Dinero manchego
(28-5-2000)

Antonio García Muñoz

 

 

Un gran cartel anunciaba en las calles de la ciudad una exposición a todas luces sorprendente y sin duda edificante: Historia del dinero en Castilla- la Mancha. Anda, me dije, esto hay que verlo. Yo ignoraba que Castilla, la Mancha, y si me apuran La Rioja hubieran alguna vez en la historia acuñado una moneda propia, si no fuera acaso durante la guerra civil, pero sin duda me equivocaba, como siempre, pero el cartelón era inequívoco y prometía un recorrido por las distintas formas de moneda o papel que han utilizado los hombres castellano/manchegos desde el albor de los tiempos para sus intercambios y trapicheos comerciales. La exposición seguro que corregía mi ignorancia al respecto y me demostraba de forma diacrónica el progreso de los manchegos en su acrisolada lucha por conseguir una identidad propia, desde los fenicios, que como todo el mundo sabe eran castellano/manchegos aunque no lo dijeran, hasta Pepe Bono, máximo adalid de esencias manchegas y olé.
Iba yo pletórico hacia la sala de exposiciones hinchando pecho, y rumiando pensamientos en mi magín. "Ahora se van a enterar, me decía. Si es verdad que nosotros inventamos el dinero, como parece deducirse de esta expo, los catalanes, de siempre tan listos y peseteros, no tienen ya nada que hacer. Ahora sí que la independencia es nuestra. Y encima con Bono de presidente de la nación, es irreversible hacer del albaceteño una lengua propia, con esa jota distintiva que la hace tan grata al oído. Basta ya de sufrir la opresión de la bota centralista. ¡Castilla-la Mancha libre!" (pronúnciese Cajtilla y marcando mucho las mayúsculas)
Y lo cierto es que la exposición no defraudó mis expectativas. Allí estaban, recibiendo al visitante desde las inaugurales vitrinas, las primeras muestras de intercambio de la historia, o sea, las especias. A poco que uno se fijara bien, podía verse cómo inequívocamente eran especias castellano/manchegas: conchas castellano/manchegas, granos de café castellano/manchego, y arroz castellano/manchego, que es sabido que se distingue de su homólogo valenciano en que el nuestro es más gordo y sabroso. Aunque uno de los objetos venía marcado como chino, ello debía de tratarse sin duda de una errata, pues sus trazas eran del todo manchegas, como el mismo aire que se respiraba en la sala. Venían a continuación las monedas propiamente dichas, y se nos avisaba de que las primeras acuñaciones en el solar patrio no habían tenido lugar sino después de la segunda guerra púnica, aquella guerra en que unos manchegos briosos ya empezaron a dirimir sus diferencias a golpe de lanza. La cosa se continuaba con los ases y denarios romanos, cuando ya nuestra región era dueña del mundo, y un paso más allá estaban los reales de vellón, los duros y las pesetas, en alegre mescolanza. Mi orgullo no conocía ya límites. Sin embargo, conforme me aproximaba a los estantes que mostraban moneda contemporánea, una grave desazón empezó a adueñarse de mis instintos patrios. Observé cómo en los billetes de nuestro siglo, sobre todo en su segunda mitad, aparecían retratados unos señores sospechosamente foráneos. Forzando la vista ratifiqué mis sospechas: allí estaban Balmes, Bécquer, Echegaray, Romero de Torres, Menéndez y Pelayo, todos extranjeros. ¿Qué diablos hacían en esa exposición? El único que parecía manchego, por venir debajo de una boina, un tal Zuloaga, era un separatista vasco. Eso sí que ya no podía tolerarlo. Furioso, exigí a un señor que allí estaba la presencia del comisario de la exposición, o en su defecto de Pepe Bono, para que me explicaran porqué en una exposición de esas características habían recurrido a todos esos advenedizos y no a El Pernales, Constantino Romero, El Tarta y otros puntales de nuestra gloriosa patria. Pero el comisario estaba reunido, quizá tramando una nueva exposición sobre gastronomía manchega, y Bono ensayaba su discurso de investidura en castellano/manchego. Menos mal que a la salida me topé con un billete de dólar. No había razones para preocuparse: las esencias estaban a salvo.