El Coro



Arturo Tendero

3-2-2002

Dicen que todos los adolescentes llevan un poeta dentro y que debajo de la ducha todo el mundo es cantante. Fuera de esas edades y recintos, se imponen la vergüenza, la prudencia o el realismo, según los casos. Y el que más y el que menos procura esconder los versos en el cajón y entonar sólo mentalmente ante extraños. Pero de pronto la televisión nos alborota la casa con el programa Operación triunfo. Ante el escaparate de la popularidad, cientos de miles de españoles destapan su frustración secreta, que era ser cantante. Una frustración que no esperaba ya oportunidades en este mundo del arte, tan rácano en oportunidades. Ahora, como por un abracadabra, a nadie le da tanta vergüenza como antes echarse un gorgorito o dar un do de pecho. Al contrario, revestidos de una nueva ilusión, los que antes se callaban se animan a ejercitarse a ver si consiguen ser admitidos en futuras ediciones del programa, lo que dado el nivel de calidad inicial de la primera banda de concursantes, a nadie se le antoja imposible.

Nuestro trajín rutinario se va poblando de un inquietante fondo musical, sólo vagamente diferente a la letanía de los niños de San Ildefonso. Porque la canción más elegida para los entrenamientos resulta ser ese himno del programa, número uno en todas las listas nacionales, que repite hasta la extenuación: «A tu lado me siento seguro…» Su machaconeo, unido a la ebullición vocalística, han creado un caldo de cultivo propicio para el regreso de la canción del verano. Vuelve en pleno enero, desde las cavernas neandertales en donde dormía su nostalgia, y se derrama en nuestros oídos con el sonsonete de «cuanto más acelero, más calentito me pongo». No hay radio, ni bar, ni espacio donde no resuene, como proveniente de un altavoz ubicuo. Y ni al gobierno ni a nadie parece importarle el contenido revolucionario de la letra, que insta a acelerar en el preciso momento en que entran en vigor las nuevas leyes de tráfico, que por cierto castigan y de qué manera los acelerones injustificados. No he oído que le hayan retirado el carné al inefable Cantero, a pesar de su contumaz y provocadora reincidencia. Es hijo, no lo olvidemos, de uno de los taxistas más famosos de España.

Ciertas religiones orientales tienen descubierto hace milenios que la mejor manera de llegar a creerse un estribillo es repetirlo mentalmente muchas veces. Y aquí estamos nosotros, tarareando en defensa propia, sin poderlo evitar, que nos sentimos seguros y que nos ponemos calentitos al acelerar, lo que nos viene muy bien para no sentir apenas este invierno de nieves. En cada casa, hay por lo menos un cantante que con renovados ímpetus nos entona el mensaje en el oído. En los bares otro, en el currelo uno más, y así, sin comerlo ni beberlo, vamos de gala en gala hasta terminar en el congreso del PP, que ha sido como una gala celestial para celebrar algún disco de platino. Sus compositores han logrado que el «España va bien» forme parte indiscernible en nuestras vidas. Las últimas encuestas del CIS afirman que los españoles no hemos estado nunca tan satisfechos como en estos tres años, nunca desde que se hacen este tipo de encuestas. La satisfacción nos tiene invadidos. La satisfacción que es lo más parecido a la felicidad, sin ser felicidad; lo más parecido a haber alcanzado alguna meta, sin necesidad de que haya alguna meta que alcanzar.

Benditos sean todos ellos que con sus consignas nos mantienen distraídos del grito silencioso de esos talibanes privados de sus sentidos en Guantánamo, de las explosiones de palestinos suicidas y las bárbaras venganzas de los israelíes, de la hambruna que empieza a extenderse en esa Argentina tan lejana y tan parecida a nosotros, de nuestro terrorismo y nuestro paro nacional. Benditos sean que le ponen letra y música al videoclip del mundo, que nos llenan de ideas para cantar en la ducha.