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Maratón fotográfico (14/9/2006)

Las ferias de la memoria (14/9/2006)

Sarah Waters (18/9/2006)

SEPTIEMBRE 2006

Jueves, 14 de septiembre de 2006

Maratón fotográfico

El sábado pasado tuve la ocurrencia de presentarme al Maratón que la Asociación Fotográfica de Albacete convoca cada año por la Feria. La fotografía me ha fascinado desde siempre. Cuando tenía 18 años dediqué un verano entero a dar clases particulares con el único propósito de comprarme una cámara (una réflex sencilla, Yashica FX-3, que aún conservo en buen estado). En el colegio mayor pasé horas inolvidables practicando la fotografía y el revelado con los compañeros de allá. Y más tarde adquirí una pequeña ampliadora y convertí un cuarto de aseo en laboratorio. Pero de eso hace ya años. Durante mucho tiempo mi afición por la fotografía ha permanecido aletargada. Sin embargo, las cámaras digitales me han devuelto el gusto y la emoción por captar imágenes. De modo que el otro día me presenté en la Feria a las 10 de la mañana en compañía de mi hijo, sin otra expectativa que pasar una mañana entretenida a la caza y captura de imágenes por el recinto ferial. Los organizadores del Maratón nos dieron la lista de temas obligatorios y las indicaciones finales. Al final de la mañana debíamos presentar seis fotos sobre el templete del círculo central, la atracción del barco vikingo y el pasacalles de la Feria. Fue una mañana calurosa y emocionante en la que llegué a sentirme un poco cazador furtivo, ladrón de imágenes o incluso paparazzi. No olvidaré la cara de risa de los músicos de la banda municipal mientras los perseguíamos por los redondeles de la feria, ni el gesto algo desconfiado de los chicos que hacían cola para subir al barco vikingo. El plazo de presentación terminaba a las 14 h. pero a eso de la una me di por satisfecho y me dispuse a seleccionar las imágenes que iba a presentar, con la mala pata (o buena, como enseguida se verá) de que borré por equivocación más fotografías de la cuenta. De modo que tuve que regresar y tomar dos o tres fotografías más. Lo asombroso del asunto es que entre esas pocas imágenes, tomadas a última hora y de mal talante, me estaba esperando la que me valdría el primer premio del Maratón. Esto lo supe el martes por la mañana, cuando recibí el e-mail de Santiago Sevilla, presidente de AFA, con el acta del jurado, y más tarde su amable llamada de felicitación. ¿Qué puedo decir? Ha sido una alegría enorme sentirse fotógrafo por un día (un fotógrafo que NO hace belenes), y por supuesto seguiré dedicado a la caza furtiva de imágenes. Las imágenes, igual que las buenas historias, están esperándonos ahí fuera. Sólo hay que mantener bien abiertos los ojos para encontrarlas. Mil gracias a la gente de AFA y al jurado. Probaremos suerte otra vez el año que viene.

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(Añado una selección de las fotos que hice esa mañana).

Fotografía ganadora (1er premio)

 

 

Jueves, 14 de septiembre de 2006

"Las ferias de la memoria"

(Hace algunos años escribí este artículo, que ha sido publicado un par de veces. Dadas las fechas que corren, creo que no está de más volverlo a recuperar para este blog.)

Cada año por estas fechas me vuelvo un cascarrabias insoportable. Supongo que la inminente vuelta al trabajo tiene parte de culpa, pero he descubierto que el factor que desencadena mi transformación es la proximidad de la Feria. Las aglomeraciones, el estruendo, los altavoces gigantescos aullando los éxitos del verano que agoniza, los feriantes de las tómbolas que vocean sus atroces premios (¿qué odioso monigote hará furor este año?), el saludo de Feria del señor alcalde —que se repite año tras año con mínimas variaciones, dejándonos en la duda de si el paso del tiempo no será en realidad una ilusión—, el olor a fritanga, la repugnante sensación de estar caminando sobre restos de crustáceos devorados y luego escupidos, los bocadillos de morcilla o de guarra (expeditivo nombre que aquí le damos a la chistorra), que siempre acaban pasando factura, los empachos de almendras garrapiñadas, esos váteres inmundos a los que se accede tras guardar colas kilométricas, la suciedad, la vulgaridad, los niños, que exigen con machacona insistencia un juguete en absoluto educativo, las hordas de adolescentes beodos que deambulan sin control, el olor acre de las berenjenas en vinagre asaltando nuestro olfato en mitad del Paseo y ese dolor insoportable en los pies, que parecen a punto de estallarnos dentro de los zapatos, todo eso es lo que nos aguarda un año más, tan cierto e ineludible como la liviandad de nuestros bolsillos al cabo de los diez días de festejos. Con todo, algunas veces comprendo que no siempre ha sido así, que ha habido otras ferias, o que al menos yo las he contemplado con ojos bien distintos. Esto suele ocurrirme cuando camino por el paseo con mi hijo de la mano, envueltos ambos en ese ambiente espeso de ruido y olores, entre esa multitud que a veces se nos antoja inverosímil en una ciudad de las modestas dimensiones de la nuestra. Entonces contemplo de soslayo los ojos del niño, redondos de asombro, y me doy cuenta de que su asombro también una vez fue el mío. 

