Un antídoto contra la soledad
Eloy M. Cebrián

25-3-98

Hace algunas semanas, un asiduo en los debates televisivos, orondo cretino él y autoproclamado intelectual, alardeaba de no saber nada de ordenadores, hecho que parecía llenarlo de orgullo. Al margen de la nauseabunda petulancia de dicha afirmación, me subleva pensar que posturas similares hayan sido adoptadas y aireadas por muchas de las cabezas pensantes de este país, esas “cabezas bien amuebladas” en las que tanto mueble apenas deja sitio para el sentido común. De repente, parece que resulta de buen tono revelarse como un ignorante absoluto en materia informática, bien en los mentideros mediáticos, a través de la letra impresa o simplemente en la tertulia del café. Qué mejor forma de afirmar la propia condición de miembro de una casta superior que dárselas de no ser capaz de distinguir un ordenador de una sandwichera, actitud que, dicho sea de paso, no deja de parecerme útil, puesto que delata de inmediato a su propietario como un necio de campeonato. (El miedo a ser malinterpretado, que se ha convertido ya en un lugar común en nuestros tiempos, me aconseja añadir aquí lo siguiente, aun a riesgo de resultar reiterativo: no es mi intención arremeter contra los que carecen de conocimientos acerca de ordenadores, entre los que muy poco me falta para contarme, sino contra los que piensan que su ignorancia les imprime distinción.)
La irrupción de Internet en la vida del ciudadano de segunda (sí, me refiero a mí y a usted) ha reforzado las huestes de los detractores de la tecla con nuevos batallones de pensadores profundos y profetas de salón. La consigna se cifra ahora en afirmar que aquéllos que hacen uso de Internet prescinden paulatinamente de la relación personal, abandonan a sus amigos, dejan de hablar a su mujer y a sus hijos y, en última instancia, se convierten en meros apéndices de sus ordenadores. El corolario de este perverso argumento es (¡lo han adivinado!) que Internet está deshumanizando el mundo y alienando a sus habitantes. Suerte que todavía existen voces de prestigio en las que predomina el sentido común; la de Fernando Savater, por ejemplo, quien en su impagable ensayo El valor de educar la mamprende muy atinadamente contra los predicadores que consideran inevitable nuestra deshumanización (?) por culpa de los ordenadores, los vídeos, Internet y otros inventos del Maléfico, para concluir: es regla general que tales herramientas no sólo no deshumanicen a nadie, sino que sean enseguida puestas al servicio de lo más humano, demasiado humano. A pesar de que suscribo totalmente esta opinión, y sin ánimo alguno de enmendarle la plana al insigne profesor, creo que en esta ocasión Savater se ha quedado corto. Es del dominio público que Internet se ha convertido en gigantesco tablón de anuncios (la “enciclopedia infinita”, como dice Muñoz Molina con reminiscencias borgianas en un reciente artículo), o bien una suerte de botas de siete leguas que nos permiten saltar de un lugar a otro del globo para beber la información de sus mismas fuentes; sin embargo, no parece resultar tan obvio que millones de personas usan hoy en día la Red como un eficaz antídoto contra la soledad.
Basta con asomarse a la pantalla de un ordenador para comprobar que las mallas de fibra óptica, el auténtico sistema nervioso de nuestro mundo, vibran con infinidad de mensajes en busca de un destinatario. Tras muchos de ellos, quizá la mayoría, no hay más que sociedades anónimas, bancos, mercaderes de esto y de lo otro y, por supuesto, la mano casi omnipotente de Bill Gates. Sin embargo, hay otros muchos que no pretenden vender ni convencer, sino simplemente entablar conversación, y no provienen de máquinas, sino de personas, por más que muchos se empeñen en ponerlo en duda. Lo más extraordinario de todo este asunto, y lo que de verdad me reconcilia con lo que otros consideran un engendro de la tecnología, es que estos mensajes a menudo encuentran respuesta. De hecho, me resulta sencillo imaginar la Red como un a ciudad gigantesca llena de plazoletas y encrucijadas, lugares de encuentro donde, a diferencia de lo que ocurre en las ciudades del mundo visible (que no real), la gente se detiene y charla. Sin duda también cuenta esta ciudad con su correspondiente proporción de perturbados y delincuentes, aunque no podríamos llamarla ciudad con propiedad si no fuera así.
No es verdad que Internet aliene a las personas. Por el contrario, creo que tenemos entre manos una herramienta fabulosa para convertir este mundo en un lugar más soportable. Y les aseguro que no es necesario que me recuerden los riesgos; los conozco bien. Pero ése será el asunto de otro artículo.