Paraísos perdidos

Miguel Barceló

Probablemente no vuelva nunca a Estambul. En las imágenes del telediario (así le sigo llamando, sea cual sea la cadena que emita las noticias) creí reconocer el edificio arrasado por bombas incendiarias "caseras" que causó trece muertos. Estuve hace años en este local comprando un kilim de Anatolia que piso cada noche antes de meterme en la cama. Es un kilim de una áspera y acariciadora lana de colores mustios y apacibles. En aquel viaje descubrí una ciudad mágica, en la que me fue posible soñar, inmerso en los infinitos colores que destella el Mármara a la puesta de sol, mientras sorbía un te en el Café Pierre Loti; o refugiarme de las farragosas muchedumbres en la tranquilidad de una mezquita -descalzo, por supuesto, y tumbado en el suelo- dejándome empapar por la paz que se respiraba en ellas; o acudir -como hacia cada día- a un haman, ¡Del siglo XV!, y mientras contemplaba como los rayos de sol se filtraban por los agujeros de la bóveda proyectándose en la gran losa de mármol, recibir un tonificante masaje matinal. Tampoco volveré a Assuan, hubiera querido regresar, y contemplar de nuevo las estrellas reflejadas en el lago. Ahora puede aparecer cualquier comando integrista y dejarte como un colador... en nombre de Alá. No regresaré a los Andes para volver a sentir mi pequeñez y mi integración en la naturaleza sin el presentimiento de que me pueden secuestrar.... Poco a poco el mundo se va reduciendo cada vez más. Corremos el peligro de que nos decapiten -como hicieron con los diez turistas en Uganda, después de haber violado a las mujeres- sin que hayamos podido ver como nuestros ancestros, los gorilas, se suben a los arboles; o que nos ametrallen en el Valle de los Reyes, junto a las tumbas de los faraones, en el milenario Egipto...

Es el precio del nuevo orden. Ya Freud advertía que "Cuando una civilización no ha logrado evitar que la satisfacción de cierto número de habitantes tenga como premisa la opresión de los otros, es comprensible que los oprimidos desarrollen cierta hostilidad hacia la civilización". Son actos terroristas, producto de la miseria y la desesperación, cometidos contra ricos blancos y blancas occidentales. Les hemos demostrado con creces que las diferencias entre pobres y ricos son cada vez mayores. No nos sienten como semejantes. Es lógico que estén estar hartos de intrusos opulentos que dilapidan en un día el equivalente de su sueldo de un mes.

Paso el tiempo en que nos atrevíamos a viajar confiando en nuestros recursos y fuerzas. Ahora, si se nos ocurre viajar a países "pobres", acudiremos a agencias de viajes que se preocuparan de recogernos en el aeropuerto y nos conducirán hasta el Hotel, desde donde saldremos, acompañados por guías, a la búsqueda de imágenes que hemos visto antes en las postales. Lo haremos en papamóviles climatizados desde los que podremos ver la miseria detrás de los cristales, y que nos permitirán huir de las miradas envidiosas que nos lanzaran los nativos. Beberemos agua embotellada, frecuentaremos los Mac Donalds, etc. Todo para evitar que nos agarre el Mal de Moctezuma y tengamos que pasarnos el tiempo visitando reiteradamente a Roca.

Nuestra sociedad está obsesionada con el placer, éste se ha convertido algo necesario para nuestro tiempo libre, nuestro tiempo muerto, que nos deja el sistema después del trabajo. Una forma de huir del aburrimiento y la insatisfacción que ocupan el centro de nuestras vidas e indudablemente el viajar es una de las actividades que pueden ayudarnos a ello.

Además, los isleños de hoy en día, tenemos una necesidad más acusada de viajar. Precisamos descansar de tanta sentirnos que somos los que tenemos mas coches por habitante, fallecimientos por problemas cardiacos, grandes consumidores en drogas ansioliticas (el doble que la media Europea), un porcentaje de drogadictos y casos de SIDA extraordinariamente elevado, más muertes por sobredosis que cualquier otra comunidad y una proporción de pobres escalofriante.

Pero ahora, con los peligros que lleva visitar el otro mundo, los países del Sur, escogemos viajes en urbanizadas ciudades europeas, limpias y seguras y recorremos sus calles, hasta destrozarnos los pies, en busca de museos, puentes y restaurantes recomendados. Los isleños necesitamos viajar, aunque sea para huir durante unos días de la cultura dominante, la del balneario, la salchicha y la cerveza y reflexionar sobre nuestro febril enriquecimiento que ha conseguido, que nuestra tierra, un paraíso antes, es un conglomerado de cemento flotando en el mediterráneo.