Hubo otras ferias, sí. Algunas tan remotas que sólo hemos alcanzado a conocerlas por los relatos de nuestros padres. Aquellas ferias de las verbenas en Los Jardinillos y las familias endomingadas escuchando a la banda de música en el Círculo Interior (las señoras provistas de mantón, mantilla y abanico, los señores de bastón y sombrero, las señoritas de faldas huecas y bien almidonadas), ferias del carnero de tres cabezas y las apuestas en el ratonódromo y el caracolódromo, de los puestos de camarones («con barba y bigote, como los hombres») y las procaces vedettes del Teatro Chino. Ferias de la posguerra que hoy imaginamos en ajado blanco y negro, como las imágenes del NO-DO, ferias en las que la familia del pueblo acudía en tropel abarrotando la tartana, y se quedaba los diez días a mesa y mantel a cambio de tres gallinas y dos conejos, en las que mi tío Miguel vendía sus mulas en La Cuerda, con su garrota y su fajo de billetes bien atado con una goma.

Y después vienen las ferias de la infancia, ya vividas, pero así y todo teñidas de irrealidad, casi oníricas. Recuerdo que el Ayuntamiento cortaba al tráfico la Calle de la Feria, donde todavía estaba la casa de mis abuelos, y mis primos y yo la tomábamos al asalto, a petardazo limpio, como buenos filibusteros, con la felicidad renovada de haber reconquistado un territorio que nos pertenecía por derecho. Por entonces la Feria tenía mucho de exhibición de fenómenos, como esas ferias ambulantes de los relatos de Ray Bradbury. ¿Se acuerdan de las inmensas hermanas Colombinas? ¿Y de aquellas enanitas que no superaban los sesenta centímetros de altura? También hacían furor el Empastre y el Bombero-Torero. ¿Y qué me dicen de los falsos prodigios por los que tan alegremente nos dejábamos embaucar? La mujer-serpiente, que a veces, con una ligera variación en la puesta en escena, se convertía en la mujer sin cuerpo, el hombre que se transformaba en gorila a la vista del público, y el escalofriante Monstruo de Guatemala, cuya asiduidad en nuestra feria era de tal que debió ser recompensada con el título de hijo adoptivo de la Villa. La megafonía proclamaba que se trataba de una criatura extraordinaria hallada en una grieta tras el célebre terremoto, pero lo cierto es que tenía el cuerpecillo de un mono de peluche, y que su cara mostraba un parecido notable con el del tipo granujiento que acababa de vendernos las entradas en la taquilla. También estaban las catacumbas, el látigo y los coches de choque, gracias a los cuales muchos comprobamos por primera vez los efectos de la adrenalina, y aquel tan borgiano laberinto de los espejos, y el bocadillo de jamón que nuestros padres nos compraban para cenar, cuyo sabor era, sin lugar a dudas, el más delicioso del mundo.

