Cucos

Arturo Tendero


Recibo el último número de Zahora, la revista de tradiciones populares que dirige José García Lanciano, o Lanciano como en resumen lo llamamos muchos de sus amigos, si no todos. Zahora nació con la modestia propia de su promotor, que es tan buena gente que parece encogerse cuando hablas con él. Sin embargo, a golpe de modestia lleva ya con éste 32 números, que es una continuidad como para ir levantando la cabeza y para llevarla orgullosamente erguida.
El nombre lo sacaron del diccionario manchego de Serna. Una Zahora es una comilona acompañada de bulla o zambra. Desde el principio la revista ha sabido adaptarse a su tarea: unas veces se ha concentrado en un pueblo concreto, otras ha reunido juegos infantiles, o recetas de la medicina popular, o fotografías. Y así ha tenido un sinfín de maquetaciones y un sinfín de autores distintos, de forma que esta capacidad de adaptación ha terminado siendo una más de sus virtudes.
José Antonio Ramón y Juan Ramírez Piqueras han convertido este último número, el 32, en un cuaderno de campo de esos iglús de piedra que algunas veces observamos aislados en medio de la llanura las más veces, o en un monte pelado. Suelen tener forma cónica y durante generaciones que se pierden en el principio de los tiempos han servido a las gentes del campo para cobijarse de los chaparrones, de las tormentas de verano, de los fríos del invierno y de los soles del año entero, que no conocemos en esta tierra de pocos árboles estación que no sea rigurosa con los que trabajan al aire libre.
Ahora ya sirven de poco. La tecnología ha ido adelgazando las distancias hasta reducirlas a un salir y un llegar. Pero aún se mantienen en pie, resistiéndose a morir y a arrastrar con esta muerte una forma de vida que empieza a resumirse en unos cuantos recuerdos vacilantes. El olor de los cucos ha dado lugar a una expresión característica de nuestra peculiar sorna: "huele a cuco", que quiere decir que casi no se puede soportar el hedor que desprende una cosa. Supongo que los dos autores de este número de Zahora, José Antonio Ramón y Juan Ramírez pueden certificarlo con absoluta precisión porque se nota que han investigado a fondo estas peculiares construcciones. Aunque ellos han preferido dar testimonio de datos más fríos que los puramente sensoriales.
Los conos, cubillos y chozas, como se les llama según los lugares, están fotografiados, ubicados en el mapa y reproducidos a la acuarela en el más reciente número de Zahora con una meticulosidad propia de biólogos que hubieran convivido durante un año con una manada de bichos. Se nota que incluso los han acariciado con ese respeto solemne que siente el científico hacia su objeto de investigación. Una letra igualmente minuciosa, una letra de lenta caligrafía, los registra, númera, data y mide. Y así quedan atrapados para la posteridad en la revista, para regocijo de los campesinos que un día los levantaron amontonando las piedras del majano y dándoles forma con un mazo.
Y así los recogemos y los podemos observar, como si fueran antepasados a los que no conocimos sino de oídas, como mariposas casi indiscernibles para el profano, pero bellas y tristes, sujetas para siempre a las páginas del álbum. Tiene esta Zahora, como todas las Zahoras, la importancia serena e imprescindible de las batallitas que cuentan nuestros abuelos. Se ha fijado la necesaria misión de rescatar tradiciones que se difuminan peligrosamente. Se para en lo que casi nadie repara. ¿Quién se ha detenido ante los cucos si no es mi amigo el pintor Juan José Jiménez, que suele recogerlos en sus cuadros, y los dos autores que se han encontrado Lanciano no sé dónde?
Las páginas de Zahora están salvando del olvido, o mejor aún, de la indiferencia, retazos de nuestra historia popular, que es como decir fragmentos de nuestra alma colectiva. He repasado con mis hijos y guardo con cuidado en mi biblioteca este número 32, uno de los más bellos. Estoy convencido de que lo sacaré más de una vez para echarle un vistazo, para consultar algún dato que en este momento ni siquiera se me ocurre imaginar, o simplemente para vanagloriarme de lo que se hace por estas tierras ante algún amigo foráneo que venga a visitarme. Nacionalismo de baja intensidad. Al fin y al cabo, el olor a cuco es lo único que no consta por ningún sitio.