El pintor que vino del frío


Arturo Tendero

El pintor Juan José Jiménez se ha traído de Laponia un puñado de imágenes congeladas y las ha puesto a derretir en el Museo Municipal. Una buena parte son fotografías, que se trajo en carretes. Pero hay otra parte que se las trajo puestas, enredadas en la retina, y las ha ido regurgitando en forma de pintura desde el verano pasado. El resultado es que no hace falta que enciendan el aire acondicionado (que no tiene) en el Museo Municipal porque el frío se ha instalado a sus anchas. Entra por los ojos y se va expandiendo lentamente por el espíritu hasta que uno tirita.
"Hasta Nordkapp", se llama el conjunto. Y Nordkapp es el Polo Norte, como quien dice. Donde se acaban las carreteras y no hay más remedio que pararse o seguir en trineo. Por eso se detuvo J.J.J. De no impedírselo este pequeño escollo, él hubiera continuado carretera adelante hasta la luna, o hasta el verdadero fin del mundo, que lleva persiguiendo en su furgoneta desde que salió de La Gineta van para cuarenta años. De hecho una de sus anteriores exposiciones se llamaba "Hasta Finisterre". Pero de ir y venir a Galicia, Finisterre ya se le antojaba corta. Y al paso que lleva, Nordkapp tampoco le pillará muy lejos.
En las pinturas de J.J.J. ha ido aflorando cuanto se le fue enredando en el camino. Hay por supuesto líneas de carretera disfrazadas, hay cielo, nubes, rocas, mar, acantilados, renos, nieve, alguna casa, aire, silencio, soledad y frío. Sobre todo estas últimas esencias: silencio, soledad y frío, en las que de alguna manera se resumen todas las demás, como pasa con los mandamientos. Así, el hombre que vino del frío en furgoneta ha incorporado a sus símbolos de siempre un hermoso iceberg triangular, que es probable que le acompañe luego en futuras experiencias, como de hecho le acompañan el tazón de sus desayunos de la infancia y las barcas de su periodo gallego.
A lo que ha renunciado por esta vez es a los tonos ocres de esta inmensa llanura desértica donde se emplaza Albacete. De Galicia se trajo los siete mares, pero primero se le fueron poniendo rojos como atardeceres y luego poco a poco secándose hasta volver a ser ocres. El viaje a Nordkapp ha sido la glaciación interior, la maldición de los hielos, que ha convertido en frío azul y en blanco todos los símbolos anteriores y que tiene convertido en un frigorífico visual el Museo del Altozano. Hasta el sudor parece venido de Nordkapp.
Como no sabemos cual es el nuevo límite que se impondrá este pintor viajero, hemos de visitar su exposición con la prevención de que en Laponia no se acaba el mundo y de que ningún lugar físico al que se pueda acceder en furgoneta queda fuera de sus posibilidades. La próxima vez, quién sabe. Ahora, caminemos al compás de los renos, oyendo el silencio de las frías estrellas de Noruega. Un silencio en cuyo fondo se escucha el runruneo de la furgoneta de Juan José Jiménez. No podía ser de otro modo: la misma mano que maneja el volante es la que pinta luego los paisajes.