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Número 20 de "La Siesta del Lobo" (18/4/2006)

ABRIL 2006

Martes, 18 de abril de 2006

Número 20 de "La Siesta del Lobo"

Va pasando abril, ese mes que según Eliot es el más cruel, aunque nunca supimos el motivo de tanta crueldad, tal vez porque no entendimos gran cosa del poema, ni siquiera en edición anotada. En fin, que pasa abril y yo sin cumplir con mis dos citas prometidas con este blog. Suerte que uno tiene amigos, y que muchas veces son ellos quienes me dan la excusa para añadir unas líneas a estas anotaciones. Esta vez se trata de una buena noticia, la aparición del número 20 de la revista de creación albaceteña "La Siesta del Lobo". Son ya 10 años los que el escritor Arturo Tendero y el pintor Juanjo Jiménez llevan sacando adelante esta magnífica publicación, cuyo nivel técnico y artístico es tan excelente que podría medirse sin menoscabo con cualquier revista literaria de las que sobreviven en nuestro país (cada vez menos, por desgracia). Y a la virtud de la calidad es preciso añadir la de la constancia, pues muy pocos son las revistas de este tipo que alcanzan el decenio de vida, sin interrupciones y con la friolera de 20 números en la calle, amén de varias separatas y libros que convierten el proyecto de "La Siesta" en una editorial con todas las de la ley. Por mi propia experiencia, diría que dirigir una editorial en una ciudad como la nuestra es una empresa heroica. Si además esto se hace con un nivel de calidad, exigencia y buen gusto como el que Arturo y Juanjo han demostrado hasta la fecha, creo que la cosa es como para quitarse el sombrero.

Pero hablemos de la revista.

Una de las características de "La Siesta del Lobo" desde sus orígenes ha sido la de dedicar cada número en un tema monográfico. Así de pronto, recuerdo "El río Júcar", "Demonios cotidianos", "Los siete mares", "Chatarra", "Nocturnos" o "Nuestros lugares míticos". Fue en el número 3 ("Demonios cotidianos", invierno 1998) cuando tuvo lugar mi primera colaboración con la revista de Arturo y Juanjo. Recuerdo muy bien la ocasión porque para mí no fue una colaboración cualquiera, sino la primera vez en que veía un trabajo literario mío en letra de imprenta. Así pues, fue gracias a "La Siesta" y a estos dos amigos como se materializó mi debut en las letras. Han transcurrido 9 años y esta colaboración ha fructificado en otros seis números de la revista, según constato en el útil y elaborado índice de autores que, a modo de resumen y colofón, se ha incluido en este último número. Muchos de mis relatos han sido escritos como respuesta a estas solicitudes de colaboración, lo que quiere decir que mi vínculo personal con "La Siesta" va mucho más allá de lo afectivo. La revista de Arturo y Juanjo, como todas las grandes revistas literarias, constituye un acicate para la creación, pues ofrece la posibilidad de difundir trabajos que de otro modo tal vez no verían la luz. En torno a la mitad de mis cuentos existen porque ellos me dieron un motivo para escribirlos. Qué menos que expresarles desde aquí mi gratitud.

El título de este último número es "Los lugares míticos de nuestros amigos", y viene a ser una continuación del número 18 ("Nuestros lugares míticos", primavera de 2004), en el que Arturo y Juanjo, en un soberbio mano a mano, hacían un recorrido sentimental por esos sitios especiales a los que uno regresa una y otra vez con el recuerdo. Ahora han querido brindarnos a algunos de sus amigos la oportunidad de emprender también un viaje, que a veces es en el tiempo y otras en el espacio, pero que en realidad es siempre hacia el interior de uno mismo. Como casi siempre me ocurre cuando le doy rienda suelta a la nostalgia, mi viaje personal me ha llevado otra vez a la casa de mis abuelos, la misma casa que aparece en mi relato "El juego" o en la novela "Bajo la fría luz de octubre". Esta vez he vuelto a una habitación muy especial de la casa de mi infancia, el trastero que mis tías llamaban "el cuarto de las brujas" con la ingenua pretensión de darnos miedo a mi hermano y a mí para que no entráramos a enredar. Naturalmente, el resultado fue siempre el opuesto al que ellas esperaban.

EL CUARTO DE LAS BRUJAS

Eloy M. Cebrián

 Estaba al fondo de la casa de mis abuelos (de la casa profunda, como diría Cortázar). Había que cruzar el vestíbulo y el salón, y un alto pasillo con media docena de puertas que conducían a las alcobas. Luego, la luminosa cocina y un lavadero. Llegar allí era como regresar a casa tras un largo viaje.

Buena parte de mi infancia (tal vez la mejor parte) transcurrió en el Cuarto de las Brujas. Si entorno los ojos, puedo verme explorando las estanterías donde se guardaban los viejos muestrarios de mi abuelo: calcetines Molfort’s según la moda de varias décadas, colonias Dana guardadas en preciosos estuches color burdeos, con la imagen (para mí perturbadora) de una pareja fundida en un abrazo, carteles de Profidén adornados con sonrisas antiguas, como las de los artistas de cine. También un baúl lleno de ropa vieja que mi hermano y yo usábamos para disfrazarnos. Y una ventana ante la que siempre flotaba un enjambre de motas de polvo que el sol hacía brillar como joyas diminutas.

El Cuarto de las Brujas era un almacén de tiempo condensado, objetos y recuerdos depositado a lo largo de los años como estratos de aluvión. Pero también era un depósito de esa sustancia que sólo conocemos en las etapas más tempranas de la vida, la materia tenue y fragante de la que está hecha la felicidad. Es más, a veces pienso que esta extraña vida de adulto no puede ser real, tan sólo el mal sueño de un niño que se quedó dormido sobre el suelo, en el Cuarto de las Brujas.

Dicho queda. Mi gratitud para Arturo y Juanjo por brindarme una vez más la oportunidad de decirlo. Y que sean al menos otras 20 las "Siestas" que nos queden por echar juntos.

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