Algo salvaje
Eloy M. Cebrián

28-4-98

Según un buen amigo mío, norteamericano por más señas, todas las personas poseemos lo que él llama “pelo salvaje” (wild hair en versión original), curiosísimo modismo que probablemente sea de su propia creación, puesto que jamás me he topado con él en ningún diccionario. Este pelo salvaje no crece hacia fuera, sino hacia el interior del cráneo y —siempre según mi amigo— una vez alcanza cierta longitud, comienza a cosquillear la masa encefálica con resultados diversos, como diversas somos las personas: algunos se enamoran de quien no deben, otros salen a la calle y se emborrachan hasta el delirio, y por último están los que se encasquetan una armadura oxidada, saltan sobre su flaco rocín y parten en busca de molinos de viento con los que medirse en singular combate. Otro de mis amigos, valenciano por más señas, pertenece a esta última categoría.
Ocurrió que cierto día recibió esta persona el encargo de traducir la narración de los viajes de Marco Polo a la lengua catalana, reto que aceptó con tal entusiasmo que pronto comenzaron a pasársele las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio con la lectura de las andanzas del viajero veneciano; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el “celebro” de tal manera que vino a perder el juicio y dar en la más peregrina ocurrencia de cuantas se recuerdan: “¡Voto a tal! —exclamó— ¿Y no he de ser yo un Marco Polo de los tiempos modernos?”. Dicho y hecho: solicitó un permiso sin sueldo de la administración, dijo adiós a amigos y parientes y se embarcó en la descabellada empresa de alcanzar la China (Catay, como él la llama) por vía terrestre.
Lo último que supe de Toni, pues tal es el nombre de mi amigo, es que volaba rumbo a Estambul, punto de partida de su viaje, y que desde allí planeaba encaminarse hacia el Kurdistán con la intención de ganar Iraq hacia comienzos de mayo. Las explicaciones que me dio acerca de las etapas posteriores las comprendí sólo de forma fragmentaria. Al parecer piensa encaminarse hacia el septentrión, surcando las remotas vastedades que rodean el Mar de Hircania, lugares tan desolados que allí el viajero poco avezado puede extraviar hasta el alma. Creo recordar que a continuación ascenderá los Pamires (¿o era el Hindu-Kush?), donde sólo las águilas se aventuran, y con suerte logrará alcanzar Samarkanda, la ciudad legendaria cuyas callen bullen con las caravanas de los mercaderes de la seda. Una vez rebasado el Yaxartes, junto a cuyas orillas el divino Alejandro fundara la Alejandría del Fin del Mundo, se internará en la Escitia, dejando atrás para siempre los límites del mundo conocido. Tras atravesar desiertos sin duda habitados por monstruos, mi amigo penetrará en el imperio del Gran Khan por el suroeste, y aún habrá de emplear otro par de meses en surcar estas tierras, tan desmesuradas que eludirían los esfuerzos del más avispado de los cartógrafos. Él afirma que alcanzará Pekín a mediados de agosto, y que desde allí un avión lo trasladará de vuelta a suelo patrio, con lo que en pocas horas cubrirá un trayecto que por tierra le habrá llevado cerca de cinco meses, y aún puede considerarse afortunado, puesto que Marco Polo empleó más de tres años en recorrer la misma distancia allá por el siglo trece. Esto es ni más ni menos lo que el salvaje de mi amigo entiende por unas vacaciones.
Recuerdo que la primera vez que me hizo partícipe de sus planes no pude contener un comentario sarcástico: “Tú estás como una cabra —le dije— ¿No te das cuenta de que puedes acabar tirado en el desierto convertido en almuerzo para los buitres?” “Es posible —me contestó—. Pero de lo que estoy seguro es de que tú acabarás tumbado en tu sofá dale que te pego al mando de la tele mientras miras cómo te crece la barriga.” Maldita sea, aquello me dolió. Durante un tiempo abrigué la esperanza de que mi amigo terminaría por abandonar tan insensato proyecto, con lo que yo podría devolverle el golpe bajo. Pero no, el pelo salvaje de este osado valenciano crece largo y espeso. Él ya ha partido, y yo dale que te pego al mando de la tele mientras tanto.
Últimamente pienso mucho en Toni, en las experiencias que estará atesorando en el trayecto y en la clase de persona en que se habrá convertido cuando regrese (y ahora estoy convencido de que logrará regresar). En cuanto a los riesgos, ya nos dijo Kavafis que sólo se topan con monstruos quienes los llevan consigo al partir.
Sí, amable lector, quizá un día de estos yo también deje crecer mi pelo salvaje, siempre y cuando la alopecia, tan frecuente en la mediana edad, no me haya dejado ya el ánimo mondo y lirondo para entonces.