"Alejandromanía"

Eloy M. Cebrián

-¿Dónde está Alejandro el Grande?

-Alejandro el Grande vive y reina.

 

 

Así reza un proverbio griego medieval. Y nunca fue más cierto que ahora. Han transcurrido nada menos que veintitrés siglos desde la muerte de este rey macedonio y aquí lo tenemos de nuevo, resurgiendo entre las brumas de la historia con más energía que nunca. ¿A qué obedece este repentino interés por la figura y la carrera de Alejandro? Sin duda se trató de un joven notable, con sobrados merecimientos para ocupar un puesto de honor en cualquier tratado de historia antigua. Pero no estamos hablando de una moda académica, sino de un fenómeno de masas. Seguramente, las dos primeras entregas de la novela Aléxandros, del escritor italiano Valerio Manfredi, y la gigantesca campaña de promoción que las ha arropado, hayan tenido mucho que ver. Otros editores, olfateando el gran negocio, han vuelto a poner en circulación obras ya publicadas, especialmente la magnífica Trilogía de Alejandro, de la autora británica Mary Renault. Hasta yo mismo me he atrevido a poner mi granito de arena y contar las gestas de nuestro héroe por boca de Bucéfalo, su famoso caballo. Pero me resisto a pensar que esta «alejandromanía» sea fruto únicamente de una campaña publicitaria bien orquestada. Más bien creo que nos encontramos ante la última manifestación de un fenómeno que se gestó con la muerte de Alejandro, puede que incluso antes, y que se ha registrado generación tras generación desde entonces.

Los hechos son conocidos. En la primavera del 334 a. C., Alejandro cruza el Helesponto con un ejército de 50.000 hombres y la ambición de liberar del dominio persa a las ciudades griegas de Jonia. Todos dudan de la capacidad del joven rey, al que Demóstenes ha descrito como «un mocoso y un bobo». Pero los dioses no abandonan a sus favoritos. Alejandro atraviesa el continente como un ciclón, aniquila a los tres ejércitos que el rey Darío III envía contra él, es proclamado faraón en Egipto, conquista el núcleo de los territorios persas y se pierde en las satrapías orientales del imperio, una tierra apenas conocida y jamás cartografiada por los helenos. Alejandro y su ejército se salen literalmente del mapa. A partir de ese momento las cosas no serán tan fáciles. Su famosa campaña de la India concluye en desastre, con las tropas al borde del motín, el rey gravemente herido y una penosa retirada que se cobra más de 50.000 vidas. Pero, lejos de rendirse, Alejandro traza nuevos planes. Piensa enviar una flota a circunnavegar la península arábiga, y corren rumores de que planea también comandar una descomunal expedición contra Cartago y la cuenca occidental del Mediterráneo. Alejandro va a embarcarse en nuevas guerras y el mundo entero se estremece, pero unas fiebres que contrae de repente devoran su vida en cuestión de días (¿tifus? ¿malaria? ¿quizá veneno?). Estaba a punto de cumplir 33 años, y ha reinado durante doce años y ocho meses. Tras la muerte de Alejandro, sus generales se enfrentan por el control de un territorio cuya extensión es similar a la de los EE.UU. El imperio queda fragmentado en multitud de reinos que cambian de mano con rapidez, a través de uno de los períodos bélicos más prolongados y devastadores que ha conocido la humanidad.

De modo que éste era el rey, pero ¿cómo era el hombre? Las crónicas y las abundantes esculturas conservadas nos lo muestran como un joven de corta estatura, pero gran atractivo físico (el famoso detalle de sus ojos disparejos es un mito muy posterior a su muerte). Su habilidad en la batalla debía de ser también notable, así como su valor. Luchaba siempre a la cabeza de sus tropas (noblesse oblige), lo que le costó una colección de heridas de diversa gravedad, fracturas y contusiones varias que nos llevan a preguntarnos cómo demonios pudo alcanzar la edad de 32 años.

