Las ferias de la memoria

8-9-2000

Eloy M. Cebrián

Cada año por estas fechas me vuelvo un cascarrabias insoportable. Supongo que la inminente vuelta al trabajo tendrá parte de culpa, pero en realidad mi transformación tiene mucho más que ver con la proximidad de la Feria. Las aglomeraciones, el estruendo, los altavoces gigantescos aullando los éxitos del verano que agoniza, los feriantes de las tómbolas que vocean sus atroces premios (¿se juegan algo a que este año hacen furor los pokemon?), el saludo de Feria del señor alcalde -que se repite año tras año con mínimas variaciones, dejándonos en la incertidumbre de si el paso del tiempo no será en realidad una ilusión-, el olor a fritanga, la repugnante sensación de estar caminando sobre restos de crustáceos devorados y luego escupidos, los bocadillos de morcilla o de guarra, que siempre acaban pasando factura, los empachos de almendras garrapiñadas, las vomitonas, la suciedad, la vulgaridad, los niños, que exigen con machacona insistencia un juguete en absoluto educativo, y ese dolor insoportable en los pies, todo eso es lo que nos aguarda un año más, tan cierto e ineludible como una condena a los suplicios del Tártaro. Con todo, algunas veces me viene a la memoria que no siempre ha sido así, que ha habido otras ferias, o al menos que yo las he contemplado con ojos bien distintos. Esto suele ocurrirme cuando camino por el paseo con mi hijo de la mano, envueltos ambos en ese ambiente espeso de ruido y olores, entre esa multitud que a veces se nos antoja inverosímil en una ciudad de las dimensiones de la nuestra. Entonces contemplo de soslayo los ojos de Miguel, redondeados por el asombro, un asombro que una vez también fue el mío.
Hubo otras ferias, sí. Algunas tan remotas que sólo hemos alcanzado a conocerlas por los relatos de nuestros padres. Aquellas ferias de las verbenas en los Jardinillos y las familias endomingadas escuchando a la banda de música en el Círculo Interior (las señoras provistas de mantón, mantilla y abanico, los señores de bastón y sombrero, las señoritas de faldas huecas y bien almidonadas), ferias del carnero de tres cabezas y las apuestas en el Ratonódromo y el Caracolódromo, de los puestos de camarones («con barba y bigote, como los hombres») y las procaces vedettes del Teatro Chino. Ferias de la posguerra que hoy imaginamos en ajado blanco y negro, como las imágenes del NO-DO, ferias en las que la familia del pueblo acudía en tropel abarrotando la tartana, y se quedaba los diez días a mesa y mantel a cambio de tres gallinas y dos conejos, en las que mi tío Miguel vendía sus mulas en La Cuerda, con su garrota y su fajo de billetes atados con una goma.
Y después vienen las ferias de la infancia, ya vividas, pero así y todo teñidas de irrealidad, casi oníricas. Recuerdo que el Ayuntamiento cortaba al tráfico la Calle de la Feria, donde todavía estaba la casa de mis abuelos, y mis primos y yo la tomábamos al asalto, a petardazo limpio, como buenos filibusteros, con la felicidad renovada de haber reconquistado un territorio que nos pertenecía por derecho. Recuerdo que la Feria tenía entonces mucho de exhibición de fenómenos, como esas ferias ambulantes de los relatos de Ray Bradbury. ¿Se acuerdan de las inmensas hermanas Colombinas? ¿Y de aquellas enanitas que no superaban los sesenta centímetros de altura? También hacían furor el Empastre y el Bombero-Torero (hoy en día, en los tiempos de la solidaridad y la corrección política, difícilmente podría esa gente ganarse así la vida). ¿Y qué me dicen de los falsos fenómenos por los que tan alegremente nos dejábamos embaucar? La mujer-serpiente, que a veces, con una ligera variación en la puesta en escena, se convertía en la mujer sin cuerpo, el hombre que se transformaba en gorila a la vista del público y el escalofriante Monstruo de Guatemala, encontrado en una grieta tras el célebre terremoto, que tenía el cuerpecillo de un mono de peluche, y cuyo rostro mostraba un parecido notable con el del tipo que acababa de vendernos las entradas en la taquilla. También estaban las catacumbas, el látigo y los coches de choque, gracias a los cuales muchos comprobamos por primera vez los efectos de la adrenalina, y aquel tan borgiano laberinto de los espejos, y el bocadillo de jamón que nuestros padres nos compraban para cenar, cuyo sabor era, sin lugar a dudas, el más delicioso del mundo.
Las imágenes se vuelven más nítidas al alcanzar las inmediaciones de la adolescencia y de la primera juventud, cuando ya contábamos con un salvoconducto en el bolsillo en forma de billetes de banco, y abordábamos la noche con la sensación de que ésta no iba a acabarse nunca. Éstas eran las ferias del rock and roll y la intoxicación etílica. Me acuerdo de los conciertos de Leño y de Topo, de Asfalto y Barón Rojo, y, algunos años después, de un memorable concierto de Los Enemigos en Los Ejidos que llenó la noche de ruido y de furia, y un no menos memorable concierto de Los Buenos, creo que el mismo año (qué bien tocaste el bajo, Fernando, muchachote). Cómo olvidar las ingestas masivas de alcohol en el MC, entre pósters del Che y banderas republicanas, con aquel pesado del PC marxista-leninista empeñado en convencernos de que en Albania se vivía mejor. Y de aquella vez que nos compramos entre todos una caja de preservativos y nos la repartimos, por si acaso.
Si, hubo sin duda otras muchas ferias, y sus fantasmas se han ido sedimentando año tras año en ese paseo que dentro de unos días volveremos a surcar con la escrupulosa observancia de los ritos o de los sacramentos. No teman practicar esta suerte de arqueología mental en la que yo he incurrido hoy, aunque caigan al hacerlo en las manifestaciones más deplorables de la nostalgia, pues pocos recuerdos hay tan arraigados en nuestra memoria colectiva como los de la Feria para esta ciudad. Son las experiencias compartidas como ésta las que conforman nuestra identidad común, las que todos atesoramos, junto con los recuerdos más queridos, en un lugar privilegiado de nuestra memoria. Así que, a despecho del cascarrabias en que me he convertido, bienvenida sea la Feria un año más.