Las imágenes se vuelven más nítidas al alcanzar las inmediaciones de la adolescencia y de la primera juventud, cuando ya contábamos con un salvoconducto en el bolsillo en forma de billetes de banco, y abordábamos la noche con la sensación de que no iba a acabarse nunca. Estas eran las ferias del rock and roll y la intoxicación etílica. Recuerdo bien los conciertos de Leño y de Topo, de Asfalto y Barón Rojo, y, algunos años después, un memorable concierto de Los Enemigos en Los Ejidos que llenó la noche de ruido y de furia. Y un no menos memorable concierto de Los Buenos, creo que el mismo año (qué bien tocaste el bajo, Fernando, muchachote). Cómo olvidar las ingestas masivas de alcohol en el MC, entre pósters del Che y banderas republicanas, con aquel pesado del PC marxista-leninista empeñado en convencernos de que en Albania se vivía mejor. Y aquella vez que nos compramos entre todos una caja de preservativos y nos la repartimos, por si acaso.

Hubo sin duda otras muchas ferias, cuyos fantasmas se han ido sedimentando año tras año en ese paseo que dentro de unos días volveremos a surcar con la escrupulosa observancia de los ritos o de los sacramentos. No teman practicar esta suerte de arqueología mental en la que yo he incurrido hoy, aunque caigan con ello en las manifestaciones más deplorables de la nostalgia, pues pocos recuerdos hay tan arraigados en nuestra memoria colectiva como los de la Feria para esta ciudad. Son las experiencias compartidas como ésta las que conforman nuestra identidad común, las que todos atesoramos, junto con los recuerdos más queridos, en un lugar privilegiado de nuestra memoria. Así pues, a despecho del cascarrabias en que me he convertido, bienvenida sea la Feria un año más.  

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Lunes, 18 de septiembre de 2006

Sarah Waters

No sé si a ustedes les pasará lo mismo, pero yo siento vértigo cada vez que me asomo a una librería y recorro con la vista sus anaqueles. Miles y miles de libros que no he leído y que nunca leeré me observan ceñudos desde las estanterías. Me consuelo con la idea de que no hay motivos para la angustia, pues la mayoría de esos libros no merecen la pena y, por tanto, no es gran cosa lo que me estoy perdiendo. Pero siempre oigo esa vocecilla interior, ese Pepito Grillo del demonio, que me interpela del siguiente modo: "¿Y qué me dices de todos los tesoros que nunca conocerás?". Tengo un amigo que sólo consiente en leer a los clásicos, pues afirma que no hay mejores filtros que el tiempo y la tradición para separar el trigo de la paja. En mi caso, ay, tampoco con los clásicos tengo la conciencia tranquila. Nunca leí a Tolstoi ni a Dostoievski. Jamás terminé libro alguno de Balzac ni de Stendhal. A Dickens lo conozco mayormente por el cine. A Goethe ni me lo nombren. Sigo casi pez en Faulkner y Steinbeck. "La montaña mágica" la abandoné a mucha distancia de la cumbre. En cuanto a la literatura grecolatina, apenas he pasado de los trágicos, y eso porque aquellos tipos poseían la virtud de la brevedad a la hora de escribir sus obras inmortales. Cada vez que entro en una biblioteca me siento aplastado bajo esas toneladas de libros imprescindibles jamás leídos, y el analfabeto que habita dentro de mí se agita y gruñe de gusto al notar mi frustración. Pero lo de las librerías es distinto. Aquí entran en juego factores quizás más irracionales que la dolorosa conciencia de mis lagunas como lector. La atracción de la novedad, el reclamo de la faja roja, la impronta de una reseña elogiosa, la brillantez de las portadas... El márketing... El consumo... Y uno mismo con sus limitaciones, en especial la de ser desesperadamente vulnerable a todos esos libros que brillan como juguetes nuevos, que vienen envueltos en glamurosas cuatricromías y que se anuncian a toda página en las revistas del ramo (y a menudo también en las que no lo son). Esos cientos de títulos que abarrotan las mesas de novedades (al menos durante un par de semanas), esos títulos que ejercen sobre el indefenso y sugestionable lector un efecto magnético, como de canto de sirena o chica guapa en bikini, esos títulos que leerán otros para restregárnoslo después, y a los que tal vez nunca hincaremos el diente, porque carecemos de tiempo o de dinero o de ambas cosas. La eterna agonía del consumidor de letra impresa. Esa maldición. Ya saben.

