El pupitre del Presidente
(28-4-99)

Antonio García Muñoz

Desde el famoso escrutinio de la librería del Quijote han sido muchos los sistemas ideados para deshacerse de libros molestos, no tanto por sus posibles repercusiones negativas sobre el lector cuanto por sus pobres calidades o simplemente obedeciendo al simple capricho. La purificación por el fuego practicada por el famoso detective Carvalho, en las novelas de Montalbán, o el piscinazo umbraliano son quizá las más célebres, también las más crueles a mi juicio, ya que atentan contra el soporte físico del libro, que yo siempre he tenido por objeto sagrado, incluso cuando su contenido es deleznable. Incapaz de practicar violencia alguna sobre tan noble utensilio, siempre me ha parecido mucho más simpática la táctica del despiste utilizada por Fernando Savater, quien ante la avalancha de libros que suelen regalarle en sus viajes (normalmente editados por diputaciones, o editoras regionales) decide piadosamente olvidarlos en la habitación de su hotel. Sin llegar a esos extremos, yo tengo habilitada una leja de estantería para acomodo de estos libros indeseables, esos que llegan hasta nosotros sin que los hayamos solicitado o comprado voluntariamente. Es la última de las lejas, a la que uno no tiene acceso a no ser que se suba en una silla o escalera. Allí, sometidos al rigor inmisericorde del polvo, yacen estos hijos del aburrimiento ajeno, nunca entendidos, pero tampoco abiertos, aunque ello suponga enmendar la plana al glorioso Quevedo. Son en su mayor parte publicaciones locales, que abarcan los temas más peregrinos, desde la fascinante historia del queso manchego o de la aviación albacetense hasta la nónima exhaustiva de la heráldica provincial, pasando por la cría del alacrán cebollero en Letur y otros muchos engendros del mismo tenor, generosamente editados con dineros públicos y cuyo último destino es el olvido. Hace unos días, un nuevo ejemplar se ha añadido a mi colección, si bien antes de condenarlo a las alturas me he distraído un rato ojeando sus páginas. Se trata de una especie de álbum fotográfico, en plan rock star, del presidente de nuestra autonomía, que no satisfecho con conocerse a sí mismo ha creído imperiosamente necesario que los demás también le conozcan, y para ello no se le ha ocurrido nada mejor que recopilar el testimonio de unos cuantos amiguetes que coinciden en afirmar lo buena persona que es y lo que se desvive por nosotros, pobres mortales. Todo ello aderezado por una serie de impagables fotogramas que dejan constancia fidedigna de su paso por el mundo. El resultado, aparte de algunas elucubraciones que entrarían en el campo psicoanalítico (megalomanía, delirios de grandeza, soterrado caudillismo) provoca en el lector mirón una serie de reacciones, entre las cuales la dominante quizá sea la de la vergüenza ajena, combinada con el pasmo incrédulo. Bien está esa pequeña vanidad de querer mostrarse con los famosos de turno, que siempre impone, y no es otra cosa que la aplicación práctica del viejo refrán "arrimate a los buenos y serás uno de ellos"; bien está que nos ilustre acerca de sus muchos viajes (¿quién no ha sufrido alguna vez la agonía de tener que mirar las fotos del amigo que vuelve de un viaje turístico?); bien está la delirante pose ante el hijo recién nacido…Sin embargo, todo aquello que nos parece normal e incluso disculpable en el territorio de la privacidad o en el mundo del espectáculo, aplicado a un personaje público que se dedica a la política nos resulta cuando menos sospechoso, pues siempre nos quedará la duda de si el interesado no actuará movido por razones, ejem, electoralistas. Con todo, dentro de la estupefacción general que nos provoca el librito, hay algo en él que, a mí por lo menos, me ha sumido en la mayor de las perplejidades: el asunto del pupitre. Efectivamente, en una de las páginas se nos muestra, junto a una imagen del escaño de diputado, otra en la que aparece su pupitre colegial, descontextualizado, esto es, fuera de su ambiente estudiantil, como objeto museístico. ¿Cómo diablos ha llegado el pupitre hasta ahí? Más aún: ¿cómo certificar que es ese y no otro el auténtico pupitre presidencial?, ¿es que tuvo un sólo pupitre? Recuerdo que cuando yo era chico, en mis años escolapios, cada nuevo curso nos cambiaban de aula, y por tanto los pupitres se iban renovando de tal modo que si ahora, invadido por la nostalgia, quisiera reconocer cuál de ellos acogió mis tiernas posaderas ello me resultaría de todo punto imposible. ¿Quién nos asegura que ese no es el pupitre de otro niño menos vanidoso que el que ahora lo presenta como suyo? Se me ocurre, entre otras, una hipótesis que no juzgo descabellada, y es que desde su más tierna infancia ya tuviera nuestro presidente una prefiguración muy clara de su futuro como redentor de regiones, ya que no de patrias. "Apárteme este pupitre, señor cura -nos parece oírle decir al maestro cuando abandonaba el colegio- que dentro de unos años, cuando sea presidente, vendré a por él, para sacarlo en un libro"
Un últímo temor nos atenaza tras la contemplación del libro de marras. Si desde su puesto actual de presidente regional, ya ha ido dejando este hombre como mojones recordatorios varios de su egolatría desenfrenada, convenientemente arropada por la demagogia más banal, ¿qué no sería capaz de hacer si algún día llegara a presidente de gobierno? La verdad es que tiemblan nuestras carnes solo de pensarlo.