Mencionaremos también, siquiera de pasada, sus inclinaciones homosexuales, especialmente su predilección por Hefestión, amigo de la infancia, general de su ejército y casi con toda seguridad su amante de por vida. Pero también se le conocen relaciones con mujeres, puesto que desposó de forma casi simultánea a Roxana, hija de un caudillo sogdiano y a la princesa persa Estateira, hija de Darío, ambas embarazadas a la muerte del rey. Esta ambigüedad, más bien ambivalencia, sexual no hace más que mostrárnoslo como un hijo de su sociedad y de su tiempo, de modo que no merece la pena insistir en ello.

No cabe duda de que era culto, lo que no es extraño en alguien que tuvo por maestro al mismísimo Aristóteles. Durante sus conquistas, se hizo acompañar de un séquito de eruditos encargados de redactar informes científicos de cuantos países atravesaran. También era aficionado a la poesía. Sabemos de su predilección por Píndaro, cuya casa fue el único edificio que quedó en pie tras la destrucción de Tebas. Pero su auténtica pasión era Homero, hasta el punto de que dormía siempre con una copia de la Ilíada bajo la almohada. De hecho, resulta lícito pensar que Alejandro consagró su vida a convertirse en un héroe épico. Y tradición familiar no le faltaba, ya que se vanagloriaba de descender por línea materna del mismísimo Aquiles. A Hefestión lo llamaba familiarmente Patroclo, nombre del compañero íntimo de Aquiles. La supuesta tumba del héroe fue el primer lugar que visitó tras desembarcar en Asia, y siempre marchaba al combate portando el escudo de Aquiles como reliquia y talismán (al igual que hiciera otro tristemente famoso general con el brazo incorrupto de Santa Teresa, aunque la comparación sea odiosa). Pero no acaban ahí las similitudes. Alejandro siempre puso su gloria personal, su kleos, por encima de cualquier otra consideración. El historiador Arriano recoge las palabras con que arengó a sus tropas para exhortarlas a continuar la marcha hacia el este: Es hermoso vivir con valor y dejar tras la muerte fama imperecedera. Nos consta que también le preocupaba la posteridad, la opinión que las generaciones futuras tendrían de él, como demuestran estas palabras dirigidas a uno de sus biógrafos y hombre de confianza: Me haría feliz, Onesícrito, regresar a la vida, siquiera brevemente, tras mi muerte, para así descubrir qué piensan los hombres acerca de estos acontecimientos del presente. Se trata del mismo ethos, la misma actitud, que caracteriza a los héroes de Homero. Y si Aquiles se hizo famoso por su cólera, no menos colérico era Alejandro, quien, siempre fiel a su modelo, tenía la costumbre de encerrarse en su tienda cada vez que se sentía contrariado. Dicen que se lamentaba a menudo de no disponer de un Homero que cantara sus hazañas. Y me temo que acertaba, que ninguno de cuantos lo hemos intentado ha estado a la altura de la empresa.

Existe otra palabra griega imprescindible para describir carácter de Alejandro: el pothos, es decir, el ansia, el anhelo al que resulta imposible resistirse. Quizá fue el pothos lo que convirtió su vida en una búsqueda, una exploración permanente, la misteriosa fuerza que lo impulsaba a seguir siempre adelante. O quizá era ambición pura y simple. Se cuenta que el emperador Augusto se mostró una vez asombrado de que Alejandro no considerara una empresa más grande organizar el imperio que había conquistado que el simple hecho de conquistarlo. Pero para Alejandro la conquista era una forma de aumentar su arete, su virtud, puesto que un rey virtuoso era, según Aristóteles, lo único que legitimaba la monarquía como forma de gobierno. Jamás le interesó a Alejandro la gris labor del administrador, lo cual explica el caos que fue dejando a su paso, y que su muerte no hizo más que agravar.

