El personaje



Arturo Tendero

25-1-2002


-No basta con matar, hay que ser el mejor- le dice el amo a Gladiator. -Y para ser el mejor, hay que ganarse al público. Pienso en ello mientras miro el féretro de Cela llevado a hombros por políticos del PP, alguno disfrazado de escritor. Sigo pensándolo mientras leo que al entierro asistió gente variopinta y muy pocos escritores, Umbral, Juan Manuel de Prada y pocos más. Y me pregunto cuántos de los asistentes a este sepelio, remojado con lluvia de Mazurca, han leído de verdad a Cela fuera del instituto, donde en un tiempo obligaban a leer unas veces La Colmena y otras La familia de Pascual Duarte, según épocas y modas.

Claro, me digo: es difícil vivir de la literatura ahora, que dicen que hay crisis de lectores, pero en los años 40, cuando la mayoría de la gente no sabía ni leer, debía resultar una tarea titánica. El mérito de Cela es haberlo conseguido, haber triunfado incluso, sobre todo, entre aquellos que nunca le leyeron o sólo le leyeron de oídas. Porque muchos titulares de portada afirman que ha muerto un transgresor. Y sí, experimentó con la escritura en libros casi ilegibles, como Oficio de tinieblas 5, pero sobre todo fue transgresor él mismo, su personaje, en actos públicos, en declaraciones, en fotos donde aparece disfrazado de judoka o de torero. Su creación más meritoria es haber comprendido que, como cualquier otra mercadería, la escritura se vende mejor si va adecuadamente envuelta en polémica.

Y supo aprovechar las cartas que le regaló la vida. Su larga frente rematada en cejas prominentes, como un acantilado desde donde despeñar palabras, su voz cavernosa capaz de imponerse a los gallos de tertulia, eran dos bazas importantes, pero insuficientes. Para sacarles partido necesitaba de su gran creación, el exabrupto, que con el tiempo y los amigos iría siendo primero soportado, luego reído, y finalmente venerado, en un proceso que podía confundirse con la mala educación, pero que no, que en realidad era un reflejo de su fuerte personalidad. La capacidad para hacer amigos resulta ser ejemplar en todos los reportajes. Ser tratado de tú, con inesperada franqueza, por alguien a quien hemos visto acometer salvajemente en público es un extraño privilegio que transforma a cualquiera en un converso, aunque el cualquiera sea ministro con cartera.

Podrá pensarse que el tipo era así de espontáneo, incapaz de contenerse ante un micrófono o de retener un cuesco en medio de una sesión parlamentaria. Podríamos aceptarlo si no fuera por la sospechosa tendencia de sus amigos a imitar estas salidas de tono. Obsérvese por ejemplo la semejanza casi clónica entre el personaje de Umbral y el del finado. Parecido en exabruptos, en intemperancia, en vertido de improperios hacia los galardones que no se le conceden, incluso en lealtad hacia los amigos. Hasta la voz es también grave, más incluso, aunque por esta razón nadie pueda tildarle de imitador. Es como si en alguno de sus muchos ratos de vino y amistad, el maestro le hubiera desvelado al discípulo que para ser el mejor hay que ganarse al público. ¿Cómo? Reclamando el dinero ante la gente a gritos. ¿No se corre el peligro de resultar antipático? ¿Y qué? Con buenos sentimientos sólo se hace mala literatura.

Se trataba de imponerse, de hacer sonar la voz o lo que fuera, en el momento oportuno. Tratar de tú a los reyes, convertirse en el bufón de la corte, el único personaje al que se le permite decir caca, pedo, culo, pis, sin recatarse. Vende más un tío antipático que una buena persona. Que se lo pregunten si no a Gloria Fuertes, que en su personaje de abuelita locuela sólo pudo ganarse la vida como literata infantil, o a Tierno Galván, que se creó una reputación de sabio venerable que le ayudó a ser alcalde pero no a ser leído. Sí, ir de malo puede restar un porcentaje de lectores, pero consagra más, porque los que consagran son los que no leen nunca, la plebe que grita en el circo romano. Ellos que no pueden soltar en público lo que piensan admiran al que sí se atreve a hacerlo, y más si pone un toque personal de añadidura.

Ojo, que en ningún momento hemos hablado de literatura, que es cosa que va aparte, aunque no así los galardones que de ésta emanan. El personaje de Cela nada tiene que ver con sus obras literarias, ni siquiera con el impetuoso Pascual Duarte. Es como un valor añadido que en nada modifica la calidad literaria o su carencia. Aún tiene menos que ver el autor de Mortal y rosa con ese sosias de Umbral que afirma que él nunca lee la prensa por la tarde, que él las tardes las dedica a fornicar. Aun así que nadie piense que cuajar un tipo tan insoportable es tarea sencilla. Vienen detrás otros alumnos que perseveran, de momento sin éxito. Por ejemplo, Juan Manuel de Prada, que no termina de aprovechar su aspecto de Frankestein con gafas de concha porque le falta malicia. No cabe duda de que el maestro ha creado escuela, pero los epígonos andan lejos de ese personaje que vale por un Nobel.

Y Gladiator contestó: -Sabré ganarme al público.