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Los fantasmas de Edimburgo (6/8/2006)

Un encuentro en el parque (7/8/2006)

 

AGOSTO 2006

Domingo, 6 de agosto de 2006

Los fantasmas de Edimburgo

Repasando las anotaciones anteriores acabo de darme cuenta de que no he escrito una sola línea para esta sección desde el mes de abril, y eso que prometí añadir algo todos los meses. Me temo que mi propósito ha resultado tan endeble como el de esos chicos que suspenden varias asignaturas y les prometen a sus padres esforzarse mucho más en lo sucesivo.

En fin, al menos quiero pasar por aquí para dejar constancia de que sigo existiendo, aunque en un estado plenamente estival, es decir, algo perezoso, amodorrado y hasta cierto punto vegetativo. Mis proyectos literarios, en cambio, han seguido adelante. Ya he hablado alguna vez de esa novela extensa (y espero que también intensa) que me ocupa desde hace casi tres años. Me refiero a "Los fantasmas de Edimburgo". Si el día que escribí la primera línea de este libro, allá en las Navidades del 2003, me hubieran advertido de que tenía por delante trabajo para varios años, estoy casi seguro de que la novela nunca habría pasado de la primera página. Antes los escritores estaban hechos de otra madera. Aquellos maestros del XIX eran capaces de urdir historias que abarcaban toda una vida a lo largo de muchos cientos de páginas. Y lo hacían sin despeinarse. También yo ambicionaba escribir un libro de esas proporciones, un libro que empezara "nací en tal y cual sitio en el año nosecuántos", y continuara hasta el presente desplegando historia tras historia, incidente tras incidente, a lo largo de muchos años y varios cientos de páginas. Me habría gustado que mi novela tuviera un arranque parecido al de David Copperfield, cuando el protagonista dice aquello de "Si resulto ser yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, estas páginas lo dirán. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente." En mi insolencia de escritor primerizo, quería escribir una novela al modo de Dickens, en la que fuera posible escuchar el rumor del paso del tiempo, en la que pudiera dejar constancia de cómo el protagonista crece y madura, de cómo se desarrolla a lo largo de los años, desde los borrosos parajes de la infancia hasta el nítido (aunque con frecuencia confuso) tiempo presente. Quería escribir una novela que fuese como un río (la comparación, aunque manida, sigue resultando útil), remontarme hasta las fuentes y descender todo el curso de la corriente describiendo todo lo que viera por el camino.

Si uno se para a pensarlo, la mayoría de las novelas que se publican ahora son más bien breves, tanto en su extensión como en la duración de las peripecias que narran. Es como si el ritmo frenético de la vida moderna se hubiera adueñado también de la narrativa, y relatos más ambiciosos en sus planteamientos suelen encontrar cierta resistencia en los lectores, reacios tal vez a embarcarse en en lectura de gruesos volúmenes que necesitarán semanas para poder terminar. Por otro lado, la mayoría de los lectores prefieren historias narradas con "agilidad", lo que en la terminología del lector impaciente viene a significar lo mismo que "rapidez", relatos en los que los hechos se sucedan de un modo vertiginoso, y una página conduzca a la siguiente sin darnos tiempo para recobrar el resuello.  Frente a esto, los maestros del XIX nos enseñan que es la buena literatura la que se impone a la vida, y no al contrario. Una narración que merezca la pena ha de tomarse su tiempo, detenerse cuanto sea necesario, observar de cerca, analizar, desmenuzar, mostrar la complejidad del mundo y de los seres humanos, dejarles tiempo a los lectores para extraer sus propias conclusiones. Naturalmente, las buenas historias deben saber galopar, pero sólo cuando la acción lo requiera, y no únicamente para evitar que los lectores se aburran. Éste era el tipo de novela que yo, en mi ingenuidad de hace tres años, pretendía escribir. No sabía si estaba preparado para embarcarme en un proyecto así. Sin embargo, pensé que sólo había un modo de comprobarlo. Lo que no sospechaba era la cantidad de crisis de inseguridad, de callejones sin salida, de momentos de desánimo y de tropiezos que me aguardaban en el camino.

Una novela en proceso de escritura es una cosa viva. El proyecto puede sufrir tantos avatares y cambios como su autor, quien probablemente modificará el planteamiento de su obra varias veces a lo largo del proceso de escritura. Retrocederá, corregirá, suprimirá personajes y añadirá otros, introducirá constantes cambios argumentales, todo ello con el propósito de las piezas encajen entre sí de modo que al final la obra se parezca a lo que tenía previsto y transmita algunas de esas cosas que había planeado. El problema con una novela tan extensa es que este proceso puede parecerse mucho a un endiablado número de malabarismo. Es difícil mantener en equilibrio todas esas piezas, pero un despiste puede provocar que el número se malogre. Demasiada tensión para un esfuerzo que va a durar varios años. De hecho, después de casi tres años y 650 páginas después no estoy muy seguro de que haya merecido la pena. Pero lo cierto es que ya tengo un primer borrador de "Los fantasmas de Edimburgo", y que ver ese montón de folios encima de mi escritorio me hace sentirme feliz. A finales de junio redacté la última página de mi libro, y desde entonces trato de pulir y retocar para que el libro se parezca lo más posible a la idea que tenía al principio. Sin embargo, si les soy sincero, a estas alturas ya no estoy muy seguro de cómo era exactamente aquella idea. La novela ha ido creciendo y cambiando conmigo durante todo este tiempo. Si yo no soy el mismo que hace tres años, ¿cómo puedo pretender que mi libro lo sea?

