De Saramagos y otros compromisos


(11-2-2000)

Antonio García Muñoz


En el Saramago que acaba de visitarnos (y que aprovechó los ratos muertos que dejó la conferencia de un catedrático murciano para decirnos unas palabras) se combina esa doble circunstancia de ser eminente escritor a la par que comprometido ciudadano, un autor que no reniega de sus creencias, un modelo de ese compromiso del que hablaba Sartre y que tantos debates en pro y en contra todavía suscita. ¿Debe un autor, un literato involucrarse en los problemas de su época, hacer de su obra un espejo, mejor dicho boomerang, de la sociedad que critica? Pues claro que sí, a condición de que el espesor de esa crítica no asfixie el componente creativo, a condición de que la obra no ceda un ápice sus valores imaginativos en aras de una ideología concreta, a condición de que al autor individual no se le vea el plumero en cada una de las líneas de sus ficciones. En este sentido, cuando hablamos de la obra Saramago, podemos estar tranquilos, pues cada una de sus novelas constituye una formidable crítica, generalmente vía alegórica, de todos los grandes males que nos aquejan a los hombres del siglo XX, sin maniqueísmos, sin intromisiones del creador. No creo que haga falta recordar la magnitud de novelas como La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo, o ese prodigioso Ensayo sobre la ceguera- a mi juicio, una de las obras máximas de nuestro tiempo -que, en virtud de su universalismo le han hecho merecedor del Premio Nobel, uno de los más unánimes de los últimos años, si exceptuamos la discrepancia de alguno de sus coterráneos o de algún cubano resentido. Claro está que no siempre el autor está a la altura de lo que esperamos de su obra, y está bien que así sea, pues a la postre es la obra la que queda, y no las pequeñas miserias, vanidades o deslices de su urdidor. Siempre, en el caso de los grandes artistas, tenemos que enfrentarnos a esta dicotomía, odiosa si se quiere, pero que da bastante juego a los frustradillos de turno, que se servirán de ella para perpetrar biografías escandalosas de magnos personajes, a los que intentaran rebajar el pedestal. Pero lo malo es cuando no ya advenedizos sino los propios responsables de su biografía se encargan de vapulearla. Y creo, con perdón, que Saramago ha sido uno de ellos. Puedo recordar a título personal (y que por tanto no ha de interesar a nadie más que a mí) el caso de dos grandes artistas de nuestro siglo por los que yo he sentido gran devoción y que con posterioridad me han resultado algo odiosos: Katherine Hepburn y Groucho Marx. Admirada la primera, en virtud de sus grandes facultades artísticas, su individualismo, su esquinada belleza, el segundo por su acerado verbo, por una visión del mundo que ya es consustancial a cualquier persona que tenga sentido del humor. Ahora bien, me bastó leer sendas autobiografías suyas para que se me cayera el alma a los pies. ¿He amado yo a estos individuos, me pregunté acongojado? Pues la primera resultó ser una protoamericana de cuidado, cursi hasta la consunción y devota de las flores, mientras el segundo se me mostró cicatero, sólo interesado en cuestiones de dinero, un contable de su propia genialidad en la que no veía más que un valor de cambio. De modo que durante algún tiempo no pude ver sus películas sin asociarlas a su incómoda personalidad. Como consuelo, me aferré a Buñuel, quizá el único artista capaz de adecuar su obra con su propia vida. ¿Quién que haya visto sus películas no redoblará su admiración cuando lea sus prodigiosas memorias? El rodeo de estas disquisiciones no me aleja del tema, pues si las he traído a cuento es porque me sirven para completar mi perfil de Saramago, una interpretación individual y perfectamente discutible. Admirador profundo como soy de sus novelas, la lectura de sus páginas más personales me sumió en el mismo mar de dudas que las de los antecitados, hasta el punto de hacerme disociar al creador de la persona. Es en sus Cuadernos del Lanzarote, donde se nos muestra el Saramago más íntimo, a falta de unas memorias propiamente dichas. Se trata de una especie de dietario, cuaderno de bitácora, vademécum en el que el autor va haciendo anotaciones al hilo de la actualidad, al tiempo que traza su propio perfil. Pues bien, uno de los dibujos que se perpetúa en nuestra retina tras la lectura de esas páginas -que resulta redundante calificar de gozosas- es la del intelectual comprometido moderno, una caso curiosísimo de señor bien alimentado que viaja gratis a todas partes, es reclamado por las universidades de todo el mundo que de cuando en cuando le coronan con un capuz académico, y entre pincho y pincho de tortilla denuncia las desigualdades del planeta envuelto en un halo de santidad bien captado por nubes de fotógrafos. Es el intelectual mediático de unos tiempos mediáticos. El que descenderá a los abismos de la pobreza o de la guerra (Cuba, Sarajevo, Chiapas) siempre y cuando haya una cámara delante, el que descree o minimiza el valor de los premios (no, no yo nunca pienso en el premio nobel, nunca me los darán, no me obsesiona) pero acude a recibirlos mansamente no bien se los otorgan, el que finalmente tiene tan elevado concepto de sí mismo que la borrasca de su egolatría le oculta la diafanidad de lo que ocurre a un palmo de sus narices. El Saramago que ha estado en Albacete, con esa cadencia hipnótica de encantador de serpientes que le han valido el título de seductor (no en vano, en sus conferencias predomina el mujerío, como en las de Antonio Gala) volvió a recalar en sus obsesiones, un punto demagógicas, de la revolución y nos conminó a su embobado público, nada proletario y sí muy burgués, a decir que no. Tomamos nota.