El escapado
(11-3-99)

 

Antonio García Muñoz

Como el cine, el mundo de la literatura, está surtido de grandes estrellas, actores de carácter, duros y grandes secundarios. El genial Bioy que acaba de morir pertenece a esta última categoría, sin que en ello haya una valoración crítica sino una simple constatación objetiva: en el reparto, siempre aparecía en letra pequeña, bajo el gran nombre de Borges, que era el que iluminaba los neones, y el que servía de reclamo de la literatura argentina. Y sin embargo, el secundario, cuyo nombre a veces ignoramos nos resulta siempre familiar, un referente cercano que a veces, en su modestia, llega a salvar la película. Por el secundario sentimos una irrefrenable simpatía. Borges, desde su estrellato, podía resultarnos admirable, como efectivamente era, podíamos sentir respeto, asombro, devoción hacia él, pero nunca simpatía. Bioy, en cambio, era un autor decididamente simpático. A la hora de valorar sus méritos, la gran sombra borgiana se cernirá sobre todos los comentarios y se hablará de esos trabajos que ambos tramaron en comandita: la creación del personaje de Isidro Parodi, bajo el heterónimo de H. Bustos Domecq, sus antologías fantásticas o policiales, o la fabulosa colección del Séptimo Círculo, por la que tuvimos acceso a los grandes maestros anglosajones de la literatura detectivesca. Su obra en solitario, en cambio, desdice cualquier malintencionado comentario sobre su dependencia borgiana, pues a una mayor variedad temática que la de su maestro, se añade que Bioy holló el terreno que el ilustre ciego nunca pisó: la novela. Y es aquí donde Bioy alcanzó cotas de genialidad insuperable, desde la concisión perfecta de La invención de Morel, o Plan de evasión a la fundacional El sueño de los héroes, la novela que Borges siempre hubiera deseado escribir. Al igual que sus mejores cuentos, todas sus novelas están ubicadas en esa delgada zona fronteriza que separa lo real de lo fabuloso. Lo cotidiano, en Bioy, alterna con lo sobrenatural en perfecta armonía, sin que en ningún momento resulte inverosímil el paso de un estado a otro, de modo que aceptamos con naturalidad la progresiva conversión de una paciente en perro o la existencia de un artefacto capaz de proyectar realidad, cuerpos en tres dimensiones y no planos fotogramas.
La literatura española ha estado marcada siempre por el realismo, un realismo exasperante y tiránico que ha ahogado cualquier posibilidad de incurrir en lo fantástico. Hace unos años, otro ilustre fallecido, Torrente Ballester, comparó la literatura española con una carrera ciclista: muy de vez en vez, un animoso corredor se separa del pelotón y durante unos minutos goza de una precaria independencia hasta que vuelve a ser deglutido por el grueso de corredores, que lo reintegra al canon. Ese escapado era el autor de ficciones fantásticas. El pelotón es la tradición realista, que no acepta al disidente, al heterodoxo. Más allá del boom, si algo hemos de agradecer a la literatura de Sudamérica es que abrieran nuestros ojos a otra tradición más fértil. Borges, Cortázar, y en grado sumo, Bioy nos hicieron ver que también era posible hacer en lengua española lo que tradicionalmente estaba reservado a la lengua anglosajona, o francesa a lo sumo: ficciones detectivescas, fantásticas, o de aventuras. Con ello, la literatura española se aireó un poco de tanto jarama, tanta colmena, tanto camino, tanto olor a fritura.
En sus últimos años, Bioy emprendió la elaboración de sus memorias, pero no por ello abandonó la factura de impecables relatos. Con el tiempo, los fue aligerando, depurando hasta convertirlos en puro esqueleto argumental. Es el caso de su último libro de cuentos Una magia modesta que mucho me temo que pasó por completo desapercibido. El mejor homenaje, como siempre, será volver a la lectura de este y de todos sus libros anteriores, donde quizá no hallemos respuesta a los grandes interrogantes de la humanidad pero sí puro gozo, ese gozo que Borges exigía a toda verdadera y grande literatura.