cuyos blogs rozan la excelencia. Daniel Quinn, un antiguo alumno, es el responsable de El Dormitorio de Maud, una interesante revista de cine y literatura que se encuentra a tan sólo un google de distancia. Antonio Segovia, colega y amigo, se vale de su De Siberia a Malvinas para dar rienda suelta a sus dos pasiones, que son la biología y la pedagogía. Manel Haro, joven periodista barcelonés, es el creador de El Blog de las Odiseas, que se nutre sobre todo de reseñas literarias y entrevistas a escritores. Desde La Luz del Agua, el poeta caudetano Ángel Aguilar nos ofrece una visión del mundo teñida de lirismo y espiritualidad. Carretera y Manta es un espacio virtual donde el pintor Juanjo Jiménez nos regala algunas magníficas fotografías de naturaleza y de paisajes. A través Apuntaciones Sueltas, mi amigo el traductor Alejandro Pareja ha llevado a cabo iniciativas tan singulares como la de buscarle un padre adoptivo a su vieja máquina de escribir Olivetti. Y como muestra de la variedad de este «género», sepan que mi compañero de instituto Juan Martínez-Tébar, profesor de matemáticas, deja constancia de su pasión por esta ardua disciplina en Los Matemáticos No Son Gente Seria.

Mención aparte merecen otros blogs de orientación más periodística. Siguiendo la estela de muchos prestigiosos columnistas de opinión (Arcadi Espada, Javier Rioyo o Javier Marías) algunos amigos que escriben semanalmente en la prensa decidieron insuflarles una segunda vida a sus artículos a través de un blog. Entre ellos, muy singularmente, los escritores Arturo Tendero y León Molina, cuyas bitácoras comparten título y contenidos con las columnas que ambos publican en la prensa de Albacete: El Mundanal Ruido y El Puente, a las que les remito con todo el entusiasmo que me consiente mi mustia naturaleza. Como era previsible, también esta Ley de Murphy tiene su contrapartida digital, con algún que otro lector, y con más de un detractor cuyas opiniones, por malévolas y erróneas, con frecuencia me abstengo de publicar.

En fin, ya ven que los blogueros somos multitud, tantos que apenas encontramos tiempo para leernos unos a otros. Dejo abierto el interrogante de si tantos blogs son necesarios o bien no hacen más que añadir ruido y caos al mundo de internet, que ya anda más que sobrado de ambos. Les invito, no obstante, a recorrer algunas de las bitácoras aquí reseñadas y a dejar en ellas sus opiniones y comentarios. Pasen y lean. Y, qué narices, si no encuentran lo que buscan, creen su propio blog.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 21/11/2008

viernes 14 de noviembre de 2008

Diabetes infantil

Mi hijo enfermó de diabetes a la edad de siete años. Los síntomas eran muy claros, aunque al principio no supimos interpretarlos. El niño necesitaba beber constantemente. También se quejaba de hambre y comenzamos a notar que perdía peso. Los análisis revelaron niveles altísimos de glucosa en su sangre. El diagnóstico fue que sufría diabetes tipo 1. Su sistema inmunológico se había desajustado y estaba destruyendo sus células productoras de insulina, que es la hormona encargada de llevar la glucosa al interior de las células. Puesto que la glucosa es un combustible esencial para la vida, era como si el niño hubiera pasado varias semanas sin recibir alimento.

La noticia de que  nuestro hijo era diabético supuso un auténtico cataclismo. Como les ocurre a todas las familias en las mismas circunstancias, no pudimos evitar sentirnos culpables y preguntarnos qué habíamos hecho mal. Mientras el niño se restablecía en la unidad de pediatría del hospital, los médicos y el personal sanitario nos aseguraron que en estos casos no existen culpables. Aún no se sabe con certeza qué desencadena la diabetes tipo 1, también conocida como diabetes infantil. Se trata de una enfermedad relativamente rara. En nuestro país aparecen unos mil nuevos casos anuales entre la población de 0 a 15 años. Sus síntomas son muy parecidos a los de la diabetes tipo 2, la que sufren muchas personas mayores. Las causas que la desencadenan, sin embargo, son distintas, y su único tratamiento posible es la insulina. Todos los enfermos de diabetes tipo 1 necesitan administrarse insulina para poder vivir.

