¿Es usted homosexual?

Antonio García Muñoz

El otro día leímos en este mismo periódico un interesante artículo sobre algunos condicionamientos genéticos de la homosexualidad. Para muchos, que aún no habíamos hecho la prueba del dedo ni estamos suscritos al Nature, el texto nos resultó muy ilustrativo, pero al mismo tiempo turbador. Parece ser, de acuerdo con la revista americana y lo propagado luego por la prensa europea, que la longitud de ciertos dedos puede constituirse en prueba testimonial de las preferencias sexuales del portador, en virtud de no sé qué hormonas que el feto produce durante el embarazo. También, añaden los estudios, el número de hermanos mayores resulta un factor determinante de la posible homosexualidad, y a mayor número de hermanos de esta categoría, mayor número de posibilidades de pertenecer al gremio de los del armario.

Por si esto fuera poco, la opción de una mano preferente puede vincularse asimismo a una opción sexual, y así se deduce de un estudio efectuado sobre 23000 personas, entre los cuales los zurdos resultaron mayoritariamente homosexuales. No añade el estudio, empero, qué ocurre con los ambidextros, si acaso son unos todoterreno sexuales, o por el contrario pertenecen al orden de los serafines, que como se sabe, no tienen sexo.

Inmediatamente después de leer las conclusiones de los científicos, me miré la mano y observé turbado que mi dedo anular era ligeramente más corto que el índice. Perplejo, pero aún no del todo convencido, eché la cuenta de mis hermanos mayores, valiéndome precisamente de mis dedos pecadores (tengo dos) y por fin, ya al borde del síncope, reparé en que estas sencillas operaciones las había efectuado con mi mano izquierda, que es la que uso para todo, y no sólo para escribir o comer. Yo, que siempre había atribuido mi zurdera a una rara genialidad que me distinguía de mis congéneres (pues zurdos fueron Leonardo, Chaplin, o Hendrix) y ahora resulta que no, que mi zurdera sólo era índice (oh, no, otra vez el índice) de mi orientación sexual, que dicen los modernos.

Y no es que uno tenga reparos contra los homosexuales, por los que siento tanto respeto como siento por los hetero, bi, hermafroditas o eunucos, a condición de que no sean imbéciles ni hagan bandera de su estado, sino que me duele haberme enterado tan tarde de mi condición, después de toda una vida -ahora comprendo que baldía- dedicada a la caza y captura de señoritas.

No obstante, una vez repuesto del patatús, he llegado a la conclusión de que estos estudios, por muy avalados que vengan por la ciencia, son contraproducentes y poco fiables, como todos los que obedecen a una moda. En este caso, la moda o cultura homosexual que ahora nos invade (jamás utilizaría el termino gay, que me entra la risa floja), y que ocultada durante siglos ahora empieza a hacerse notar con lógica efervescencia, pero que a fuerza de insistir sobre ella puede conducir a una discriminación inversa, como ya estamos viendo en algunos programas de televisión o entre los propios investigadores científicos.

Porque si uno repara en todos los descubrimientos de la ciencia referentes a las distintas idiosincrasias personales, no puede uno por menos que llevarse las manos a la cabeza, ya que dependiendo de las épocas, también los estudios científicos avalaron en su día la diferencia de la raza blanca sobre la negra, la de los arios sobre los judíos, o más recientemente las de los vascos (que tienen el cráneo enorme, según Arzallús) sobre sus dominadores, los españoles.

En justa progresión, y por si las diferencias entre homosexuales y heterosexuales no estuvieran ya demasiado claras, ahora resulta que un centímetro de dedo, una parentela numerosa, o una zurdera son constitutivas de una marca diferencial, del mismo modo que la nariz ganchuda es atributo de los judíos.

Gracias a los experimentos de estos geniales científicos, ya puede preverse un mundo de nueva discriminación en que los homosexuales muestren con orgullo su dedo diferenciador, y los hetero oculten el suyo con el puño cerrado, en que el homosexual se declare a todo zurdo que pille por banda, aunque sea heterosexual, en que este mismo reniegue de su novia o novio porque tiene siete hermanos mayores, o en el que un tierno niño sea azotado por los padres para corregir -o fomentar- su zurdera. Todo, menos abrazar la concordia y tolerancia deseada por todos. Por si acaso, amigo lector, heterosexual u homo, lesbiano o sarasa, bollacona o ninfómana, abstemio o católico, no preste usted atención a estas sandeces y salga del armario de una puñetera vez, a defender sus derechos, aunque como yo, nunca haya entrado en él.