El sueño de toda la vida de un currante
Miguel Barceló

(Artículo aparecido en el diario Última Hora de Mallorca)

 

El trabajo se ha convertido en el arma más efectiva del neoliberalismo, en la verdadera razón de la sociedad y no en una de las condiciones de su existencia. Aunque en la historia de la humanidad siempre ha sido imprescindible, nunca había alcanzado la importancia que tiene ahora. Basta recordar que en 1707 Vauban en su proyecto de "diezmo real" señala que los campesinos y los artesanos (el 95 % de los trabajadores) trabajaban una media de 191 días al año. Los días festivos, esencialmente fiestas religiosas, ascendían entonces a 84. La revolución industrial significó el reemplazo de la iglesia por la fabrica y el trabajo pasó a convertirse en una necesidad moral en si misma. El trabajo es la base de la sociedad nueva, para Marx, al igual que los neoliberales de ahora, el trabajo era el vector esencial de la realización del hombre.

 La gente vive obsesionada con su posible falta, el miedo al paro o la falta de expectativas sin él, han dado lugar a una personalidad nueva, neurotizada, apta para ser presionada cuando sea preciso. Para todos, incluso para la izquierda más radical, es el primer objetivo y en función de este objetivo basan toda su política e ideología.

 El trabajo, en fin, es un elemento imprescindible en la vida, a pesar de llevar implícito el aparcar nuestros deseos, gustos, pasiones, convicciones, ideas... convirtiéndonos en elementos productivos, en ciudadanos. Nos sirve, fundamentalmente, para agotar la posibilidad que nos ofrece este mundo, la de consumir. Mediante el trabajo, la mayoría de los mortales podemos  aspirar a sobrevivir dignamente y llegar a fin de mes.

El trabajo, se ha convertido en la razón de ser, en una necesidad moral en sí misma imprescindible para la dignidad humana, fundamentado en la disciplina y mientras, a la vida, se la ha desterrado al tiempo libre, otorgándole la categoría de ocio. Se ha conseguido que estos dos conceptos, trabajo y vida, sean excluyentes, hasta el punto de que hoy en día sentimos que quien quiere vivir, no sirve para trabajar. Incluso existe una enfermedad nueva, la de workholics, que afecta a gran cantidad de homínidos que  dan preferencia al trabajo sobre la vida.

 A los que atesoran la responsabilidad de esta disciplina los llamamos jefes. Tienen la función de mantenerla o imponerla -depende de los casos- y a cambio, la empresa les concede unos sueldos por encima de los demás que plasme su triunfo social y les permita tener un status superior: Tener una o dos casas, salir una vez cada semana a cenar un restaurante de moda, esquiar en la semana blanca, conducir un automóvil caro, viajar al extranjero una par de veces al año, a países siempre diferentes...siempre en un tiempo distinto al del trabajo.

 La metamorfosis que produce el cargo en una persona normal es extraordinariamente profunda y rápida. El poder, se siente de repente, en el interior del alma, como algo innato y se es consciente, al fin, que se tienen derechos, ¡Derechos!. ¡Se sienten elegidos!. Pasan a ser ciudadanos con derecho a mandar. Este cambio, instantáneo, está ampliamente recogido en nuestro refranero: "Si quieres saber como es Juanillo dale un carguillo..." o "Se comporta como un tonto con pito y gorra". Sartre en su pequeña obra maestra  "La infancia de un jefe"  los define como "un enorme ramo de responsabilidades y de derechos".  

Trazar el perfil de un Jefe es difícil, aunque todos se parecen, no hay ninguno igual. El tipo de empresa, sea pública o privada, suele ser un barómetro de su agresividad, pero, si existe algún estereotipo que reúna la mayor parte de las características de este fenómeno, éste se encuentra ubicado en la empresa pública, o actualmente, con la locura de la privatizaciones, en alguna de estas nuevas empresas públicas de gestión privada creadas para colocar enchufados. Es, en estas empresas, donde el aumento -en número- de estos ridículos personajillos, arribistas del poder, presenta una proliferación  tan espectacular como poco explicable.

 A mí, no deja de admirarme, cada día que pasa, como por razones de gestión, preciso de más personas que me manden para hacer lo que he hecho toda mi vida. El pequeño Hospital en el que trabajo se bastaba con una monja y un director para poner orden, ahora la lista de jefes que han surgido la desconozco... pero superan de largo la docena. Excesivos y politizados jefes para unos pocos trabajadores que cuentan entre sus  mayores recompensas con la posibilidad de  pisar a los demás, probablemente el complemento inexistente que se cobran con más vocacionalidad. Su especial personalidad se refleja en los argumentos con que imponen su razón, ¡por que lo digo yo! o,  ¡Si no te gusta ya lo sabes...! considerando a los demás subordinados, objetos necesarios para conseguir su penúltima meta, ser un jefe más importante que le otorgue el privilegio de una secretaria y varios teléfonos encima de la mesa, signos  sólo comparables a las estrellas cosidas en los uniformes que lucen los militares

 Llevan una existencia singular, distinta al resto de los mortales, vestidos como dependientes del Corte Inglés (imprescindible la corbata),  encerrados en sus despachos, reunidos constantemente, trazan los planes que permitan ahorrar dinero, generalmente a costa de nosotros (hemos de aumentar la productividad), y justifiquen su existencia. Las relaciones con los demás se basan en la creencia de que poseen una superior inteligencia  anteponiendo, siempre a conveniencia, razones de gestión a situaciones personales. Conciben un mundo lleno de tontos a los que hay que soportar y salvar y a los que adulan para convencerlos de algo (Tiemblo cuando suplican: te necesito...). Desean que cada frase que pronunciemos a su alrededor haga referencia a ellos. Aluden constantemente a pasados gloriosos (¡Siempre he dicho...!) inexistentes. Escuchan solo el eco de sus apreciaciones y su pretendida sabiduría. Buscan la admiración constante convirtiéndose en criadores de asquerosos pelotas que practican el elogio, su oxígeno. Cargados de  incertidumbre, angustiados por saberse fácilmente sustituibles, terminan en mayor o menor grado afectados de paranoia, alimentada por la convicción de que la mayoría de nosotros, farfulla lejos de sus oídos, escatológicos piropos dirigidos a ellos.

  Adoro a los jefes, sin ellos no podría liberar mi agresividad, ni, excepto el lunes en que hablamos de fútbol, tener tema de conversación en los 20 minutos del bocadillo. Me gusta como son: Fatuos, desconsiderados, prepotentes, innecesarios, injustos...

 Además, afortunadamente para mi, tengo una jefa encantadora que dice contar conmigo y con la que creo, tengo  posibilidades de ascender y pasar a ser jefe... "El sueño de toda la vida de un currante...".