Sé que hay escritores cuya técnica es mucho más depurada que la mía. Ellos toman notas exhaustivas, trazan esquemas, planean sus libros concienzudamente sobre el tablero de diseño antes de dar comienzo a la redacción. Me temo que mis hábitos vitales, que siempre han sido un tanto anárquicos, afectan también a mi escritura. A veces tomo algunas notas, pero trato de evitar que el libro quede cerrado desde el principio, pues para mí sería como si naciera muerto. Si eso perjudica la precisión o la consistencia de mis historias, o incluso su coherencia, es algo con lo que voy a tener que aprender a vivir. Cada sesión de escritura es distinta. Cada vez que entro en mi libro siento deseos de explorar y ver adónde conducen todas esas puertas cerradas y esos pasillos oscuros. Después habrá tiempo para corregir incoherencias y problemas estructurales. Mientras escribo, prefiero divertirme, o al menos no sufrir más de lo necesario.

Pero estoy divagando de nuevo.

Les contaba que en junio terminé el primer borrador y que estoy dedicando el verano a corregirlo. Confío en tener algo parecido a una versión definitiva en septiembre. Por lo menos estoy convencido de que en septiembre estaré tan harto de este libro que lo dejaré tal y como esté. Y luego, ¿quién sabe? El trabajo del escritor se caracteriza por su precariedad. Cuando un profesional emprende un nuevo proyecto se siente avalado por todo su trabajo anterior. El caso de los escritores es distinto. A un escritor lo ya hecho no le da seguridad, al contrario. Le hace temer más todavía un paso en falso en su carrera, de modo que cada novela se convierte en un salto al vacío. Es algo trágico, pero de una trágica grandeza, si me lo permiten. Pues bien, yo estoy a punto de dar un nuevo salto al vacío. En septiembre mandaré el manuscrito a mi agente y cruzaré los dedos con la esperanza de no recibir el paquete de vuelta con unas orejas de burro para mi uso personal. Pero eso será en septiembre. Aún es preciso trabajar un poco más. Corregir las haches. Las uves y las bes. Ya saben. Incluso explorar alguna habitación que todavía esté cerrada, algún que otro pasillo que aún siga a oscuras. Por cierto, hay tres amigos que me han ayudado a terminar esta novela. Quiero decir que han tenido la paciencia de leerme e iluminarme con sus ideas y sugerencias. El libro es también suyo, aunque la culpa de todo lo malo que encuentren en él será enteramente mía. Se llaman Juan Valero, José Carlos García y Miguel Pérez, el primero de ellos librero de pro, profesores de Literatura los otros dos. Para los tres mi inmensa gratitud. 

Descansen y pónganse a resguardo del sol, que es nefasto para la piel.

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Lunes, 7 de agosto de 2006

Un encuentro en el parque

Con un punto de vanidad comprensible en un escritor, no me resisto a contar una anécdota que me ocurrió el sábado pasado en el parque de Abelardo Sánchez de Albacete. Mi hijo disfrutaba de su nueva bicicleta y yo me entretenía con una grueso novela que acababa de empezar. Estaba sentado frente al templete de la música, un lugar que todos los albaceteños conocemos y frecuentamos desde la infancia, cuando un señor que andaba por allí con su hijo pequeño (que también disfrutaba de su bicicleta) se me acercó y me preguntó que si yo era yo, es decir, que si yo era Eloy Cebrián. Le respondí que sí pensando que tal vez sería el padre de algún alumno, pero él me aclaró que me conocía porque había asistido a una presentación que hice el año pasado. También me dijo que había leído mi colección de relatos "Las luciérnagas y 20 cuentos más" e hizo algunas apreciaciones muy agradables sobre el libro (que Dios se lo pague). Pero lo que motiva esta "anotación" es un comentario que realizó con respecto a uno de los relatos, concretamente el titulado "Un asunto de familia". El cuentecillo fue pensado como un juguete cómico, por lo que tiene tono de farsa y un final que pretende ser gracioso. Mi amigo, sin embargo, me dijo que en su opinión el relato ganaría muchísimo con un final triste. Pensé sobre el asunto y se me ocurrió que tal vez tuviera razón, y así se lo hice saber. Ahora estoy considerando la idea de reescribir el cuento con ese final triste que él sugirió.

Todo esto puede parecer trivial, y de hecho lo es. Pero para un escritor los encuentros como el que tuve el sábado representan algo muy valioso, tanto que resulta difícil de explicar. De repente nos damos cuenta de que el proceso que comenzó cuando imaginamos aquella historia acaba de cerrarse. Es como un 'clic' que pone todas las piezas en su sitio. Algo enormemente placentero. Pero esa sensación de plenitud no la tenemos al concluir la redacción del cuento, tampoco cuando logramos publicarlo, sino en este instante en que el lector se acerca para hablarnos de él. De repente todo ha merecido la pena. La tarea del escritor, con frecuencia penosa y monótona, cobra pleno sentido cuando comprendemos que aquella historia que un día inventamos en soledad ha encontrado un destinatario. Y no un destinatario pasivo, sino alguien que reacciona y proyecta su propia imaginación sobre nuestro trabajo. Cuando mi amigo Vicente (ése es el nombre de este lector encontrado por azar) leyó mi cuento y decidió que necesitaba un final distinto, el cuento comenzó a pertenecerle también a él. De un modo misterioso, Vicente y yo ya nos conocíamos aunque nunca hubiéramos hablado. Nos habíamos encontrado en el ámbito de ese relato que él y yo escribimos juntos, cada uno con un desenlace distinto. Creo que ninguna otra forma de comunicación posee el fascinante poder de la literatura para unir a las personas, incluso a personas que nunca se han encontrado en un sentido físico. Se trata tal vez de las única forma genuina de telepatía. Vicente me lo ha demostrado una vez más.

Me gustaría volver a ver a Vicente para darle a leer la nueva versión del cuento cuando esté lista. Y también para darle las gracias.

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