Geografía de Albacete

Arturo Tendero


No hay historia que merezca la pena sin el apoyo de una geografía apropiada. Cuando Tolkien se propuso urdir la epopeya de "El Señor de los anillos", tuvo que dibujar primero los mapas de la Tierra Media, donde transcurren sus relatos. "La isla del tesoro", antes que en las páginas deliciosas del libro de Stevenson, estuvo perfilada en el suelo de su casa. ¿Cómo podría esconderse un tesoro, si no había un paisaje en donde hacerlo? La literatura, cuando habla de acciones y no de reflexiones, ha requerido la confección de mapas, aunque sean mentales, aproximados, falsos. Los mapas de los mejores libros son siempre falsos al principio, pero acaban siendo más verdaderos que el mundo en donde son leídos. Los exégetas de Homero llevan milenios intentando precisar el itinerario de Ulises, la vaga ubicación de una ciudad llamada Troya. Y en esta búsqueda participan también los arqueólogos. El lugar de La Mancha de donde partió Alonso Quijano para desfacer entuertos ha hecho correr mares de tinta y ha desatado el orgullo de ciudades, pueblos, aldeas, que reclaman para sí este hondo privilegio.
La historia y la geografía se funden a través, o por medio, de la literatura, para embarcar nuestros sueños. A veces, si tenemos la suerte de estar vinculados a los límites de un territorio definido, si nuestros padres se conocieron aquí y aquí han vivido; si nuestros abuelos recorrieron estos mismos parajes, sudaron estos mismos bancales, u otros muy cercanos, oyeron el furioso estallido de las bombas que hollaron este suelo, vieron el mismo sol salir y retirarse, contemplaron el cielo de la noche con parecida angustia o esperanza; si nos han hablado de ello con las palabras que habla la gente de esta tierra, es legítimo sentir que nuestras emociones están ligadas a ella y que, de algún modo, impreciso, misterioso, le pertenecemos.
Por eso, un libro de geografía sobre Albacete nos parece tan valioso, porque nos permite definir los contornos de esa piel más ancha y más difusa que está consitutida por el paisaje donde nacimos, o la tierra a la que nos han traído el trabajo, el amor, o el caprichoso azar. Jacinto González, en su libro "Apuntes geográficos de la historia de Albacete", perfila un poco más ese conocimiento borroso que teníamos, nos cuenta que el suelo sobre el que se asienta la ciudad no es muy antiguo, en comparación con los suelos más viejos del planeta, nos explica cómo ha ido cambiando, regenerándose, llenándose la llanura, conforme atravesaba las Eras, los milenios. En un tiempo fue mar, en otro bosque tropical, pasó por glaciaciones y desiertos, que dejaron su huella grabada, antes de convertirse en el bosque esclerófilo, de encinas y alcornoques, que nuestros antepasados, con sus propias manos, su necesidad y su imprevisión, roturaron para convertirlo en tierra cultivable.
La llanura pelada que distinguen nuestros ojos, si nos asomamos al mirador de Chinchilla, es obra de nuestra propia sangre, sueño de nuestros sueños. Como lo son los canales que, desde tiempos del Infante don Juan Manuel, han intentado purificar el aire de los efectos malsanos de las aguas estancadas. Jacinto González precisa que fue precisamente el hombre, con su afán desforestador, el que cerró todos los desagües naturales a las lagunas primigenias, convirtiéndolas en charcos malolientes, y en focos de cólera, paludismo y otras plagas. Para bien o para mal es nuestro mapa. Como lo es también el formado por las formas que desaparecieron sin casi dejar rastro. Ha tenido que hurgar el geógrafo, con las indicaciones de Aurelio Pretel en una mano y el plano topográfico de la ciudad en la otra, para concluir que el primer castillo que defendiera la ciudad casi seguro que estuvo donde hoy está el depósito del Sol. Bonito nombre para una calle que se asomaba al amanecer.
He recorrido estos días la plaza del depósito, cercado por vallas protectoras, tatuado de grafitos, envuelto por un inexpresivo abandono que empiezan a cercar los edificios. Al menos se abre, despejado, a la luz, una luz parecida a la que debió cubrirlo en los tiempos de los primeros pobladores. Hemos disfrazado con asfalto y con edificios los tres altos originales de la ciudad: Carretas, el cerro de San Juan y Villacerrada. La última ya ni siquiera existe como tal, arrancada hasta las raíces por las constructoras. Sólo si nos aventuramos temerariamente en bicicleta por algunas calles, comprobamos que no todo está llano, que hay pendientes, cuestas, perfiles que hemos ido ocultando primero y olvidando después. El clima, ahora bastante alterado, sólo nos conmina a pensar, cuando queremos dar una vuelta, que el tiempo ya no es lo que era. Por eso viene bien el libro de Jacinto González para devolvernos la certeza de que vivimos sobre una geografía tangible, sobre una historia propia, el mapa de nuestros sueños, de nuestra literatura. No olvidemos que, para empezar, don Juan Manuel, Cervantes mismo, escribieron en esta tierra o pensando en ella, al tiempo que contribuían a hacerla como ahora la vemos cuando miramos las afueras.