Educación Primaria

Antonio García Muñoz

(inédito)


Me gustaría abstraer el significado que tiene en la actualidad el término secundaria, aplicado a la educación– que se estima como parte evolutiva de un proceso–, para otorgarle el significado real y literal a ese término. Sólo así creo que puede tener validez cualquier opinión sobre la reforma que se nos viene encima, otra de tantas, y no la última, a buen seguro. Siempre he albergado el convencimiento ingenuo de que por educación secundaria habría que entender no una educación posterior y consecutiva a otra, la primaria, sino una educación alternativa pero de menos peso a otra principal, a la sombra de ella, y no determinante. Según esto, quiero creer que hay una educación básica en el proceso de maduración del niño o del adolescente– que es la que corre a cargo de los padres–, y sólo después una educación secundaria, o sea una educación subordinada que depende de la anterior y que se encomienda a maestros y profesores, actores secundarios frente al protagonismo paterno, si se me permite la licencia cinematográfica. Si se pierden de vista estos términos, se nos rompe el esquema de todo proceso educativo.

Ahora se anuncia o se consuma una reforma que ha puesto en un grito a casi todos los implicados, empezando por los estudiantes, que han manifestado su desacuerdo con aparatosas movidas de protesta. Se trata de una enmienda a otra reforma, elaborada por socialistas, que tampoco contentó a nadie, acaso sólo a estudiantes y a los glosadores de dicha reforma, redactores, orientadores, burócratas e inspectores que aprendieron a utilizar unos fatigosos términos curriculares, procedimentales, actitudinales, que sólo entendían ellos y ocultaban un vacío pavoroso de ideas. En corto, esta reforma socialista fomentó un todo vale, una democracia estudiantil, por mor de la cual todos accedían al título en masa, rebajando contenidos, ofertando optativas surrealistas, practicando un ludismo desquiciado en el que se incluía como violencia curricular fatigar al alumno con excesos de temario, o se valoraba con nota el hecho de que el niño no agrediera al profesor o no lanzara el borrador por la ventana. Consecuencia de todo ello fue un alto porcentaje de universitarios ágrafos –esos que aparecen por televisión muy concienciados pero sin saber articular un par de frases coherentes o confunden la transición con Carlos V.

La enmienda de los populares, tan contestada, que incluye un examen de reválida para acceder a la universidad –sustitutivo de una selectividad tantos años criticada–, o una discriminación en las aulas que aparte a alumnos díscolos que puedan afectar al rendimiento de los demás, se ha visto como algo elitista, un correctivo de dureza, una criba que sólo permitirá el paso por la aguja bíblica y selectiva a los elegidos, a los más disciplinados, más sabedores, más educados en suma. Todo ello –independiente de los defectos que pueda tener esta nueva ley, que también los tiene, o de las virtudes que pudiera albergar la anterior, que alguna tendría– creo que responde a un lógico movimiento pendular.

Si la anterior reforma, a la luz de los resultados obtenidos, había creado una situación casi insostenible de indisciplina en las aulas –nunca como hasta la fecha los profesores habían sido noticia por las agresiones padecidas, por su indefensión que les abocaba a tratamiento psiquiátrico o al desinterés por su oficio–, de una paulatina degradación de las enseñanzas, que primaban lo utilitario sobre las humanidades (griego, latín, historia) es natural que ahora se adopten medidas de contrapeso para solventar los desaguisados cometidos por los anteriores legisladores. Y no obstante existir consenso sobre las carencias de dicha reforma socialista, resulta que lo que viene ahora (una reforma que pone el acento en el esfuerzo del alumnado, que les exige trabajo duro y no regala aprobados) se nos vende por parte de socialistas, izquierdistas y sindicalistas –esos tipos que no bregan en la enseñanza porque huyeron de ella en busca de más livianas ocupaciones de proselitismo y demagogia– como una vuelta al franquismo, a la discriminación clasista y casi al racismo.

Me parece que estos puntos de vista no son sino un reflejo de la sociedad en que vivimos. La cultura del esfuerzo no vende, el trabajo bien hecho se minusvalora, la chapuza, la mala educación, el avasallamiento son constantes en nuestro días porque de siempre ha resultado más fácil la destrucción que la creatividad, la improvisación que el método concienzudo. Desde los medios de comunicación, se oferta a diario al joven la idílica posibilidad de acceder al éxito fulminante sin esfuerzo, relegando la constancia y el espíritu de superación a un imperativo que, por costoso, no compensa. Y gran parte de la culpa de este estado de cosas la tiene, a lo que creo, una educación precaria, no la secundaria, sino la que principia en casa. Padres que delegan la educación del niño en los institutos y en profesores, que se desentienden de su incumbencia educativa, consentidores de caprichos y perdonadores de sus faltas. A un niño que parte de esos presupuestos, difícilmente le puede afecta una reforma u otra. Sin la sólida base de la educación paterna, sobran estímulos, discursos, terminología infame de reformadores. Fomentar desde el hogar el trabajo, el esfuerzo, abrigar al niño de cultura antes de salir de casa, concienciarle de sus responsabilidades cívicas puede sonar, desde luego a discurso retrógrado, fascista y lo que ustedes quieran, pero sería un buen punto de partida que ahorraría muchas discusiones sobre lo que es o no pertinente en la educación secundaria, esa que jamás podrá sustituir a la verdadera educación, que es la que nos constituye en personas y no en pasivos espectadores de Operación triunfo.