La historia inadvertida

Arturo Tendero


Quien haya visto una ciudad moderna, bien puede afirmar que las conoce todas. Hay un cuento de Twender en el que un tipo saca el coche una mañana y se pierde en una maraña de calles, flanqueadas por rascacielos, transita por avenidas en las que no termina de orientarse y en las que el tráfico le empuja hacia nuevas zonas urbanas desconocidas. Conduce así durante todo el día, y cuando empieza a caer la noche, descubre que ha estado pasando de conurbación en conurbación hasta encontrarse en otra ciudad que está a cientos de kilómetros de la suya, pero que podría ser la suya.
Del mismo modo que avanza la especulación y aumenta el parque móvil, los cascos históricos van retrocediendo y adelgazándose hasta quedar reducidos a las fotos y a los libros de historia. El casco histórico de Albacete, por ejemplo, ya no está en Albacete, donde apenas si quedan en pie la catedral y dos o tres edificios con más de un siglo en sus piedras. Ya todo el mundo sabe que el casco histórico de Albacete es Chinchilla, que nació antes pero perdió pujanza por estar en alto, de forma que los comerciantes y los especuladores se bajaron a la llanura a negociar y a destruir, olvidándose del castillo.
Ahora que quien más y quien menos empieza a hartarse de tanto coche y de tanto ruido, sale todo el mundo cuando puede a buscar trozos de historia que aún se tengan en pie. Es el turismo de interior, como lo llaman los vendedores de viajes. En Chinchilla aún quedan en pie unas cuantas casas que merece la pena visitar: hay un castillo que es todo muralla sin chicha dentro, un hospital de San Julián que se está cayendo a pedazos, unos baños árabes cerrados a cal y canto, una iglesia de Santo Domingo de sótanos desconchados, un convento de Santa Ana del que sólo puede atisbarse el campanario, y así sucesivamente.
Cuando en Albacete se dan de tortas para adjudicarse la modernista y fantasmal fábrica de harinas Fontecha porque darle contenido a un edificio con esa personalidad distingue, en Chinchilla hay dos palacios hermosísimos que llevan más tiempo vacíos que el que pasaron habitados. Sin contar con que las calles han conservado a duras penas su trazado medieval y su sabor, y con que está la judería, una de cuyas partes, las cuevas del agujero, sí que están preparadas (por fuera), para la satisfacer la curiosidad de los visitantes. Pero luego no encontrarán ni una mala fonda en todo el casco histórico.
Es curioso que en esta época en que los dos valores económicos con más futuro son el reciclaje y el turismo, los madrileños que cruzan la llanura una y otra vez para acudir a las playas de Levante, sólo puedan recalar en dos pequeños museos de la ciudad: el de cerámica y el museo parroquial, auténtica maravilla éste último de lo que puede rescatarse de todas las guerras y de todos los incendios cuando hay verdadero interés y amor por el pasado. Está abierto todos los domingos, a partir de las doce y por la tarde. Merece la pena visitarlo, sin duda, como merece la pena visitar el Belén navideño.
Alguien, la Junta de Comunidades, la Diputación, el Ayuntamiento, o mejor todos juntos, deberían hacer algo, primero por salvar lo mucho que todavía es salvable en esta ciudad, lo que la distingue de la uniformidad en que ha venido a parar el urbanismo de fin de siglo. Segundo por evitar que los nuevos especuladores sigan edificando barbaridades, amparándose en unas normas subsidiarias mal hechas y peor aplicadas. Y tercero, por conseguir que el mundo conozca y pueda disfrutar de algunas pequeñas maravillas ocultas. Cuesta dinero, claro, ese es el problema. Pero merece la pena, porque además son puestos de trabajo los que están en juego. ¿A qué están esperando para nombrarla patrimonio de la humanidad, o de la región, o de lo que sea? ¿a que no quede nada en pie?