La exclusiva del caballo de Alejandro

Arturo Tendero


Hay tópicos que nunca mueren: del mismo modo que el asesino de las novelas policiacas suele ser el mayordomo, la sirvienta de la "jet" resulta ser también la que saca a relucir los trapos sucios de la familia vendiéndoselos al "Diez Minutos" o una revista por el estilo. Supongo que Eloy M. Cebrián tuvo esto muy presente cuando decidió que la mejor manera de contar la vida de Alejandro Magno era comprarle las memorias al caballo, ya que aquel famoso conquistador macedonio pasó más tiempo sobre la grupa del equino que sobre sus propias piernas. "Memorias de Bucéfalo", se llama la novela, que es sólo una primera parte de la novela, justo hasta que, con veinte añitos, Alejandro toma las riendas de lo que será su imperio.
El futuro emperador ni siquiera desmontaba para escuchar las enseñanzas de su preceptor Aristóteles, porque no había tiempo que perder, las guerras acechaban y había que entrenarse continuamente. En cierta manera esta obsesión por el entrenamiento no ha cambiado, y desde que se sostienen, están nuestros zagales dale que te pego, no encima de una montura, claro, sino detrás de un balón. El caso es que el caballo, que ya habrán adivinado que se llamaba Bucéfalo, a poco que fuera un poco espabilado, aprendería filosofía de primera mano, las artes de la batalla, por supuesto, y las anécdotas y los entresijos más inconfesables de la familia del insigne jinete.
A Eloy M. Cebrián le ha salido bastante más barato que a las revistas del corazón conseguir la exclusiva, porque el caballo Bucéfalo llevaba tantos años muerto que estaba deseando rajar. Y lo hace hasta por los corvejones. Aunque se supone que se encuentra ya en las últimas, deshauciado por los veterinarios y con un socavón en el pecho por el que se le escapa la existencia. Pero es de todos sabido que, durante la agonía, la vida que uno ha vivido desfila por las mientes con el detalle y la intensidad de una lección última de la que se da el repaso de urgencia antes de presentarse al examen. El autor ha conseguido que la elocución de Bucéfalo tenga esa contextura.
Por supuesto que al principio choca un poco que sea un caballo el que realice tal alarde de sabiduría y claridad expresiva, pero sólo en las dos primeras páginas, hasta que uno le coge el hilo y ya está preso de la narración, que como todas las intimidades bien contadas, no tiene desperdicio. Porque Bucéfalo será un caballo, pero se explica como Jenofonte lo haría si hablara castellano, con profusión de datos, riqueza de descripciones y realismo en los diálogos. Y encima le lleva de ventaja a Jenofonte que éste no sabía lo que pasaba en las cuadras cuando se ausentaban los hombres. Lo único que no puede pedírsele es objetividad, porque ya se sabe que los caballos y los perros son ciegamente fieles a sus amos. Y ya me contarán cuando lean la novela si Alejandro no resultaría algo sospechoso, por ejemplo, de la muerte de su tuerto padre, el rey Filipo.
Eloy M. Cebrián se ha tenido que meter entre pecho y espalda un baúl de libros y otro centenar largo de pantallas de internet relacionadas con el tema, cosa que ha hecho con mucho gusto porque le va la historia de Grecia, es un adicto a Internet y le complace mucho escucharse luego sacando a relucir citas obtenidas en este aprendizaje durante cualquier tertulia o conversación cotidiana. Con el mismo alarde ventajoso se defiende en el terreno de la ciencia ficción, y supongo que no menos en el de la literatura inglesa, con cuya enseñanza se gana la vida a la espera de que sus capacidades como narrador le permitan retirarse a escribir.
Asegura también el autor que escribió el relato con la intención de destinarlo a los jovenzuelos y jovenzuelas de enseñanza secundaria, con lo que me he sentido muy rejuvenecido después de leerlo por dos veces, ya que en ambas ocasiones lo he disfrutado como si estuviese hecho para mi propia edad. Ahora a esperar, mordiéndose las uñas, la llegada de la segunda parte. En fin, que siente uno orgullo de que en Albacete se hagan cosas de esta calidad, que las edite la Diputación y, sobre todo, que las escriba un tipo con el que uno puede encontrarse casi a diario y comprobar que le han quedado algunos ecos, apenas perceptibles, del griego en el que hablaba Bucéfalo. O tal vez sea que a Bucéfalo le han quedado acentos del castellano de Eloy M. Cebrián.