Por suerte, hay veces en que alguna feliz conjunción de factores nos permite levantar momentáneamente la cabeza, pequeños parches para sobrellevar nuestras frustraciones con cierta dignidad. A veces la suerte o el azar nos ponen delante a un autor maravilloso del que nada sabíamos, y además eso ocurre en el momento adecuado, cuando contamos con tiempo y con ganas de zambullirnos en su mundo literario. A mí me ha pasado este verano con la autora galesa Sarah Waters. De sus novelas se ha dicho que son las que escribirían las hermanas Brontë de haber vivido la revolución sexual en el "swinging London" de los 60 y los 70. Y es cierto que, desde las primeras páginas, uno tiene la sensación de estar leyendo a una autora victoriana, aunque subida de tono. Pero las novelas de Sarah Waters son mucho más que un pastiche de época. Prodigiosa es su recreación de la Inglaterra de la segunda mitad del XIX. Magnífico su dominio de la trama, que nos va envolviendo en una red de la que no queremos ni podemos librarnos.  Brillante el lenguaje y el estilo. Evocadores esos ecos de literatura de género (el terror, el gótico, el fantástico, la novela policial, el erotismo...). Pero, por encima de todo, magníficos sus retratos de personajes femeninos. Hondos, contradictorios, desesperadamente humanos.

"Falsa identidad" (Fingersmith) es el título de las novelas que he leído. El libro arranca como una historia de pícaros y delincuentes en el East End, muy al estilo de Oliver Twist. Poco después creemos habernos sumergido en una novela de Charlotte Brontë, con mansiones y misterios, y personajes que ocultan oscuros secretos. Después vivimos una arrebatada historia de amor lésbico. Luego un relato de aventuras e infortunios. Y después la novela es todo eso y muchas cosas más. Una narración que cambia y se renueva en cada capítulo, que entretiene de un modo extraordinario y que, página tras página, plantea nuevos desafíos para el lector exigente. Uno de esos libros que uno no querría acabar nunca.

La historia de "Afinidad" es más sencilla, pero sólo en apariencia. La trama desarrolla la pasión que la visitadora de una cárcel de mujeres siente por una de las presas. La primera es una joven dama de la alta sociedad londinense, una mujer atormentada por la pérdida de su padre, de quien dependía intelectual y afectivamente, y por la traición de una amiga con la que ha mantenido una relación amorosa. La reclusa de la que se enamora es una hermosa muchacha que ejercía como médium, y que ha acabado entre rejas por un turbio asunto cuya naturaleza real se nos revela poco a poco. La historia se cuenta en clave intimista y lineal a través del diario de la dama (Margaret Prior), aunque se nos ofrecen también algunos retazos del pasado en las páginas del diario de la joven espiritista (Selina Dawes). A pesar de la narración detallada y polifónica, durante todo el transcurro de la historia tenemos la impresión de que algo se nos escapa, algo oscuro y terrible que parece acechar bajo las revelaciones de las dos protagonistas. La novela nos cautiva por su tersura y su delicadeza, pero no podemos evitar sentirnos amenazados por los fantasmas que adivinamos al final del camino. Tan sólo podemos ver su sombra, pero nos basta para saber que están allí. Una historia de una inmensa fuerza trágica disfrazada de novela sentimental. Un lobo con piel de cordero.

Sarah Waters es una poderosa narradora, no tanto por el tema central de su obra (el amor entre mujeres) sino por el modo originalísimo en que lo aborda. La autora no se conforma con tratar un asunto de moda desde una perspectiva contemporánea (la literatura de consumo y las comedias televisivas ya se han encargado de hacerlo). Waters nos traslada a otra época en que la condición de homosexual o lesbiana equivalía la muerte social (y muchas veces también a la cárcel), por tanto, había de vivirse en la clandestinidad más absoluta. Esta amenaza añade fuerza y dimensión trágica a sus historias. Al mismo tiempo, la autora posee la capacidad de ramificar sus tramas hasta hacer de ellas auténticos laberintos, perfectos mecanismos de relojería. Mientras tanto, nos deja oír la suave música de un modo de narrar que creíamos perdido para siempre.

La crítica a menudo encuadra a Sarah Waters dentro de la narrativa homosexual, y no dudo que haya motivos para ello (la propia autora lo fomenta con su compromiso vital y político). Sin embargo, más allá de catalogaciones, Waters es un exquisito regalo para cualquier lector que ame el arte de narrar, tanto en su presente como en su tradición.

Además (y que esto quede entre nosotros) es la novelista que a muchos escritores nos gustaría llegar a ser.

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