Un kilo de libros

Antonio García Muñoz

(inédito)

 

¿Cuál es el precio real de un libro? No el que aparece en su contraportada, desde luego. Este precio no deja de ser arbitrario en muchas ocasiones: en él se amalgaman razones de mercadotecnia, calidad del papel, tirada del ejemplar, adelantos al autor (si es uno de esos artífices de best–sellers) y otros muchos factores. En cualquier caso, el precio con el que llega al público el objeto al que llamamos libro, no atañe nunca a su contenido, pues de ser así resultaría de todo punto inconcebible que un ejemplar del Quijote cueste menos que el último de Pérez–Reverte, por poner un ejemplo. Para el lector confeso, no necesariamente bibliófilo, el valor de un libro es incalculable, tanto se trate de una edición de bolsillo, un tomo de segunda mano o un ejemplar estuchado, pues lo que ha valorado en él ha sido el efecto espiritual, el deleite que ha operado sobre su sensibilidad, por más que el objeto en sí, el tacto de las hojas, el olfato o su diseño también puedan dejar especiales resonancias en su memoria sentimental.

Como todos los años por estas fechas, los libreros exponen su mercancía en el Paseo de la Libertad, adelantando la llegada de la primavera con esta primavera de letra impresa alojada en destartaladas casetas. Y como todos los años, el Paseante vuelve a inundarse de un sentimiento que no sabe si definir como melancolía o directamente tristeza. El Paseante, antes de dirigir sus pasos al Paseo de libros, ha entrado en el recinto sagrado de una librería, donde las novedades se amontonan lustrosas en sus celofanes, cuidadosamente ordenadas según temas o editoriales, atrayendo la atención del cliente que ha oído hablar de ese libro hace poco en la televisión, o ha leído la crítica impresa en el periódico del fin de semana. La moda o la novedad le impulsa a comprar un libro, y entre tantos, el paseante escoge "Sefarad", de Muñoz Molina, por el que desembolsa más de 3000 pesetas (sin descuento) que irán a engrosar las arcas de Polanco. Un poco cabizbajo y como estafado, aun con la certeza de que el prohibitivo libro no ha de defraudarle, se acerca a las casetas del Paseo, a sólo unos metros de distancia, y es allí donde le invade esa melancolía arriba mencionada, pues no deja de ver en estos tomos, que ahora se amontonan azarosamente y sin demasiado criterio, unos hijos pobres o tontos de los que tuvo ocasión de ver en la librería de novedades. Estos son, sí, los hijos del fracaso, restos de ediciones que en su día quizá fueron tan famosos como sus hermanos mayores, pero que ahora se ofrecen de saldo, mezclados con ejemplares aislados de segunda mano, usados, cuarteados, amarillos, que ya tuvieron dueño (algunos ostentan incluso su firma) y que obedecen a un fracaso aún más humillante, pues el propietario se deshizo de ellos o, peor aún, su muerte los dejó al azar de otras manos que los pusieron en venta para sacar una calderilla.

El Paseante va deambulando de caseta en caseta, acelera el paso cuando da con esos libros de espiritismo, de recetas o de chistes, y de pronto se topa con algunas colecciones (por ejemplo, una de Espasa) que le resultan familiares. Por alguno de estos ejemplares, el Paseante había pagado en su día entre mil y dos mil pesetas, pero ahora su precio está en un tercio del precio original, así que el Paseante, un poco por venganza, se hace con un par de ellos (Cela, Fernán–Gómez) que no compró en su momento y ve así mitigado su complejo de burlado. Más adelante, rebuscando entre cajones, el Paseante (que no es bibliófilo, pero gusta de los libros de Reno y otros que le devuelven a la infancia) tropieza con joyas variadas, "El rey de los cangrejos" de Salgari, las "Sobras Completas" de un Savater que aún no llevaba escolta, una bien conservada primera edición de "La gente de Smiley", en Argos–Vergara, y el "Barra siniestra" de Nabokov, con esa solapa de plástico que distinguía los antiguos libros en cartoné de Plaza y Janés. Todos van a parar a la bolsa. A unos pasos, el Paseante, que se las da de culto, no puede pasar por alto los negros ejemplares anotados de Cátedra, algunos de los cuales (Ciro Bayo, Galdós) también pasan a engrosar su ya voluminosa bolsa de compra. A estas alturas, el Paseante, que no discrimina géneros ni calidades, empieza a sentirse un poco el cliente de un supermercado, sólo que en lugar de un repollo está pidiendo un kilo de Cortázar. No obstante, y a pesar de que su carrito de compra ya tiene todos los visos de ceder al peso, no puede dejar de añadir a sus adquisiciones otro par de ejemplares rebajados de Alfaguara (oh, no, otra vez Polanco): "Saúl ante Samuel", de Benet, que sabe que dejará a medio, y el "Alexis" de Yourcenar que le ha recomendado una amiga. El Paseante, para contrarrestar tanto autor culto y minoritario, está en un tris de hacerse asimismo con unas novelitas de kiosco, esas de Estefanía, Curtis Garland, Edward Goodman y otros exóticos que luego supimos que ocultaban a unos negros de nombres más castizos, pero decide que eso será otro día, pues aún queda Feria por delante y la verdad es que empieza a sentirse mirado por los transeúntes, especialmente por ese señor que ha comprado un libro de horóscopos y exige un descuento al librero.

Así que el Paseante decide desandar lo andado y vuelve presuroso a su refugio para palpar y hojear a gusto su botín libresco. Durante el camino de regreso, repara en el envuelto ejemplar de "Sefarad", que casi había olvidado. Mentalmente, el Paseante echa cuentas, y resulta que por algo menos del doble de lo que costó la novedad de Muñoz Molina, ha obtenido unos diez volúmenes de no menor calidad. Es entonces cuando al Paseante le asalta la pregunta con que encabezó el principio de este artículo (¿cuál es el precio real de un libro?) y a continuación de esta otra más acuciante, ¿dónde va a meter los libros cuando llegue a casa, si ya casi no tiene espacio para ellos?