Las bozainas

Arturo Tendero


Las bozainas, cuando suenan a lo lejos, en los callejones de Chinchilla, ponen los pelos de punta. Las bozainas pertenecen a la misma familia que las gárgolas que remataban las canaleras de las catedrales medievales, esos seres deformes y boquiabiertos que ha dulcificado últimamente la Compañía Walt Disney con la versión que ha hecho en dibujos animados del "Jorobado de Notre Dame" de Hugo. Unas y otras forman parte del siniestro decorado con el que los torturadores de conciencias sobrecogían a los fieles, representándoles un detalle bastante ilustrativo del infierno.
Ya no es lo mismo, claro. Cuando las seguimos en procesión, vamos pensando en todo menos en las calderas de Pedro Botero. Entre Fina Ortega y Manolo Alcázar me explican que las actuales bozainas, que son de hojalata, sustituyeron a las originales de hierro fundido, que estaban decoradas muy en consonancia con el sonido que emiten, y que fueron destruidas por la barbarie de la Guerra Civil. Constituyen una obra piadosa y precaria: dos largos conos pintados de blanco, estrechos en el extremo donde se sopla, y cada vez más anchos conforme se acercan a su final. Una es más gruesa y grave, la otra más delgada y aguda. Por su longitud, y para ser transportadas con más facilidad, reposan sobre unas ruedas de madera, algo desiguales de hechura.
Me cuentan que hay constancia de que ya existían en el siglo XVI. La escasez de crónicas y la parquedad de las que nos han llegado nos impiden saber si se remontan más atrás en el tiempo. También se perdieron las partituras con los sonidos originarios, aunque la reconstrucción que hizo el maestro Soria hacia los años cincuenta parece bastante verosímil por la mezcla de belleza y espeluznancia logradas. Al principio las seguían sólo los componentes de la cofradía del Cristo, encargada de guardarlas y tañirlas, pero la voz ha corrido y el sábado del que hablo calculo que éramos un centenar largo de personas, la mayoría vestidas de oscuro y embargadas de un creciente respeto.
Una vecina, que camina junto a mí, recuerda con estremecimiento el terror que le producía de niña oír que se acercaba el traqueteo casi pueril de las ruedas de madera. Habla de un tiempo, no tan lejano como parece, de calles oscuras y de chimeneas encendidas como única defensa contra el sueño, el invierno y las creencias. Menos mal que las farolas nos ofrecen su consuelo en estas noches del fin de milenio. Una vez tras otra, callan el tamboril y la campanilla que encabezan la marcha y, sobre el silencio, se escucha el sonido pavoroso y antiguo de las bozainas.
Me dicen Fina y Manolo que es muy probable que el año que viene sean sustituidas por unas de bronce, ya casi terminadas, porque el hierro original sería demasiado pesado para la orografía de la ciudad. Al fin y al cabo hay que subir y bajar pendientes, enredarse en la madeja medieval de Chinchilla, serpear por entre fachadas que la hora ha envejecido lo justo para que concuerden con el acontecimiento. El recorrido cambia de semana en semana, y parece que hay momentos en los que los propios guías dudan. Pero los que les seguimos terminamos de cualquier manera hipnotizados por el estribillo de campanilla y tambor, y por la estrofa impresionante de las bozainas, que empezaron carraspeantes, pero que se han ido afinando al sonar.
Por el contrario, no sé qué pasa que la noche ha ido enfriándose conforme caminábamos y llega un momento en que andamos todos con el pañuelo en ristre y los abrigos son insuficientes para contener las tiritonas, como si esos largos conos sonoros tuvieran alguna oscura capacidad para extraer de la meteorología y de los elementos en general la faceta más triste. Nos miramos unos a otros. Algún coche con el que nos cruzamos apaga sus luces, un par de motociclistas hacen lo propio para atravesar el cortejo. Hay magias inexplicables en la tradición que el progreso aún no ha logrado exterminar.