Después de una semana en el hospital, nuestro hijo regresó a casa. Con la ayuda del personal sanitario todo resultaba fácil. Pero ahora su salud era de nuestra entera responsabilidad. Los primeros días fueron de caos y de angustia. Las pautas de administración de insulina son variables. Dependen de infinidad de factores, pero sobre todo de la alimentación y de la actividad física. Resulta doloroso concienciar a un muchacho de siete años de que se ha convertido en un enfermo crónico, y de que su bienestar dependerá de su capacidad para aprender a controlar la enfermedad. A partir de ahora, y para siempre, el niño va a tener que guardar una dieta estricta, con un escrupuloso cálculo de las calorías y los hidratos de carbono. El control de la glucemia antes y después de las comidas nos dará la pauta para la correcta administración de la insulina, pero esto supone un mínimo de tres análisis cada día. La insulina sólo puede administrarse por medio de inyecciones, entre dos y cinco diarias, lo que resulta engorroso para cualquiera, pero especialmente para un niño o un adolescente. Una dosis excesiva puede provocar una hipoglucemia, situación de riesgo que se puede agravar rápidamente hasta provocar la pérdida del conocimiento, convulsiones y hasta daños cerebrales. El ejercicio físico es fundamental. Pero demasiado ejercicio o una ingesta insuficiente de hidratos de carbono pueden saldarse también con una hipoglucemia. Traten de imaginar lo que todo esto supone: un auténtico laberinto de cifras, jeringuillas, agujas, tiras reactivas, maquinitas medidoras, cálculos, curvas glucémicas y docenas de cosas más. A pesar de todo, lo que de verdad importa es que nuestro hijo está a punto de cumplir 14 años y es un muchacho sano y feliz que vive una vida normal. Se puede vivir con diabetes. Y éste es el mensaje que deben recibir aquellas familias cuyos hijos acaban de debutar en la enfermedad, la mejor fórmula para vencer el miedo y la angustia del principio.

Las modernas variedades de insulina y las nuevas formas de administrarla han ayudado a mejorar la vida de los enfermos, sobre todo de los niños y adolescentes. La investigación con células-madre es una esperanza a medio plazo. Pero la diabetes se ha convertido en un enorme problema sanitario, por lo que las soluciones no deben venir únicamente de la ciencia, sino de la sociedad en su conjunto. La masificación de nuestro sistema sanitario es un gran obstáculo. Sólo un porcentaje reducido de niños diabéticos reciben bombas de insulina de la sanidad pública, aunque éstas sean un valiosísimo aliado para que la vida de estos chicos se parezca lo más posible a la de un niño sano. Además de la mejora de la asistencia sanitaria y de las presentaciones, las familias con hijos diabéticos precisamos de la ayuda de los colegios, pues en ellos transcurre buena parte de la jornada de nuestros hijos. Los profesores y el resto del personal deben aprender a reconocer las situaciones de riesgo y actuar de la forma adecuada. Por desgracia, aún queda mucho por hacer. A veces las familias nos sentimos solas y desprotegidas, incluso abandonadas a nuestra suerte. Hoy, 14 de noviembre, se celebra el Día Mundial de la Diabetes. Sirva esta columna como humilde intento de mejorar el conocimiento social de esta enfermedad, quizás el único modo de empezar a vencerla.

 Publicado en La Tribuna de Albacete el 14/11/2008

sábado 8 de noviembre de 2008

La callada por respuesta

Los españoles nos gustamos. Es un hecho. Nos tenemos por los más simpáticos, alegres y aptos para disfrutar de la vida. La auténtica alegría de la huerta. Los yanquis dicen que son la tierra de los libres. Nosotros nos disputamos con quien haga falta el título de ser la tierra de los majos y los risueños. España es diferente porque es mejor. Tras ser la nación de los complejos hemos devenido en el país de la autocomplacencia desatada. Y para comprobarlo basta con salir al extranjero y observar la actitud de nuestros compatriotas, que ahora recorren el mundo con el mismo gesto de superioridad que aquellos aristocráticos viajeros de antaño. «En mi casa, todo mucho mejor», parecen proclamar torciendo el gesto, como una maruja que, disimuladamente, pasa el dedo por los muebles de su vecina del quinto. No es raro que muchos guías turísticos extranjeros nos sitúen en la parte inferior de un ranking que casi siempre encabezan los japoneses como modelo de pueblo cortés, respetuoso y culto. Aun así nos ufanamos de ser los más guays de la Unión Europea. ¿Acaso se nos puede medir con esos guiris británicos o teutones que se emborrachan y hacen el vándalo en Benidorm? No obstante, sólo hay que darse una vuelta por el Reino Unido para comprobar el grado de grosería que puede alcanzar esa horda de zanguangos que cada verano facturamos hacia allá con la vana esperanza de que aprendan inglés. O apostarse en algún lugar de especial relevancia turística (los Museos Vaticanos, por ejemplo) y observar cómo nuestra clase media hace alarde de su ignorancia para los idiomas, su vocinglería y sus malos modos. En pocas décadas hemos pasado de vernos en blanco y negro a contemplarnos el ombligo en cinemascope y technicolor. Nos hemos convertido en una nación chauvinista, sí, hasta el extremo de que nos parece muy digno y divertido que nuestro rey pierda los papeles en una reunión de estados latinoamericanos. «¿Por qué no te callas?», farfulla el monarca poniéndose a la altura del matón al que pretende callar. Y le reímos la gracia. Porque los españoles somos así de majos, de naturales y de campechanos. Es nuestra idiosincrasia nacional. Y el rey la encarna a las mil maravillas.

