Por qué escribo novelas porno
(10-2-99)

Antonio García Muñoz

Algunos bienintencionados amigos, al enterarse de que ando estos días enredado en la composición de una novela pornográfica, se han preocupado por mi salud mental y han querido averiguar por qué dedico mis ocios a este asunto improductivo en lugar de emplearme en narraciones de más altos vuelos: sagas centenarias de abuelos levitantes, o pasiones magrebíes para menopáusicas histéricas, pongo por caso. Tienen razón, sin duda. Son pocos los libros que se escriben hoy en torno al género erótico, género que no goza de muchos lectores, más abocados a otros placeres de índole espiritual o mística.
¿Por qué ese género y no otro, entonces?, me preguntan. Pues no sé. Yo no creo que esté más obsesionado por el sexo que cualquiera de mis colegas masculinos. Si me pongo a analizarlo, puedo encontrar dos causas por las cuales todo o casi todo lo que escribo tiene algún ingrediente erótico, o pornográfico sin más. Es la primera que yo accedí al sexo muy tarde: no hice el amor con una chica hasta bien entrados los 35 años, y eso porque me empujaron; hasta esa fecha, mi único trato amoroso había sido con una zapatilla y con un osito de peluche al que había practicado un orificio en la sien -como pueden ver, yo lo desconocía todo sobre la ubicación de los órganos sexuales. Esta circunstancia ha hecho que yo haya empezado a apreciar y a gustar de lo sexual cuando muchos de mis coetáneos ya estaban de vueltas de eso. Y así, mi gran inspiración es el encuentro íntimo entre un hombre y una mujer, porque cuando narro y describo estas cuestiones, yo puedo evocar ese encuentro que yo tuve con una mujer y que tanto me gustaría repetir (de ser posible, con otra mujer).
La segunda de las razones que puede haberme movido a elegir ese género es genética. En mi familia, hay al menos dos casos de personas que dieron la nota por alguna cuestión sexual y a lo mejor estos casos excepcionales actuaron de modo subconsciente en mi trabajo.
Mi abuela fue una precursora: en un momento en que estaba mal visto que las mujeres escribieran o incluso tosieran, ella, bajo su cuenta y riesgo, escribió un libro que conmocionó a su puritana época. Lo publicó con el título de El clavo y el agujero, y vendió de él seis ejemplares firmados y numerados. La novela trataba sobre una viuda que en segundas nupcias matrimoniaba con un carpintero. Este, llevado por su celo profesional, se llevaba todas las noches el trabajo a casa, y la pobre viuda se quejaba de que su marido no le prestaba la atención debida, ya que pasaba horas y horas martilleando clavos sobre cualquier superficie susceptible de ser perforada. La acción era absolutamente inexistente, y el 90 por ciento de la novela se le iba a mi abuela en farragosas y morosas descripciones de clavos penetrando tablas y paredes. Como ven, la novela no tenía ningún ingrediente como para provocar el revuelo que provocó, y sin embargo mi abuela fue acusada de escándalo público y obligada a tragarse en público los seis ejemplares, además de a pagar dos pesetas, que constituían una millonada para la época. Y todo por una frase de la novela, sacada de contexto. La frase en cuestión decía así: El recio carpintero introdujo uno de sus recios dedos en su nariz, y agitándolo con recios movimientos, extrajo de allí una consistente y recia excrecencia, que le provocó gran gozo sensual. El tribunal que la acusó vio en este breve fragmento suficientes motivos para acusarle de degenerada y pornógrafa. Mi abuela se defendió alegando que la nariz no es un foco erógeno y por tanto no podía existir pornografía. Y el jurado, que desconocía el significado de la palabra erógeno, subió la multa a tres pesetas, por desacato al tribunal y uso de palabras malsonantes.
El otro caso familiar es el de mi tío Jenaro, otro de los puntales de su época. Mi tío sufrió la mutilación de su pene en un trágico accidente casero, mientras cocinaba un plato afrodisíaco. Él nunca quiso aclarar lo que ocurrió ese día, pero lo cierto es que su pene apareció carbonizado dentro del microondas, y se vio forzado a un trasplante, el primero de estas características en España. Los doctores le dieron a elegir entre penes de distintos tamaños y colores y él se decidió por uno negro de 46 centímetros, quizá porque el color le recordaba el de su chamuscada herramienta. Lamentablemente, olvidó decir a los cirujanos dónde deseaba el trasplante, y cuando despertó de la anestesia descubrió horrorizado que se lo habían reimplantado en la nariz. Mi tío hubo de acostumbrarse a esta enojosa circunstancia, pero no contaba con las reacciones secundarias, y dado que el pene estaba en contacto con las vías respiratorias, cada vez que exhalaba aire el miembro se inflamaba desmesuradamente. De este modo, mi tio sufría una erección cada vez que respiraba, con la consiguiente molestia y escándalo de quienes le rodeaban. Y aun esto era un mal menor comparado con lo que ocurría cuando estornudaba. Para abreviar, mi tío Jenaro fue acusado por el mismo tribunal que había acusado a mi abuela por satiriasis y exhibicionismo y condenado a dejar de respirar para evitar así escandalosas erecciones.
No sé si con esto contesto a la pregunta de por qué escribo pornografía. Espero al menos no haberles aburrido.