Escritores y fontaneros

Antonio García Muñoz

Hace poco, una enfurecida señorita envió una carta a El País para quejarse de que los dibujos veraniegos de Máximo eran machistas, porque siempre aparece en ellos una señorita desnuda (no la autora de la carta, por supuesto). Desde luego, la crítica estaba absolutamente fuera de lugar, pues más que delatar el posible machismo del dibujante delataba el feminismo rabioso y trasnochado de la ofendida, pero si la traemos a cuento es por lo que tenía al menos de ruptura con la norma habitual, que es la de celebrar sin ambages los méritos de reconocidos colaboradores de prensa, sean escritores, humoristas o esposas de escritores.

En el caso de Máximo, objeto de la crítica, quizá nosotros hubiéramos llegado más lejos, y antes que cuestionar su machismo o feminismo hubiéramos cuestionado directamente su talento, pues seguimos sin ver la gracia de sus crípticos recuadros y todavía nos preguntamos cómo alguien no le para los pies cuando usurpa el nombre de la Casa Real para exponer sus propios pensamientos o reproduce el mapa de España para vincularnos a todos en sus creencias y pedir un perdón colectivo por la muerte de Miguel Ángel Blanco, como si hubiéramos sido todos los responsables de esa muerte, y no la banda etarra que activó el gatillo.

Lamentablemente, no es el único caso en que un autor se escuda en una formidable maquinaria (la empresa que le paga) para dar gato por liebre, vendiendo al mismo precio la gema y la bazofia. Se trata de una cuestión de prestigio, donde lo que vende no es el contenido en sí de la obra sino la firma del titular, que tras años de lucha por hacerse un nombre se ha ganado a pulso el panteón de los que pueden dormitar como Homero, o de no ser sublimes sin interrupción, como Baudelaire.

Durante todo este verano pasado yo he sido testigo de este proceso, precisamente en las páginas del diario que da de comer al glorioso dibujante. Si ustedes han tenido la curiosidad de seguir las páginas veraniegas de El País habrán visto acumuladas ahí una serie de firmas de renombre aportando su esfuerzo para distraer el ocio de los lectores. Desde Julio Llamazares, que colocó un relato sobre su falta de inspiración, a otros que, por exigencia del guión, tramaron relatos ultrabreves, en su mayor parte ultraínfimos, pero que dieron el pego por pura cuestión de prestigio. Y que sin duda fueron pagados por el mismo rasero, línea más línea menos, hasta los que sólo contaban una genial línea (quizá si el cobro hubiera sido por palabra estos últimos nos hubieran ahorrado la genialidad de la línea única).

Sin salirnos de este mismo diario, otra celebérrima e instalada escritora nos ha vendido en clave de humor las intimidades con su santo. Que la calidad de los textos fuera punto menos que mediocre no habrá disuadido a sus contratadores de aflojar el pago convenido, del mismo modo que los columnistas cobran a piñón fijo sus columnas, tanto las brillantes como las que nacen del hastío o del puro compromiso.

Estamos habituados a que los escritores, como gremio, reclamen sus derechos de autoría. Es una reivindicación muy justa, pues como sabemos es un trabajo que no garantiza el pan, y muy pocos (exceptuados unos cuantos santones) pueden hacer de él el medio único de subsistencia. En una, esta sí, brillante columna, Juan José Millás equiparaba el trabajo de un escritor con el de un fontanero, viniendo a decir que tan necesario es saber poner comas y puntos en su sitio como arandelas y tornillos en el suyo. Pero hasta ahí alcanza el símil. Si estos mismos escritores se negarían a pagar una chapuza (ya sea de un albañil, de un médico, de un notario) e incluso pueden llegar a demandar al responsable de esa chapuza que quizá tuvo un día malo, ¿cómo es que no se hace lo mismo con ellos, en justísima reciprocidad, cuando tienen el día malo? A lo mejor porque ello precisamente les impediría dormirse en sus laureles y les exigiría un mayor esfuerzo en sus creaciones. A lo mejor, quién sabe, porque algunos, como Máximo, se quedaría sin trabajo.