Pues bien, voy a correr el riesgo de lanzar una piedra contra ese espejo en el que ahora nos miramos como nación, y que ya no es uno de esos espejos deformantes que Valle-Inclán situaba en el Callejón del Gato, sino el espejo mágico del cuento, que nos devuelve una imagen retocada y embellecida con el Photoshop. No me acaba de gustar cómo somos. Creo que seguimos padeciendo la que siempre fue nuestra peor lacra. Me refiero a la falta de cortesía, o bien a la mala educación, si prefieren llamar a las cosas por su nombre. Un vicio vasto y multiforme que sigue dando que hablar desde que Larra abrió brecha como «El Pobrecito Hablador». Valgan estas líneas como humilde contribución a tan excelsa tradición literaria. Y puesto que el tema de la grosería hispánica es demasiado amplio para abordarlo en su conjunto, trataré de glosar la que para mí constituye una de sus manifestaciones más execrables, la de dar la callada por respuesta.

Es éste un vicio que se hunde en el espectro social como un cuchillo bien afilado, ya que lo practican con asiduidad todas las capas de la población, desde el menestral al ministro, pasando por todos los rangos intermedios. Es un vicio, además, paradójico, si pensamos que el nuestro es el país del ruido, donde proliferan los energúmenos que gritan en los bares y que jamás dan cuartel a sus vecinos. Es el vicio de no dar la cara, de no contestar pese a lo que dicten la responsabilidad, el respeto y hasta el sentido común. El vicio de guardar silencio. Y me refiero a ese silencio desdeñoso y borde que goza de tanto predicamento, en tanto que socorrido subterfugio para quien desea sacudirse estorbos o marcar distancias. El silencio no siempre es oro. A veces es pura porquería. De hecho, es mucho peor que la más torpe de las respuestas, máxime en esta era de comunicaciones en tiempo real, que con frecuencia es el más irreal de todos los tiempos. Qué comodidad la del que da la callada por respuesta. Qué olímpica arrogancia la de quien se queda observando, con una ceja en alto y sonrisa de desprecio, esa carta, fax, e-mail o llamada telefónica que no tiene la menor intención de responder, aunque así esté relegando a otra persona a la inexistencia, quién sabe si hundiéndola en el desconcierto o en la angustia. Tal vez quienes dan la callada por respuesta piensen que de ese modo se invisten de autoridad. Quizás no sea más que la forma más cómoda y rápida de librarse de responsabilidades y compromisos molestos. En cualquier caso, el granuja que responde con silencio no merece otra cosa que silencio, o lo que es lo mismo, desprecio. Aunque no se puede descartar que ese silencio obedezca a una causa natural. Tal vez el problema sea no hay nadie al otro lado. Por lo menos nadie que merezca la pena.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 7/11/2008


viernes 31 de octubre de 2008

Entrevistas


Para bien o para mal, esto de escribir novelas y haber publicado algunas trae consigo una cierta celebridad. Una celebridad más bien diminuta que sin embargo hace muy feliz a mi madre, y que basta incluso para que los medios de comunicación se interesen a veces por mí. Con el tiempo he comprendido que una carrera literaria obliga a dar la cara. Es necesario convencer a los lectores de que les merece la pena gastar su dinero y su tiempo en tus ocurrencias. Las entrevistas son un aspecto inevitable de la promoción de un libro. Me ponen muy nervioso, pero son un mal necesario.

