Culturas y culturitas
(2-11-99)

Antonio García Muñoz

Muere Rafael Alberti y con su desaparición queda desalojado el formidable edificio que él y sus amigos levantaron en el período de entreguerras. Una voz universal, hacen constar todos los diarios, dedicando un generoso espacio en sus páginas a la luctuosa noticia. No tanto quizá como si el finado hubiera sido un futbolista o una princesa despendolada, pero el suficiente como para albergar esperanzas de que todavía hoy la cultura tiene un mínimo significado y no es esa insignificante nota a pie de página que se le reserva de vez en cuando en los telediarios. Un oasis, quiero creer, entre el marasmo de los deportes, la política rastrera y los distintos machihembrados bancarios. No obstante, en un mundo, el cultural, que parece purificado de toda ideología, partidismos o localismos, no deja uno de encontrar también el herpes de vanidades, rencillas, resentimientos que son consustanciales a otros ámbitos menos nobles de nuestro entramado social. Así, no faltará el enterado de turno que nos haga saber, entre codazos de complicidad y comadreo, que Rafael Alberti en realidad un mediocre poeta, para más inri, comunista, que el bueno en realidad era Lorca, que tuvo la suprema dignidad de morirse a tiempo. Del mismo modo que cuando se anuncia la entrega de un nuevo premio Nobel o Cervantes, surge el aguafiestas profesional que niega la entidad de un Grass o Saramago, o lanza exabruptos sobre la fiabilidad de un premio que poco después no duda en aceptar con mansedumbre. O sea que de oasis nada. En un intento por evadirme de la miseria cotidiana, yo me limito a hojear las páginas culturales de los periódicos, pero allí me topo otra vez con los mismos vicios y torpezas que creía exclusivas del zafio mundo de la política: zancadillas, regionalismos, vanidades e intereses. Así, en la portada de un periódico me entero, como noticia señalada, de que Alberti pasó un día en Alicante, dato, que al parecer, se le pasó a todos los exégetas del poeta. Pero más adelante, cuando aún me estoy reponiendo del pasmo, leo, también como noticia cultural de relieve, que el primer rap en catalán ha sido creado por el hijo de un murciano, lo que no deja de recordarme esos titulares, en los que se desplaza la importancia del siniestro a la nacionalidad de las víctimas: "Ningún castellano-manchego entre las 200000 víctimas del terremoto en Honolulu", como he leído, cambiando los términos, no hace mucho tiempo. No incurro en el desaliento, y sigo ojeando, y me encuentro ahora con una revista semanal que dedica unas páginas a la exposición de un ilustre pintor en homenaje a Velázquez. Velázquez, viene a decir en la entrevista el afamado artista, ha sido maltratado por la crítica y se merecía mi homenaje. Pues claro que sí, maestro. Sólo nos falta ahora que un competente escritor decida reescribir el Quijote, hombre, a ver si le echamos una mano al alcalaíno, que lleva unos años, el pobre, sin levantar cabeza.
Hablo de estos asuntos con una amiga y se ríe de mis manías. Para aliviar mi pesadumbre, pone en mis manos el libro de texto de su hija de nueve años, Sociedad y cultura en el medio, o algo parecido. Tras unos capítulos dedicados al aparato reproductor y digestivo, a la capa de ozono o a la célula familiar, allí puedo leer unas páginas que me ilustran sobre la composición del gobierno regional (presidente o presidenta, consejero o consejera, secretario o secretaria, y así ad infinitum), las fiestas o símbolos regionales, y cómo no, la gloriosa gastronomía manchega: perdices estofadas, morteruelo, pisto manchego, ajos de Pedroñeras. No dudo de que para un niño de nueve años estos conocimientos sean imprescindibles en su formación, pero mucho me temo que con ella se repita la situación descrita por Cela en su Viaje a la Alcarria, y ante una pregunta como "¿Quién era Lope de Vega?", el iletrado niño responda: "Ah, no, ese no viene, era extranjero". Las próximas generaciones, de seguir con este ritmo de aprendizaje, encontrarán en la cultura un coto privado que sólo admitirá a los que tuvieron la suerte o la desgracia de nacer dentro de unos límites prefabricados. Los periódicos celebrarán sólo a las glorias locales, y con el tiempo serán foráneos los que no habiten en nuestro propio edificio. Rafael Alberti ganó una fama universal, como ha de ser toda cultura. No dejemos que esta quede en manos de políticos y autores de libros de texto.