Puñaladas de deseperanza
Miguel Barceló

(Artículo aparecido en el diario Última Hora de Mallorca)

 

Tiene sólo treinta años, está casi calvo -es por el champú que me daban en la cárcel- y sólo mantiene media docena de "piños" en su boca plagada de túneles.

 Mohamed nació en Tetuán, el segundo de una familia de diez hermanos. Su padre viajaba hasta Madrid -con pasaporte, aclara- para vender ropa en el rastro y mercados ambulantes. Mohamed era un niño espabilado y con tan sólo diez años su padre, que le tenía apuntado en el pasaporte, se lo trajo a España para que le ayudara a recomponer la ropa y vigilar el puesto. Vivían con otra gente, familiares en su mayoría, en la calle Cascorro. A los dieciséis años tuvo problemas con un primo y huyó por miedo a las represalias, desde entonces vive en las calles de nuestras islas.

 Ya les hablé de Mohamed en el articulo anterior, fue noticia en la prensa local por haber apuñalado -presuntamente- a otro marginado en defensa de su sitio de trabajo en la economía enterrada. No me atreví a contarles su historia sin pedirle permiso, además... Tanta gente, tantas historias similares de pobrezas ajenas hace que las personas acaben mezclándose, y pasado algún tiempo, ya no estoy seguro a quien pertenecen las miserias.  

Encontrarlo fue fácil, sólo tuve que acudir a su turno de trabajo, en la plaza del Hospital. Aparcar coches es un "bisnes" que se reparten cuatro personas en estrictos horarios, un ejemplo vivo del porqué esta España va tan bien: De las ocho de la mañana a la una del mediodía la plaza es de Mohamed; de la una a las cuatro y media -mal horario porque el ORA no funciona- el negocio es de otro. De cuatro y media a seis, generalmente vuelve a ser suya. A partir de las de las seis y media ocupa a otro indigente. No han hecho ningún examen, pero es como si de una plaza de funcionario se tratara, Mohamed estuvo dos años encerrado en la cárcel de Salamanca y poco le costó recuperar el puesto de trabajo.

-Tuve que pegarle un hachazo porque no respetaba el horario. Compré el hacha en el barrio chino, dos mil pesetas. Ahora somos amigos.

-Mohamed, no- le repliqué-. No es la historia del hachazo, yo me refería a la de los dos pinchazos:

-Ah!, pero no fue por la plaza. Me llamó "moro de mierda".  Le contesté: pasa de mi. Pero el quería juerga, tenía un hierro así de largo (y abre los dos brazos para enseñarme un vacío de cincuenta centímetros).  No quiero que menten a mi madre: "Me cago en tu puta madre", me dijo. Quise clavarle el cuchillo en el corazón pero levantó la rodilla. No escapé, ni siquiera tiré el cuchillo. Cuando me detuvieron se lo di al juez. Era él o yo. Fue defensa propia.

Sus inicios en Mallorca no fueron distintos a la de otros inmigrantes ilegales. Trabajó durante un tiempo, sin papeles, de jardinero y pinche. Los humanos, como el resto de los mamíferos, incluso los marginados, necesitamos un territorio propio, algo que podemos llamar hogar, trabajo, lugar de ocio,, barrio, pueblo, nación; y pronto encontró refugio en los aledaños de la Plaza San Antonio. Allí, con diecinueve años conoció a su novia, una trabajadora de la calle. Mohamed la protegía de los robos de otros toxicómanos. Esperaba pacientemente que regresara del trabajo, y fue en este lapso de tiempo, cuando el compañero de otra chica le puso el primer pico. Mohamed  lamenta haberse olvidado de hablar árabe, pero recuerda el nombre de quien le puso este primer pico.

-No me gustó. Me dio miedo. Me quedé dormido... a partir de entonces nos picábamos los dos.

Si hubiera sido Neruda me hubiese hablado del "letargo que se vende en las esquinas" o de la paz de la amapola. Pero Mohamed no era cónsul numerario ni funcionario como yo. Cada semana era detenido por la policía un par de veces a causa de pequeños hurtos, hasta que las autoridades decidieron expulsarlo. Por dos veces viajó gratis Palma-Madrid-Casablanca- y por dos veces tuvo que comprar un pasaporte holandés con nombre árabe para regresar. 

En total ha pasado tres años en las cárceles españolas, se las conoce casi todas debido a su carácter conflictivo. En la cárcel vendía lo que podía, ropa y drogas. Mohamed tampoco habla bien el castellano, así que seguramente escribiré mal el nombre de sus sucesivas residencias: Valdemoro, Benicásim, Fontcale, Topas... La última vez fue acusado de robo con intimidación.

-Sólo fue un hurto -asegura-. El abogado de oficio no puso mucho empeño en defenderme.

Fue en la cárcel de Salamanca donde le dijeron que era seropositivo, y esto cercenó la única posibilidad de volver con su familia.

-En Marruecos, a los que tienen SIDA no los quiere nadie, los queman. No puedo volver con los anticuerpos.

La vida seguía transcurriendo y su primera novia murió. Una amiga suya accedió a casarse con él. Me cuenta triste que también se está muriendo de SIDA

Le está muy agradecido:

-Por ella soy legal. No pueden volver a expulsarme. No me quieren dar papeles porque dicen que tengo antecedentes. Cuando los solicite en el 91, no me los dieron por mi raza, ahora no me los dan por los antecedentes, pero no pueden expulsarme.

¿El día más triste de su vida?. Lo tiene repetido cientos de veces, cuando acuden a su memoria los recuerdos de sus hermanos. Entonces, se aparta unos  momentos de la calle y llora su ausencia, sabe que nunca podrá volver y que morirá en una tierra infiel y extraña.

-No puedo trabajar, no tengo papeles...de momento seguiré aparcando coches. Lo que más me duele es la gente que se aprovecha. Cuando tienes, vienen, te saludan y te piden; y cuando no tienes, te dan la espalda y agachan la cabeza para no darte.

A punto de enviar este articulo me enteré, por la prensa, de que Mohamed ha apuñalado a un nigeriano. No sé cuanto tiempo estará detenido, ni si saldrá de la cárcel. Tendrá una pena legal, pero injusta, las puñaladas de la desesperanza deberían reducir el castigo.