Mi temor principal ante una entrevista es hacer el idiota, lo que no obstante casi siempre consigo. Pero nunca hasta el extremo de aquella primera vez, hará unos diez años, cuando la Diputación acababa de publicar mi primer libro. Aquella novelita juvenil despertó el interés suficiente para que el periodista Ramón Bello Serrano (ahora compañero en las páginas de opinión de este diario) me solicitara una entrevista para un programa de radio que él conducía. Preferí hacerla por teléfono pensando que de ese modo me podría menos nervioso. Craso error. Mi nerviosismo se disparó tan pronto como oí a Ramón, que es una persona culta y leída donde las haya, decir cosas sobre mi libro que yo jamás habría sospechado que estuvieran en mi libro. «Este tío me va a hacer preguntas muy difíciles», me dije. Y con eso mi ritmo cardiaco y mi respiración comenzaron a acelerarse, de modo que cuando me tocó hablar mi voz sonó entrecortada y chirriante, como la de un niño al que el profesor saca a la pizarra el día que no se sabe la lección. Y realmente no me la sabía. La prueba es que no me sentí capaz de contestar ni siquiera la primera pregunta de Ramón, algo complicadísimo sobre si mi periplo vital y psicológico guardaba similitud con el del protagonista. Puesto que el protagonista de la novela era un caballo, me quedé sin saber qué decir. Y al ensayar una respuesta me hice tal lío que me asaltó la terrible sensación de estar haciendo el ridículo, acompañada de sudor frío y de palpitaciones. Pero la cosa no había hecho más que empezar, porque en cierto momento la voz del periodista empezó a oírse tenue y lejana, como si sonara desde el fondo de un pozo, con lo que el problema ya no era sólo que sus preguntas fueran muy difíciles, sino que ni tan siquiera las oía. Y justo entonces, para complicarlo todo, acertó a pasar por mi calle el camión de la basura, con su motor diésel rugiendo a apenas cinco metros de mi ventana. No recuerdo cómo acabó aquello, aunque sí la sensación de ridículo, que todavía me dura.

Con el tiempo uno gana en experiencia y en tablas. Y hubo entrevistas posteriores que no me salieron tan mal. Las que aparecen en la prensa escrita no comportan la tensión de las que se hacen en los medios audiovisuales. Uno dice lo que buenamente puede, y a veces el periodista es lo bastante ducho como para evitar que quedes como un perfecto zoquete. Tal es el caso de los amigos Virgilio Liante y Ricardo Pérez, que hasta se las han arreglado para extraer de mí alguna idea interesante. Incluso he hecho entrevistas para la televisión de las que he quedado bastante satisfecho, aunque me da rabia que las cámaras me saquen siempre gordo, cuando en realidad soy un tipo tirando a estilizado. La mejor de todas fue aquella en que la presentadora me pidió que le sugiriera algunas preguntas, y yo casi le escribí el cuestionario completo. A diferencia de lo que me ocurrió con Ramón, esta vez sí que me supe todas las respuestas.

Pero aún hubo otro episodio de terror, y fue hace relativamente poco tiempo, cuando se supone que ya debía estar curtido en estos lances. Concretamente, fue en agosto del 2007, a propósito de la muerte de Umbral. Yo estaba en la playa con mi familia y me llamaron de una emisora de radio para pedirme una semblanza del maestro, al que conocí brevemente con ocasión del premio literario que lleva su nombre. La verdad es que Umbral apenas me hizo caso. Aun así, una vez me senté a su mesa y lo vi sufrir un episodio de reflujo gástrico, lo que sin duda me facultaba para profundizar en la dimensión literaria y humana del personaje. Lo que no había previsto era lo difícil que es hacer una entrevista tan solemne cuando se está en la playa rodeado de niños gritando, con la cinta del bañador oprimiéndote la cintura y la arena atormendándote el escroto. Al final hice el ridículo otra vez. Menos mal que en el momento más crítico, el móvil se me quedó sin batería.

En general, creo que con mis entrevistas no solamente no he logrado vender un solo libro, sino que he disuadido a unos cuantos lectores de leerme. Nadie me lo ha dicho, pero estoy seguro de que más de uno, al conocerme en persona, ha debido de pensar «Ah, pues no es tan tonto como parecía en sus entrevistas».

Publicado en La Tribuna de Albacete el 31/10/2008