Alejandro es generoso hasta rozar lo sublime, pero a la vez terriblemente despiadado. El mismo Alejandro que trató a la familia de su enemigo derrotado como a la suya propia fue capaz de condenar a ciudades enteras (léase Tebas o Persépolis) al fuego y la destrucción. El que perdonó a traidores con olímpica magnanimidad no vaciló en aniquilar a quienes le habían servido lealmente. ¿No les resulta familiar? Se trata del mismo talante caprichoso que caracteriza a los dioses. Y con esto se nos desvela otra de las «máscaras del héroe»: su aspiración a la divinidad. No olvidemos que Egipto lo proclamó hijo de Zeus-Amón (de ahí los cuernos de carnero con que se le representa en ocasiones) y que uno de los últimos decretos que dictó obligaba a que se le rindiera culto en las ciudades helenas, lo que fue recibido por los escépticos griegos con una mezcla de indignación e ironía (Si Alejandro quiere ser un dios —se cuenta que dijo Demóstenes—, que lo sea. Que sea hijo de Zeus y, si le place, también de Poseidón.).

Y sin embargo, Alejandro llegó a alcanzar su ambición de convertirse en dios. Ocurrió cuando Tolomeo, uno de sus generales, "secuestró" el cuerpo embalsamado del rey, que viajaba camino de Macedonia, y lo instaló en un imponente templo-mausoleo que mandó construir en el ágora de Alejandría. De este modo, Tolomeo, rey por derecho propio, logró legitimar la dinastía que acababa de fundar en Egipto, y que se prolongaría sin interrupción hasta la conquista romana en el año 30 a. C. La tumba de Alejandro se convirtió en un gran centro de culto y peregrinación del mundo antiguo, y llegó a recibir visitas tan ilustres como las de Julio César o el emperador Augusto. De hecho, pocos fueron los visitantes de Alejandría que no sucumbieron a la fascinación de Alejandro, el héroe, el dios. No es hasta finales del siglo IV, fecha en que Teodosio I ordena clausurar los templos paganos, cuando se pierde la pista del mausoleo de Alejandro. Y aun así, el recuerdo del héroe perduró en la memoria colectiva hasta mucho después de la conquista musulmana, convertido ahora en Dhû-l Carnaïn, Alejandro Bicorne, mensajero de Alá y protector de la fe.

A pesar de todo, el rey divinizado tuvo numerosos detractores en su posteridad inmediata. Los griegos de la época helenística le reprochaban sus inclinaciones hacia la tiranía, el hecho de que acabara sus días convertido en un monarca oriental, un rey bárbaro opuesto a su concepto de civilización (y ello a pesar de que ningún gobernante helenístico pudo aguantar la tentación de acuñar la efigie de Alejandro en sus monedas). La civilización romana, tan influida por el pensamiento estoico, vio con malos ojos el temperamento exuberante y desenfrenado del rey, ese modo dionisíaco de concebir la vida que al parecer lo empujaba a los más aborrecibles excesos. Llegaron incluso a poner en tela de juicio la única de entre sus virtudes que nadie ha podido negar jamás: su enorme talento como estratega. Así, Tito Livio imagina una supuesta expedición de Alejandro contra Italia (algo que tan sólo su muerte convirtió en conjetura) y afirma: Recordemos a los generales de Roma, no digo ya de todas las épocas, sino de ésa misma, a los cónsules y dictadores con los cuales tendría que haberse medido... en cada uno de ellos había la misma inteligencia y talento que en Alejandro. —Y concluye Livio sin inmutarse:— A su llegada a Italia se habría parecido más a Darío que a sí mismo. Pasen por alto la charlatanería y verán asomar una envidia mal disimulada.

Pero la leyenda más célebre y duradera en torno la figura de Alejandro no parte de la historia, sino de la literatura. Más concretamente, de una mediocre novela aparecida en el siglo II d. C.: Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, un relato épico-fantástico en el que un Alejandro ficticio acomete las hazañas más disparatadas a lo largo y ancho de una delirante geografía. Monstruos, amazonas y toda suerte de criaturas imaginarias pueblan las páginas de un libro que, a pesar de sus escasos méritos literarios, alcanzó una enorme difusión durante el bajo Imperio Romano, tanto en oriente como en occidente. Y ésta fue precisamente la imagen que la Edad Media heredó de Alejandro: la de un paladín de las causas nobles, un caballero andante que mataba dragones e impartía justicia por todo el orbe. Otra de las grandes ambiciones del rey, la de convertirse en un héroe épico, se había materializado también.

