Políticos y droga
Miguel Barceló

(Artículo aparecido en el diario Última Hora de Mallorca)

Poco a poco vamos convenciéndonos que las campañas electorales sólo responden a la necesidad de engrandecer el "ego" de nuestros políticos. Con ellas, nos cercioramos y lamentamos de su necesidad cuatrienal de envolverse en himnos, encerrados con sus forofos en pabellones deportivos, ebrios delante de la totémica alcachofa que hacen servir de micro, esperando los momentos de gloria que les brinda el botón rojo de la cámara al avisarles de que van a emitir su figura y voz por la televisión. Durante breves segundos, gritan, amenazan, ironizan y descalifican en busca del aplauso... Y es, en este momento, cuando muestran su cara de enfermizos comediantes de circo de pueblo.

Razones no les falta para practicar la comedia. De los tres problemas que más preocupan a la ciudadanía, no pueden arreglar ninguno. Se saben innecesarios en el problema del paro que depende más de la situación económica mundial, del precio del petróleo o del crecimiento del producto interior bruto de EEUU,  y menos de las medidas marcadas por el FMI que se ven obligados a tomar. Se sienten impotentes con el terrorismo, que después de veinte años de democracia viviendo con él, no han sido capaces de exterminarlo, y nadie cree hoy día, en sus promesas de victoria. Y se demuestran cobardes con el problema de las drogas, que siendo el tercer problema que más preocupa a los españoles, permanece ausente de sus discursos y declaraciones.

Se calcula que en España hay 1.200.000 consumidores de hachís, 300.000 consumidores regulares de cocaína y unos 100.000 adictos a la heroína. A pesar de haberse quedado en el camino toda una generación - más de cien mil jóvenes han muerto por la epidemia de heroína- sigue siendo un tema postergado a la acción de jueces, policías,  cárceles y médicos (el poder sólo trata a los que se quieren curar, marginando a los demás).

Fue en los años sesenta cuando se produjo, por primera vez en la historia, un consumo masivo de drogas por parte de los jóvenes, ajenas a las usadas por sus progenitores. Eran tiempos en que los "hippies" se reunían por cientos de miles en grandes festivales de música, ofreciendo una imagen de jóvenes transgresores hermanados que querían amarse a su manera. Poco duró esta imagen idílica del mundo de la droga, cuando se produjo una oferta extraordinaria de heroína en el mercado, los perdedores del "Mayo del 68" -el único movimiento de masas en la historia de la humanidad que ha sido dirigido por intelectuales y jóvenes- fueron tragados por el "caballo" con todo su cortejo de muerte, delincuencia y marginación, olvidándose de la movilización.

A mediados de la década de los setenta, el paro juvenil era espectacular y González Duró escribía en el Viejo Topo "...jóvenes que tienen que aprender a vivir sin trabajo, sin estudiar, sin prepararse para nada y sin hacer nada que socialmente tenga sentido...Ya no es posible plantearse como en épocas anteriores, bruscas rupturas generacionales ni rebeliones inútiles. Viven una posición incomoda: La casa los neutoriza, pero la calle los hace psicópatas",  la epidemia de heroína asoló toda una generación de jóvenes, sin respetar ninguna clase social, al tiempo que cambiaba la mentalidad de la gente frente a las drogas.

Casi todos hemos vivido el infierno de la droga en nuestras carnes, pocos hay que no conozcan - o no hayan sufrido -  los estragos que ha causado en hermanos, hijos, amigos, vecinos... Con la heroína se han quedado en el camino toda una generación de jóvenes, ¡más de 100.000 jóvenes muertos de sobredosis, SIDA, actos delictivos o accidentes!.

Nuestra intención de "salvar" a los drogadictos con soluciones rápidas (conseguir la abstinencia total) trajo consecuencias nefastas porque fue marginalizando a los toxicómanos que no se podían curar y que ahora viven proscritos en campamentos, en el extrarradio de las ciudades. La Rosita, La Mina, Son Banya, son los resultados de esta política y la  lacra viva que da coherencia a las consignas de los narcoinquisidores: "No a Las Drogas", "No te drogues", "La droga mata", etc..

El fracaso de esta campaña es evidente. La sociedad globalizada consume más drogas que antes. Por ejemplo, en EEUU se bebe seis veces más alcohol , veinte veces más café y 16 veces más tranquilizantes que en los años veinte. En España, más de 1.000 millones de píldoras modificadoras del ánimo fueron consumidas en 1.998 por un valor de 17.922 millones de pesetas. Sólo en el primer semestre de 1.999 ya se habían consumido por valor de 10.000 millones. 2.250.000 frascos de Prozac se vendieron en el último año en España. El consumo de antidepresivos en nuestro país se ha elevado en un 247% en los últimos 10 años. Ansiolíticos como el trankimazin, lexatin y orfidal ocupan los números 12, 13 y 14 en el rankink de los medicamentos más vendidos en España (el primero sigue siendo la aspirina).

Los jóvenes siguen drogándose fuera del ambiente familiar. Las encuestas nos dicen que más del 80 % de los estudiantes de entre 14 y 18 años habían bebido alcohol el último mes y que una tercera parte de ellos ha probado el cannabis; y las encuestas nos dicen también que más del 40 % de las muertes por accidentes de tráfico fueron a consecuencia del uso de alcohol.

La juventud sigue drogándose más que antes, pero - y pienso que es una suerte- en la década de los 90 se están imponiendo consumos menos peligrosos. Los motivos para utilizar las drogas ya no son la protesta o la falta de expectativas creadas por el paro (hace tiempo que dejaron de creer en la protesta y saben que nada pueden hacer para que este mundo cambie). Las drogas hoy día, están  ligadas cada vez menos a fenómenos de marginalidad y si mucho más, a la juerga y diversión.

Los partidos políticos van a remolque de la realidad. Desde hace unos años permiten practicar políticas humanitarias con los consumidores incapaces de abandonar la droga y les proporcionan metadona, unas 300.000 personas están recibiendo metadona en España. El cambio de política con los afectados no ha sido debido a la  convicción de nuestros políticos, sino que vino motivada por la necesidad de frenar la expansión del SIDA (más de la mitad de los 55.000 afectados en España por esta enfermedad son toxicómanos). Ha sido una paradoja cruel que la enfermedad que los mataba -el SIDA- les concediera el derecho a usar metadona. Algo se ha avanzado, las nuevas políticas de "disminución de daños" están reduciendo las  jeringuillas sembradas en la calle, han mejorado la seguridad ciudadana y ha habido un descenso en el número de fallecimientos de drogodependientes. Pero España, a pesar de ser el país con más afectados, aún tardará en reaccionar. Ahora, cuando países que enfocaron el problema de  manera distinta, mucho más realista y eficaz, como Holanda e Inglaterra, y por lo tanto han padecido mucho menos las consecuencias nos dicen que, de las 25.000 personas que reciben metadona, hay unos tres mil (los que fracasan en todos los tratamientos) que no responden a ella y que precisarían heroína, aquí el dar heroína (en manos de un profesional, un medicamento como otro cualquiera) sigue sonando a escándalo y provocación. Mientras se espera esta política ¿Cuántas bajas más se habrán producido?