La televisión local es nutritiva
Eloy M. Cebrián

22-2-99

Una vez leí que la televisión funciona como una lente de aumento, es decir, que todo lo que aparece en ella, ya sean lugares, objetos o personas, se percibe como más voluminoso de lo que es en realidad. Lo que nunca sospeché era el auténtico alcance de esta afirmación. Sin ir más lejos, el otro día me topé con un conocido y he de decir que su aspecto me sorprendió. Desde nuestro último encuentro había experimentado una asombrosa metamorfosis. Él siempre ha sido un tipo flacucho, tirando a vulgar, anodino, uno de estos individuos que parecen invisibles para la mirada del prójimo. Ahora, en cambio, parecía haber ganado varias kilos de peso. De hecho, lucía pletórico, tan erguido y lleno de prestancia como si se dispusiera a comerse el mundo. Un saludable arrebol teñía sus mejillas, sus ojos centelleaban y, en cuanto a su sonrisa, les juro que podría haber ilustrado un anuncio de dentífrico. Pero si notables eran los cambios físicos que observé en él, más lo eran aún los, digamos, metafísicos. Les explicaré: me dio la impresión de que su persona había adquirido consistencia, densidad. Parecía, en suma, más real que la última vez que lo vi. “Qué bien te cuidas, macho —le dije con un punto de envidia—. Te veo fenomenal.” “Por supuesto que sí —me respondió—, como que ayer salí en la televisión de Albacete.” “¡Ah, caramba! —exclamé sin poder contenerme— ¡Eso lo explica todo!”
Y lo explicaba, puesto que la televisión ha modificado (quizá también distorsionado) nuestra forma de percibir el mundo. Ahora nada nos parece real si antes no ha pasado por el filtro del tubo catódico. Tómese una ex becaria de la Casa Blanca, una joven tan acreedora al anonimato como usted o como yo, añádasele un grotesco escándalo sexual aireado por los informativos de mayor audiencia, sazónese con cantidades masivas de cotilleo en todos los mentideros del medio y obtendrá una figura de la máxima trascendencia histórica, quizá parangonable con Winston Churchill o con Alejandro Magno. Pues me atrevería a decir que algo similar, aunque a pequeña escala, ha ocurrido en nuestra ciudad. En la era previa a la televisión local (¿alguno de ustedes la recuerda?) nuestros diminutos dramas cotidianos pasaban desapercibidos hasta para nosotros mismos, nuestros políticos tenían la misma estatura que el resto de los mortales, éramos, en suma, una ciudad dejada de la mano de Dios. Pero ahora la televisión nos ha redimido del olvido, nos ha reinventado, nos ha vuelto reales, tangibles, importantes. Nunca olvidaré, valga como ejemplo, el día en que vi por primera vez el instituto donde trabajo a través de la pequeña pantalla. En los casi diez años que había enseñado allí, jamás había reparado en su solemnidad y su empaque. Ahora lo veo con ojos nuevos. Gracias a la televisión local, he aprendido a mirar.
Creo que todos hemos experimentado este singular adiestramiento de la mirada, este saludable hábito de contemplarnos el ombligo con una lupa. ¿A qué esperan? Sintonicen con cualquiera de las dos cadenas locales y disfruten de nuestro paraíso de provincias, de nuestro microcosmos autocontenido. Con un poco de suerte (no demasiada, puesto que los mismos programas se repiten una y otra vez) podrán regocijarse con las agudezas de nuestros próceres mientras se lanzan mutuamente dardos envenenados o pronuncian enardecidos elogios de la navaja, asistirán a las épicas hazañas del Albacete Balompié, cuyas desventuras se han convertido en fuente inagotable de análisis y reflexión, o aprenderán los secretos de la teoría combinatoria mientras rellenan una quiniela de fútbol con pretensiones de carta astral. A eso de las diez, una vez refrescado su alemán gracias a la conexión vía satélite, podrán partirse de risa con el ingenio de sus vecinos, quienes acaban de afirmar en un concurso que la laguna de Pétrola se encuentra en la provincia de Ciudad Real. Admiren, de paso, las impecables hechuras del esmoquin que luce el presentador (siempre sudoroso, tal vez incluso aquejado de claustrofobia a causa de las dimensiones del decorado). Un poquito más tarde, se les brindará la ocasión de rellenar los huecos de su memoria paseando por el Albacete de antaño (“en esta esquina hubo en tiempos una cordelería,” ¡Dios mío! ¡Y yo sin sospecharlo!). Y como remate, la sección de alquimia y parasicología, decididamente mi favorita.
No hay discusión posible: la televisión local está contribuyendo incrementar el nivel de felicidad de esta capital, tanto que debería ser declarada un bien de interés público. Y no me cabe la menor duda de que antes o después todos nosotros tendremos la ocasión de aparecer en ella y recibir así nuestra inyección de realidad, tal y como le ocurrió a mi afortunado amigo. Sean pacientes y esperen su turno.