Literatura digital

Eloy M. Cebrián

27-9-99

Recuerdo que hace unos meses mi madre se dejó caer por casa y me encontró embobado, como siempre, delante del ordenador. “¿Qué haces? —me preguntó—. ¿Escribes?”. “Pues no —le respondí algo cohibido, como un crío sorprendido en plena travesura—. Estoy navegando por Internet”. Sepa el lector que fue como pronunciar las palabras mágicas, ya que a la coautora de mis días le faltó tiempo para situarse detrás de mí y clavar los ojos, abiertos como platos, en la pantalla del ordenador. “A ver, a ver —me dijo con una sonrisa entre asustada y maliciosa—. Enséñame lo que sale aquí”.
Ya lo ven, han bastado un par de años de bombardeo desinformativo para que la gente imagine la red, que casi nadie conoce pero de la que todos hablan, como un lugar siniestro frecuentado por gánsgsters y maleantes, un híbrido entre caja de Pandora y antesala de los infiernos. No es sorprendente, con tanto traficante de pornografía infantil, tanto nazi, tanto propagador de virus informáticos, tanto desalmado, en suma, como acecha ahí mismo, justo detrás de la pantalla del PC. Y es que esta sociedad, que alimenta su ocio a base de morbo y sensacionalismo, se ha empeñado en equiparar la red con uno de esos asquerosos programas televisivos que se han puesto de moda ahora, ésos de vídeos domésticos en los que muestran a gente partiéndose la crisma, comiendo gusarapos o copulando en medio de la calle, sólo que a lo bestia. Pues no señor, no es eso. Mejor dicho, lo es y no lo es. O al menos no lo es en más medida que cualquier otro medio de comunicación. Bueno, tal vez un poco más. Pero sólo un poco, ¿eh?
A lo que iba. Les revelaré un secreto: Internet también tiene su corazoncito, y algunos internautas se dedican a algo más que propagar pornografía e ideas extremistas. Los hay también empeñados en difundir la cultura, que no es sino una de las formas más nobles del ocio. Hoy en día, el cibernavegante tiene a su disposición decenas, tal vez cientos de miles de páginas web dedicadas al arte en cualquiera de sus manifestaciones: museos virtuales, bibliotecas electrónicas y también —¿por qué no?— librerías dispuestas a recibir sus encargos on-line durante las 24 horas del día (y le pido perdón a mi amigo Antonio García por el barbarismo y otro par que vienen después). ¿Acaso no se ha convertido la cultura en una de las principales industrias de nuestro tiempo? Ahí tienen el ejemplo de la famosa Amazon Books, que tanto admira A. Muñoz Molina, una empresa tan eficiente que a veces parece capaz de enviarte los libros antes incluso de que los encargues, o la cadena española de librerías Crisol.
El siguiente paso había de ser, por fuerza, una editorial en la red, y ya hay alguien que se ha decidido a darlo, un español, por más señas. El nombre del proyecto es Editorial Premura (http://www.premura.com); el de su creador, Juan Manuel Larumbe. La biografía del señor Larumbe, escritor donostiarra afincado en Barcelona, es casi tan novelesca como la de sus propios personajes. Se proclama autodidacta, afirma haber trabajado en los empleos más insólitos (desde peón de obra a director de marketing) y se lamenta de haber quedado relegado injustamente al segundo lugar en un importante certamen literario que, por cierto, fue ganado por otro Juan Manuel, aunque éste famoso y bien relacionado. El caso es que Larumbe, que ya contaba con experiencia en el sector editorial, se dio cuenta de que una empresa de Internet cabe dentro de un ordenador, con lo que la inversión que conlleva no es insalvable, de que le sobraba entusiasmo y, sobre todo, amigos con talento dispuestos a colaborar con él. Así que puso manos a la obra. Su flamante editorial vio la luz el verano pasado.
La idea no es nueva, al menos en sus aspectos técnicos. Consiste en desprender el texto de un libro de su soporte habitual, es decir, de la resma de papel sobre la que está impreso, y enviarlo al lector por correo electrónico, con el consiguiente abaratamiento de costes. Éste, a su vez, puede optar entre imprimirlo o bien leerlo directamente mediante un programa que se distribuye de forma gratuita. En el futuro cercano, Larumbe espera también poder ofrecer libros impresos y encuadernados (“libros en soporte físico”, como él los llama). A medio plazo, cuenta con beneficiarse de un artilugio que ya comienza a hacer furor en EE.UU.: el e-book o “libro electrónico”. Se trata de un mini ordenador del tamaño, forma y peso aproximados de un libro grande, capaz de almacenar varios millones de palabras en sus tripas.
El concepto que anima la editorial, la —llamémosla así— filosofía de la empresa, sí que representa en cambio una novedad. Premura pretende difundir autores y obras que difícilmente verían la luz a través de los cauces de la industria editorial al uso. En palabras del propio editor, “las personas que trabajamos en Premura tenemos prisa. Prisa para ver cómo buenos escritores en los que nadie creyó o de los que muchos se aprovecharon son lanzados y leídos por cientos de lectores que, al mismo tiempo, pueden comunicarse con ellos, e incluso colaborar con ellos. Prisa por hacer que esos escritores ganen el dinero suficiente para poder vivir de sus escritos y mejorar día a día. Prisa para que los lectores puedan acceder a una buena obra literaria con un precio asequible. Prisa para no terminar con los árboles y la madera del planeta.” Y añade Larumbe: “Premura es un negocio con corazón que se adscribe a los nuevos modelos de transacciones comerciales basadas en la honradez, la sinceridad, la ayuda y la comunicación abierta.”
Borges afirmó en una conferencia que, de los distintos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda el libro, puesto que los demás son extensiones de sus sentidos, mientras que éste es una extensión de la memoria y de la imaginación. Acto seguido, aclara que lo que menos le interesa de los libros es precisamente el objeto en sí. Internet nos ofrece nuevos procedimientos para difundir la cultura y fomentar la creación. Creo que al maestro argentino le habría fascinado la idea.