Vivir sin Cela
(21-1-02)

 

Antonio García Muñoz

Incluso para sus detractores, la muerte de Cela supone algo así como la quiebra de una parte de España, la muerte de un monumento. Cela estaba instalado en la conciencia de los españoles como pueda estarlo el acueducto de Segovia o las corridas de toros. Él siempre estaba ahí: muchas generaciones de españoles han convivido con él y con su obra, lo han sentido presente, hasta sin haberlo leído. Como Franco– y no se trata de una comparación con segundas sino de una observación que responde a una circunstancia real–, era una presencia constante, incluso abrumadora, que se percibía inmortal, y ahora que se ha muerto nos toca sentirnos huérfanos, por más que la noticia, antes que dolor, haya producido extrañeza.

Todo lo que se diga a partir de ahora sobre el creador de La colmena, muerto, no aportará nada nuevo a lo que se dijo de él en vida: sobre Cela ya se había dicho todo. Era uno de esos casos excepcionales en que un autor goza de la inmortalidad sin pasar por el requisito obligatorio del tránsito. Y habría que añadir que buena parte de su gloria o fama la debió a cuestiones extraliterarias. En la estela de Quevedo, Valle, o su declarado sucesor Umbral, alimentó su personalidad a base de máscaras, exabruptos, números circenses que se sobrepusieron a la propia obra. Como persona, nadie puede dudar de que era un tipo incómodo, no atenido a normas, injusto, impresentable a veces. Muchos de sus artículos y opiniones rayaron el límite del delito. Habría que dilucidar si algunas personas, por su condición talentosa, tienen bula para expresar sus fobias, odios o discrepancias con la libertad de que él gozó. Pero en el caso de Cela, aguijoneador extremo de todo lo que no se incluyera entre sus simpatías, sus últimas polémicas sonadas no hicieron sino cuestionar la mansedumbre de un país abocado a Europa y a la emulación de lo políticamente correcto. En ese sentido, no cabe sino agradecer su valentía por ir contracorriente, y por defender, desde su condición de creador del lenguaje, la primacía de una lengua, la española, que pese a su aparente estado de buena salud –como rubrican los sucesivos congresos– no hace sino plegarse a condicionamientos de la lengua universal, léase el inglés americano, a pasos agigantados.

Su obra literaria, que al fin y al cabo es la que debería centrar todos los comentarios, ha padecido la suerte del reduccionismo, lo cual si bien se mira es una constante en todos los grandes autores, empezando por Cervantes. Todos los escritores, por muy prolíficos que sean, siempre quedan por un par de obras, o una. Y no necesariamente las más meritorias. Es un lugar común que las grandes obras de Cela son La familia de Pascual Duarte, La colmena y Viaje a la Alcarria, pero lo son en el consenso universal porque son las únicas que la gente ha leído. Son obras escolares, leídas obligatoriamente por generaciones de escolandos, pero apenas una minúscula parte de su producción real. No se suele apreciar, por esa tendencia crítica de separar las obras en mayores y menores, que la obra de un autor dotado de genio es un continuum y que lo raro, en ellos, es hacer una obra mala. Y Cela escribió muchísimo. En el conjunto de su obra, muy repetitiva –lo que no debe entenderse como defecto sino como una marca de fábrica– a mí me gustaría destacar ahora, a bote pronto, ejemplos de obras que han sido sepultadas por el peso de esas tres hermanas mayores: sus recopilaciones de artículos (El camaleón soltero, El juego de los tres madroños o El color de la mañana) que no tienen de artículos sino el título pues son estupendas joyas narrativas, y sus cuentos o novelas cortas (Café de artistas, Santa Balbina 37, entre tantos otros) tan dignas y soberanas como pueda serlo La colmena.

En los últimos lustros, la crítica le fue dando la espalda. La nueva generación de narradores –Muñoz Molina, Marías– encontró en el un chivo expiatorio, la figura del padre al que había que darle el finiquito. No les faltaba razón, desde luego. Pero Cela siguió publicando, a veces simples refritos, pero si se ponía a ello aún podían salirle obras geniales, como ese formidable Cristo versus Arizona, del que deberían aprender muchos jóvenes abonados al dirty realism, o El asesinato del perdedor, una alucinógena combinación de lirismo y surrealismo que nadie ha leído. Su muerte quizá venga a poner las cosas claras. Puesto que ya no tenemos entre nosotros al artífice que las creó –y por tanto no habrá más boutades, más declaraciones escandalosas, más números televisivos– a lo mejor empezamos a leerlo, a centrarnos en su obra. Esa sería, sin duda, la mejor noticia.