Calmar a la bestia

Arturo Tendero


Los mejores monstruos de la literatura universal nacieron para explicar fenómenos que entonces resultaban inexplicables. Los dragones dan sentido al fuego interior de la tierra, los elfos al misterio de los bosques, Ulises se enfrentó a toda una mitología de reveses marítimos en su regreso a Ítaca; dicen que "La Odisea" está conformada por las historias que contaban los marinos de entonces en los puertos de la época. Y ya más cerca de nuestros días, King-Kong puede ser la personificación del crack de la bolsa de Nueva York, y Drácula, Frankestein, el Hombre Lobo, El Golem y otras pesadillas, creadas o criadas por el cine de entreguerras, encarnaron las sordideces económicas del momento.
A nadie le extrañe entonces que el otro día el "ecologista en acción" Pérez Pena haya reclamado del nuevo Ayuntamiento de Albacete "medidas para calmar al tráfico". No se trata de un simple desliz verbal. Sabía lo que se decía. El tráfico es la bestia de nuestro fin de siglo, porque la política es la bestia de la historia y la guerra es la bestia de todos los tiempos, de la humanidad entera. Pero estas dos bestias mayores andan últimamente lejos, en las televisiones y en el claustro cerrado de los edificios públicos, mientras que el tráfico es un monstruo que nos tiene invadidos, una bestia de infinitas cabezas que se multiplican al cortarles el casco, como la serpiente a la que tuvo que vencer Heracles.
Los coches y las motos invaden nuestras calles céntricas, que no tenían prevista esta invasión cuando fueron diseñadas. Invaden las aceras, los parajes naturales, los jardines, las películas televisadas. Aparcan donde sea, porque las zonas azules son un precario bastión, incapaz de contener a esta horda. Usurpan nuestras mejores plazas, negándonos el placer del encuentro y de la charla, como sucede con la medieval de Chinchilla. Atruenan nuestros oídos durante el día y la noche. Y nos dominan hasta cuando estamos al volante o al manillar, hipotecando nuestro cerebro, haciendo que volemos demasiado bajo, que amedrentemos a las viejecitas que intentan cruzar un paso cebra, o invitando a nuestros adolescentes a que se protejan el codo con el casco, mientras llevan la cabeza al descubierto.
Lo que ha dicho Pérez Pena es que es duro vivir en una ciudad como Albacete, donde el tráfico es dueño y señor, mientras que el peatón se convierte en el aborigen de un país invadido. Puede ser atropellado mientras contempla un escaparate y tiene que esperar a que pasen primero los monstruos metálicos, antes de cruzar una calzada. Por supuesto que es duro vivir en una ciudad invadida. Y resulta curioso que Pérez Pena hable de "calmar", sólo de "calmar", a la bestia del tráfico, él que es un adalid contumaz de las causas difíciles y un ciclista empedernido. Calmar quiere decir ampliar las calles peatonales, introducir un carril para las bicis, pactar con el invasor.
Todas las bestias literarias han tenido un héroe que las doblegara. A veces ha habido que esperar mucho tiempo, eso también es verdad. Quizá aún no haya nacido la espada capaz de vencer a este dragón del que somos a la vez víctimas y verdugos. Que hayan vuelto los molinos a agitar sus aspas al viento, devolviendo a la llanura su origen quijotesco, aunque sea para moler electricidad en lugar de harina, abre una espita a la esperanza. A lo mejor no anda lejos el Quijote de los nuevos tiempos, que fracasa en todas sus acciones, pero que pone a la gente a pensar. De momento, el primer paso está dado. Había que desenmascarar a la bestia, y Pérez Pena ya lo ha hecho el otro día con su feliz prosopopeya.