El río


Arturo Tendero


Escribió Nan Hua Ching que el hombre comprende su verdadera magnitud interrogando al genio del río. Y cada vez que tengo dudas sobre mi tamaño, en vez de medirme, vuelvo al río, para buscar al genio. Todavía no he tenido ocasión de consultarle. Tal vez saliera huyendo de la última vez que se acabaron las aguas, o se murió simplemente. Porque hubo un tiempo en que ni siquiera estaba el río en su sitio, un tiempo triste, de otoños desolados, en que nos reuníamos un grupo de gente en el cauce vacío del Júcar, en Cuasiermas, a clamar porque volviera el agua, retenida en las presas por intereses más atentos al riego y a la economía que a la naturaleza. ¿Han tenido alguna vez ocasión de andar bajo los puentes por un cauce vacío? Va pisando uno las piedras, y pensando en el agua, y en los peces, y en las aves que se asoman desde la altura, y en los árboles. Es pavoroso.
Por eso, de nuevo, sin mucha esperanza de encontrar ya al genio, he vuelto a medirme o lo que sea al Júcar. La verdad es que he venido a mirar cómo pasa, a comprobar que todavía sigue ahí. Y es un alivio verlo correr, verde, ondulante, sereno, casi silencioso. Hacía tiempo que le debía visita, como pasa con los familiares que nos pillan muy a trasmano de nuestra diaria vorágine, a quienes vemos muy de vez en vez, y que siempre nos reciben con alborozo. Siempre que me asomo a un río, me siento un poco Siddartha, aquel personaje de Hesse que llegaba a entender el lenguaje de los remolinos. Soy de esos tipos que se quedan mirando correr el agua, volar los pájaros, desfilar las chicas, y que pierden así la noción del tiempo y hasta el sentido de la realidad. Prefiero esta forma de olvido que la de ver la tele, aunque la segunda dé más juego con los amigotes en las conversaciones de café.
A lo mejor, el genio de Nan Hua Ching es este alobamiento, la representación en vivo de todos los ríos que uno ha leído y escuchado, el idioma internacional con el que hablan los ríos. Se pega bien la oreja y se oye el discurrir de nuestras vidas que van a dar en la mar, que es el morir, como sentenciaba Jorge Manrique; el Tajo de ninfas y nereidas donde cantaba sus desdichas amorosas Garcilaso; también el Duero machadiano trazando curvas de ballesta en torno a alguna ciudad poética; o el de Lorca, aquel donde el protagonista del romance se llevaba a la mujer al río, creyendo que era mozuela, para sufrir el chasco de que tenía marido. Hay más, claro. No acabaríamos. También nos recuerda esos ríos fronterizos en cuyas aguas se hundían los caballos y las reses de las películas: Mississipi, Grande, Rojo. Y otros más lejanos y entrevistos en documentales como el Ganges o el Amazonas. Se diría que todos ellos vienen a fundirse al mirar éste que nos pilla a un paso.
Pero los humanos somos así, raros, mitómanos: siempre valoramos más los ríos inalcanzables, cauces de leyenda que sirvieron de frontera a dos ciudades, a dos reinos, a dos mundos. Cuesta pensar que en esta orilla lavaron la ropa las mujeres y que aquí la tendieron. Es dífícil contar cuántos se ahogaron en estos remolinos que algún loco atravesó en bañera, y algún otro en no menos frágil embarcación. Y sin embargo, sin llegar a pellizcarse, nota uno que está ante una escena real, se moja uno las manos en este agua, se escucha en esta hondura un pájaro que canta. Se estremecen las cañas. Huele con ese olor inconfundible de la ova, mezclada con el limo y el carrizo. Y aunque dudo que muchas especies hayan sobrevivido a las desecaciones, hay aún quien viene y echa la caña.
Entre tanto, ni aguanto hasta la noche, ni se aparece el genio que ha de decirme mi altura, o mi magnitud, ya no lo recuerdo exactamente. Mido más o menos lo que mi sombra reflejada en el agua, lo que mi reflejo al otro lado, donde la hondura del cauce guarda el bronce del otoño, la bruma del invierno, la gasa luminosa que trae la primavera, el fuego del verano, la noche que devuelve al planeta el discreto rumor de las aguas. Mirándolo así, verde de cerca, azul al alejarse, como figura en los mapas, nadie diría que ya nos lo han robado, que muy posiblemente en este otoño vuelva a bajar vacío, porque importe más guardarlo para regar sembrados futuros que mantener vivos los seres que se mueven desde antiguo en torno a esta grandeza. Tal vez el genio que decía Nan Hua Ching exista de verdad pero no aparezca, porque nuestra verdadera magnitud, la de los seres humanos, es tan ínfima que no merece la pena consignarla.