Borges y yo
(28-1-99)

Antonio García Muñoz

Por el mero hecho de haber gozado de una sola de sus líneas todos somos borgianos, claro que algunos somos más borgianos que otros y otros incluso son más borgianos que el propio Borges, con lo que entramos en un laberinto del que conviene salir por piernas si no queremos que un borgiano Minotauro nos atrape en sus garras.
Esto iba yo reflexionando tras mi asistencia, hace unos días, a una emocionante conferencia de María Kodama, que compartió mesa con un famoso futurólogo de Cartagena. No faltaron a los postres las simpáticas intervenciones de los espontáneos de turno, alguno de los cuales no tuvo reparos en leer un sentido homenaje a los números primos, quizá de tintes autobiográficos. La magia creada en la ceremonia, propiciada por la evanescente dicción de la viuda, nos envolvió a todos los allí presentes en un halo de literaridad sacra, y puede decirse, que al menos por esa noche, todos compartimos una cosmovisión muy cercana a la del maestro argentino.
De mí puedo decir que mi itinerario de regreso, en compañía de un amigo, se convirtió en un catálogo de recurrencias borgianas. Así, deteniéndome ante un escaparate pude comprobar que efectivamente todos los espejos son abominables, especialmente si me reflejan a mí, y para completar la analogía concluí que no menos abominable es la paternidad, que como los espejos, multiplica el número de los hombres: me bastó pensar en mi sobrino.
Muy puesto ya en mi papel de urdidor de simetrías, no pude por menos de evocar, ante un paso de cebra, la perfecta simetría de las líneas de un tigre, antes de que mi amigo me empujara de muy malas maneras para evitar que unos cuantos conductores enfurecidos nos pasaran por encima. Ya al resguardo de una acera, mi amigo y yo encaminamos nuestros pasos hasta un bar, y por el camino nos pusimos a departir amistosamente sobre la dualidad que divide a los hombres en platónicos y aristotélicos. Mi amigo me había ocultado todo ese tiempo que él pertenecía al segundo de los grupos, lo cual para un platónico como yo resultaba una ofensa personal, así que nos enzarzamos en una violenta pelea dialéctica en la que no faltaron los puños, hasta que un amable policía, trasladado a Albacete después de los disturbios en la Autónoma de Barcelona, nos invitó cortésmente a disolvernos con un lanzapelotas de goma.
Un poquito amoratados conseguimos llegar al bar, en una de cuyas esquinas se alojaba un ordenador. A través de la pantalla, mi amigo y yo penetramos en el laberinto de Internet, laberinto de laberintos, red de redes, ocasión que yo aproveché para evocar la figura del oxímoron. Como es sabido, esta licencia retórica basa su efectividad en la unión armoniosa de contrarios. San Juan de la Cruz lo usaba mucho en sus versos, y así música callada vendría a constituir un afortunado oxímoron. Otro podría ser: el escritor antonio gala. Pues bien, la situación allí creada no podía ser mas paradójica, más oximorónica (si se me permite el neologismo), pues ¿quién podría conciliar a los dos tipos que, a los gritos de ¡Dale caña!, jaleaban una cópula anal, con los que no hacía ni una hora habían oprimido fuertemente su sien con un dedo escuchando la música borgiana?
A la hora del pago de las consumiciones, la contemplación de una moneda distrajo mi atención durante 35 minutos y comprendí que las dos caras de una moneda están condenadas a no verse nunca, pues de hacerlo, yo tendría dos monedas en mi mano en lugar de una, y quizá en ese caso me diera para otra cerveza. La llamada de atención de mi amigo, que había iniciado ya la ronda de tangos, me volvió a la realidad, y tras despedirnos, tomé el rumbo a mi casa, atravesando un parque que para mí se convirtió literalmente en el jardín de senderos que se bifurcan, dado que no encontraba su salida por ningún sitio. A un rezagado en el que me pareció reconocer un vecino le abordé para que me ayudara salir de allí:
-Soy yo, soy Antonio.
-Dios mío, Antonio, ¿qué te ha ocurrido?
-No, a mí nada, es al otro al que le ocurren las cosas.
Por fin en casa, antes de perder la conciencia por completo, ensayé dos explicaciones para explicar mi estado: soy doble, pensé, y estoy ciego, con lo que completé el círculo borgiano.
No sé cuál de los dos escribe esta página.