Resulta curioso, pero el mito del Alejandro filántropo e idealista perdura en muchos historiadores modernos, especialmente en los anteriores a la Segunda Guerra Mundial, quizá porque en esta época el concepto de imperio había entrado ya en crisis y la única justificación «racional» del colonialismo fuera concebirlo como un instrumento para extender los dones de la civilización occidental a los más desfavorecidos. Esta ingenua visión convierte el imperio de Alejandro en un ilustre predecesor de la Commonwealth, y al mismo rey en un celoso guardián de la «hermandad de las razas y las naciones». Pero los historiadores contemporáneos, aprendida ya la lección de Hitler, tienden en cambio a mostrarnos un monarca autocrático y megalómano, un tirano pragmático a quien sólo movía su sed de poder y fama personal. De paso, nos recuerdan que Alejandro no era griego en sentido estricto, sino macedonio, heredero por tanto de un reino arcaico, semibárbaro y apartado de la corriente principal del helenismo. Y es un hecho que los reyes de Macedonia, a imagen de sus predecesores micénicos, tenían pocos reparos a la hora de organizar expediciones bélicas contra sus vecinos por el simple premio del botín y la gloria.

¿Existía realmente un proyecto político, por rudimentario que fuera, tras las conquistas de Alejandro? Así parecen indicarlo tanto sus hechos como sus propias palabras: Pretendo mezclar las costumbres de los griegos y de los bárbaros —dijo en una ocasión—, atravesar todos los continentes y someterlos, alcanzar los extremos más lejanos del mar y la tierra, convertir el Océano en la frontera de Macedonia. Otra cuestión es si los expeditivos métodos que empleó, toda esa sangre derramada, justificaban el noble fin de unir oriente y occidente en un solo imperio. Sin embargo, ya sea de forma deliberada o como simple efecto secundario, lo cierto es que las conquistas de Alejandro representan una revolución histórica de enorme alcance. El viejo concepto de la polis griega fue sustituido por el del estado autoritario, centralizado y supranacional que triunfaría en los siglos posteriores. Sus victorias militares obraron el efecto de extender la civilización griega por toda el Asia Menor, el Oriente Medio y Egipto, lo que cristalizó en un enorme espacio de intercambio cultural y económico habitado por millones de personas que hablaban una lengua común. Es cierto que su imperio murió con él, pero sirvió de pilar para lo que tres siglos más tarde se convertiría en el Imperio Romano de Oriente y posteriormente en su heredero, el Imperio Bizantino, lo que nos conduce hasta las mismas puertas del Renacimiento. Toda una lección para los ciudadanos de nuestra aldea global, cada día más abocada al provincianismo y la fragmentación.

¿Héroe o villano? ¿idealista o tirano sin escrúpulos? ¿ángel o demonio? Resulta imposible ser ecuánime al hablar de Alejandro. Su misma grandeza, el halo de leyenda que envuelve su figura, nos ocultan al hombre que hubo tras del símbolo. Quizá la respuesta esté en que no existe un solo Alejandro, sino tantos como historiadores o escritores se han interesado por su persona. Es más, sospecho que cada época ha tenido su Alejandro particular, al que ha revestido con sus propias concepciones, fobias y creencias. Es posible que en nuestro tiempo no asistamos más que al último acto de este drama de mitos sucesivos, o más bien de un único mito bajo distintas apariencias. La novela histórica contemporánea nos presenta a un Alejandro que encarna y sublima los valores de la juventud: belleza, ambición, arrojo, aventura... meros objetos de consumo en nuestros días. De ahí su éxito comercial. Pero, más allá del tópico, para el hombre moderno, desarraigado y hambriento de mitos, la vida y la personalidad de este joven rey macedonio supone también una reflexión de plena actualidad: la grandeza y sus paradojas, la corrupción que comporta el poder y la pregunta, nunca más candente que hoy en día, de si los fines justifican los medios, de si la violencia es una legítima herramienta de persuasión.