¡Qué bonita es la poesía!
(3-3-99)

Antonio García Muñoz

Mi buen amigo Arturo Tendero, cuyo entusiasmo voluntarioso le mueve a emprender continuas aventuras quijotescas e imposibles, ha tenido la amabilidad de pasarme un test en el que se formulan unas cuantas preguntas acerca del oficio de la poesía y la forja del poeta. Quiere averiguar, a partir de estas indagaciones, algunos puntos en común entre los poetas y se interesa por asuntos como las influencias, el aprendizaje, la inspiración o el ritual que siguen los creadores de la palabra poética a la hora de pergeñar sus versos. De todas las cuestiones, muy interesantes sin duda, una especialmente me ha parecido que pone el dedo en la llaga, y es a ella a la que querría responder con esta mínima reflexión. Se pregunta y nos pregunta sobre la condición especial del poeta, condición que haría de él un ser privilegiado y distinto a los demás, y especialmente sensible a cada minucia del universo mundo. Y como las preguntas van dirigidas a unas cuantas personas que alguna vez hemos malgastado nuestro tiempo en la composición de versos, cabe pensar que ello es una invitación al autoanálisis. De modo que ante la requisitoria no he podido por menos de observar mi conducta durante unos días, desdoblándome para examinarme desde fuera de una manera objetiva. Y nada, por más que he mirado y remirado cada uno de mis actos, sensaciones, estímulos o deseos, lamento decir que no he observado nada especial en mí, ningún rasgo peculiar que me diferencie del resto de los mortales. Todo lo contrario, conforme profundizaba en mi escrutinio, tuve que cesar en el acto mi análisis porque lo que iba viendo cada vez me gustaba menos. Claro está que mi caso particular no es representativo de nada, pues no soy poeta a jornada completa, no he profesionalizado esta actividad, no he publicado libros de versos ni he ganado unos juegos florales. Ni tan siquiera he dedicado un sólo verso a la navaja o a la Virgen de los Llanos o he suspirado jamás ante la sonrisa de un niño. Las puestas de sol y las rosas me traen absolutamente sin cuidado, y nunca he estado en Venecia. En cuanto al cuerpo desnudo de una mujer, digamos que más que reflexiones cosmogónicas me provoca otro tipo de reacciones más fisiológicas y acuciantes. Y sin embargo, no anda equivocado Arturo cuando detecta que los poetas, si efectivamente se tienen por tales (cosa que a mí no me ocurre) tienen mucho de rara avis, e incluso un punto de orgullo indisimulado por pertenecer a un gremio tan selecto y refinado. Esta consideración del poeta como ser elegido por los dioses no es, claro está, de ahora, sino que se remonta a Platón, en cuyo Ión se expone la teoría que hace de los vates intermediarios entre los dioses y los hombres, una suerte de correa transmisora o antena parabólica que emite para los demás mortales las vibraciones de la divinidad. La idea platónica gozó de mucho prestigio en la antigüedad y con ligeras variantes se fue adaptando a cada época, que hizo de sus poetas una raza privilegiada a la que había que echar de comer aparte. Con el romanticismo las cosas se sacaron de quicio: la conciencia de su diferencialidad hace de los poetas decimonónicos unos individuos incomprendidos y torturados, que entre golpe y golpe de pecho, tienen detalles de cara a la galería como el suicidio, a ser posible en medio de un paisaje tortuoso acorde con su sufrida alma, eso si antes no han contraído una sífilis galopante, por su contacto con mujeres que sólo eran fantasmales, ay, en sus versos. Por fortuna, en la actualidad, a la corporación de versificadores se les han bajado un poco los humos y han descendido de su pedestal, adquiriendo unos usos y costumbres que en nada les diferencian de las gentes del común (un elevado número de ellos son funcionarios). Por supuesto que aún quedan casos residuales de poetas que tienen muy bien aprendida la lección platónica y perseveran en su manía de distinguirse a toda costa del rebaño: hace unos años se publicó por estos lares una antología de poetas albaceteños que, independientemente de sus valores poéticos, en los que no entro, llamaba la atención por el aparato fotográfico añadido: allí asistíamos perplejos a un completo pase de modelos, en el que cada uno de los retratos constituía una verdadera llamada de atención al lector, para que no le pasara desapercibido que allí se las veía con poetas, y no con otra cosa. La ausencia de humildad, la conciencia de elite, la vanidad desdeñosa aún subsiste en algunos poetas contemporáneos que parecen sentir un poco de asquito por tener que habitar entre nosotros y añoran épocas pasadas: "Tiene bemoles la cosa, parecen decirnos, tener que compartir mi tiempo con esta chusma, con lo a gustito que estaría yo con Juanito de la Cruz o en brazos de Cernuda". Pero a la postre, y mal que les pese, los poetas son cosa perecedera, como usted o como yo, amigo lector, y siempre nos quedará el consuelo de la poesía.