Las elecciones generales, Aristófanes
y un amigo mío de Valencia

Eloy M. Cebrián

9-3-2000

Mientras escribo estas líneas, a tan sólo seis días de las elecciones generales, me siento inquieto por lo poco que me inquieta el resultado de la consulta. De modo que no teman; nada más lejos de mi ánimo que ofrecerles un análisis político sobre la intención de voto, ni siquiera una colección de chascarrillos acerca de los incidentes de la campaña. Es más, poco me importa si este artículo ve la luz antes o después del próximo domingo (contando con que el diario al que voy a remitirlo tenga la amabilidad de publicarlo y ustedes la paciencia de leerlo). Lo que me preocupa en realidad es la idea de todas esas huestes de políticos que andan por ahí en busca de empleo. Pobrecillos.
Pero, antes de continuar, les he de confesar algo: las elecciones generales distan mucho de provocarme los severos retortijones que, invariablemente, sufro cuando se aproximan las municipales y autonómicas. De hecho, todo se salda con un leve sarpullido que suele remitir a los pocos días, antes incluso de que se constituyan las nuevas cámaras. Piensen que al menos durante esta campaña nos hemos librado de algunas agresiones despiadadas de las que fuimos víctimas la pasada primavera. Ahora no corremos el riesgo de recibir por correo una astilla del pupitre del presidente Bono, acompañada por la petición de que nos confeccionemos con ella un relicario. Resulta improbable toparse por la calle con un fulano al que apenas conocemos (o que no nos saluda desde hace años) y que, todo palmaditas y sonrisas, nos exige el voto con inaudita desfachatez. Pasaron a la historia los “pins” de la navajita plateada en la solapa, o las tortas de gazpachos, los quesos y demás símbolos de orgullo patrio. Y hasta resulta factible ir a dar una vuelta por “los Invasores” sin miedo a que un político nos besuquee al niño, nos lo deje lleno de babas y luego haya que limpiarlo con aguarrás. No, no se preocupen. Y es que, en buena lógica, los que salgan elegidos de las urnas el próximo domingo cometerán sus fechorías en Madrid, y eso aquí, en la periferia del Imperio, siempre lo hemos vivido con resignada indiferencia.
Sin embargo, no por ello nos hemos librado del bochornoso espectáculo de siempre: de la “derecha-que-no-quiere-serlo” vanagloriándose de un presente triunfal de logros económicos, a la vez que nos recuerda un pasado ominoso de paro, despilfarro y corrupción; de la “izquierda-que-siempre-lo-será” pactando contra natura con la “izquierda-que-sólo-lo-fue-de-boquilla” y la que “dejó-de-serlo” (estas dos últimas agrupadas ahora bajo las mismas siglas), sin duda con la esperanza de captar votos de ciudadanos y ciudadanas que les permitan llevarse el gato al agua (y también la gata, si es posible). Hemos visto cómo el bravo corazón de Julio Anguita se rebelaba contra tanto dislate. Para colmo de males, hasta hemos tenido que sufrir que algunos medios de comunicación modifiquen su línea editorial y, en lugar de las aleluyas marianas que tanto nos regocijaban, se dediquen a publicar feroces invectivas contra Almunia, que bastante tiene el pobre hombre con lo que le ha caído encima. Y entre todos se las arreglan para destruir en el ciudadano (y la ciudadana) cualquier vestigio de conciencia cívica.
¿Qué quieren que les diga? Todo esto me produce un sopor y un hastío enormes (la indignación me la reservo para las cosas que realmente la merecen), y me hace recordar, como siempre me ocurre en ocasiones similares, una anécdota que me refirió cierto amigo de Valencia. Según me dijo, corrían aquellos felices días de octubre del 82, y él había quedado con su panda para celebrar el advenimiento de una nueva era de libertades y justicia social. A la sazón, la calle donde aguardaba era frecuentada por numerosos gays, y aun travestís, de suerte que un policía nacional que por allí patrullaba se le aproximó y le espetó lo siguiente: “¿Qué? ¿Maricón?” “¡No, no! —respondió él todo azorado—. Estaba esperando a un amigo.” Y el agente, tras dedicarle una mirada entre despectiva y socarrona, le dijo: “Sí, sí, a un amiguito”. Toda una señal de lo que se avecinaba.
Creo que fue Aristófanes quien relató cómo dos sinvergüenzas, temerosos de perder sus prebendas políticas, intentan convencer a un carnicero analfabeto de que se presente a las elecciones, pues, según ellos, es precisamente el más vil e ignorante el que más condiciones reúne para el ejercicio de la política. No es que el comediógrafo ateniense, ardiente defensor de las oligarquías, fuera un dechado de virtudes democráticas, y hasta creo que habría suscrito sin reservas aquella célebre por lo denostada afirmación de Borges, según la cual la democracia no es más que “un abuso de la estadística”; sin embargo, puede que su actitud ofrezca a los españoles del año 2000, hartos, perplejos y cabreados, una línea sensata de actuación política: si no saben a qué partido votar, no piensen en las siglas, sino en los candidatos, y respalden precisamente a los que más le repugnen. Así, matarán dos pájaros de un tiro: por un lado se sentirán muy enaltecidos por el contraste; y encima, le estarán proporcionando un puesto de trabajo, y de los buenos, a gente que no podría ganarse la vida de otra manera. Que tengan una feliz jornada electoral.