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Excusas, excusas, excusas (27/2/2006)

FEBRERO 2006

Lunes, 27 de febrero de 2006

Excusas, excusas, excusas

Esta misma mañana, en el transcurso del aperitivo, cierto amigo me reprochaba el estado de abandono que presenta este blog en las últimas semanas. Yo me he excusado suplicándole que se haga cargo, que uno tiene que escribir su obra literaria, y que la obra literaria de uno es su proyecto vital y su legado para la posteridad, por lo que ha de ocupar un lugar privilegiado en la escala de las prioridades personales, en todo caso, muy por delante de este blog. "Y por cierto —he seguido diciéndole a mi amigo entre sorbo y sorbo de mi caña—, ¿no piensas que blog es una palabra feísima? Suena como esos pedos que uno se tira en la bañera." Mi amigo ha enrojecido levemente y luego me ha dicho que la comparación le parecía una guarrada, que no le cambie de asunto y que lo mío no son más que excusas y más excusas. Con gesto contrito, no he tenido más remedio que darle la razón. No es de recibo empezar a escribir un blog para luego olvidarse de él. Y la pura verdad es que mis últimas anotaciones se referían a la nevada que hubo a finales de enero, y desde entonces ya ha pasado un mes entero y han caído otras nevadas. Así pues, el comentario de mi amigo ha supuesto un serio aldabonazo a mi conciencia y aquí me tienen otra vez. Y cuando digo "aquí me tienen" quiero suponer que alguien (además de mi amigo) está leyendo estas líneas, una suposición que tiene su punto de riesgo, toda vez que esta moda de los blogs ha proliferado en la red de un modo vertiginoso, y uno empieza a temerse que los únicos lectores de estas notas (además de quien suscribe) sean dos o tres amigos bienintencionados, que sacrifican su tiempo para satisfacer la vanidad de los que, como yo, nos denominamos escritores, siendo así que los escritores suelen escribir para que alguien los lea, y que aquel que se llama escritor y esconde lo que escribe es, una de dos, un onanista o un idiota. Pero no quiero desviarme del tema central, que es mi pereza a la hora de añadirle anotaciones a este blog. Mea culpa. Si bien algo de verdad había en mi coartada, pues en los últimos tiempos le he dado un vigoroso empujón a Los fantasmas de Edimburgo, esa novela tan larga que empiezo a tener la tentación de llevar toda la vida escribiéndola. Hay muchos escritores que prefieren no mostrar su trabajo hasta que lo dan por acabado. No es mi caso. A mí no me importa dar a leer libros que todavía están a medio. Es más, en el caso de Los fantasmas de Edimburgo siento la imperiosa necesidad de hacerlo. Esta novela, en la que ya llevo trabajando unos tres años, comienza a producirme cierta claustrofobia. Desde hace un tiempo tengo la sensación de que necesito airear un poco mi libro, porque de otro modo corro el riesgo de acabar sintiéndome un prisionero dentro de él, lo que se me antoja una auténtica pesadilla (sobre este asunto, les remito a mi relato La Torre, que desarrolla este tema del prisionero en forma de cuento fantástico). No conozco otro modo de airear un libro que darlo a leer, y por ello he recabado una vez más la colaboración  de dos bondadosas personas, buenos amigos donde los haya, dispuestos a sacrificarse por la causa de mi novela. El proyecto de este libro consta de tres partes, que de forma provisional he titulado "Infancia y poluciones" (un homenaje al maestro Martínez Sarrión), "Manual de Escalada" y "Los fantasmas de Edimburgo". Poco antes de Navidad di por concluida la segunda parte, y entonces procedí a imprimir los 450 folios escritos hasta entonces. Aquel montón de papel, además de liquidar todo el tóner de mi impresora, tuvo la virtud de hacerme sentir cierto optimismo con respecto al futuro de este libro. Me refiero a la posibilidad de llegar a terminarlo algún día. Porque, vamos a ver, ¿quién con dos dedos de frente escribiría 450 folios para luego dejar la novela inacabada? No es mi caso, desde luego, ya que me tengo por una persona práctica y, por lo tanto, soy partidario de no dilapidar esfuerzos. Y hablando de esfuerzos, deberían haber visto la cara de mi primera víctima cuando le entregué la carpeta que contenía los dos primeros tercios de mi novela, y comprendió que su precipitada oferta de ayuda lo obligaba a leerse un libro que, a pesar de su exagerada extensión, no era más que un borrador inacabado, y que tendría además que informar sobre sus progresos a un autor angustiado por el incierto resultado de su obra y ansioso por recibir algún tipo de comentario (feedback, que dicen los anglosajones), a ser posible elogioso. La cuestión es que mi amigo cumplió como un hombrecito y se metió mi novela inacabada entre pecho y espalda, y luego me hizo algunas valiosas observaciones que sin duda me ayudarán a mejorar el libro, pero, sobre todo, me animarán a terminarlo. Aún no he dicho que mi amigo no es otro que Juan Valero, a quien muchos habréis comprado libros en la Librería Popular de Albacete. Juan es un librero notable en la medida en que lee casi tanto como vende. Y no desvelo ningún secreto al calificarlo como un tipo de lo más majo y cordial, tan excelente en su faceta de ser humano como en la de librero, que ya es decir. Y ahora, tras solicitarles una ovación para Juan Valero, les adelanto que hace unas tres semanas ya que puse el grueso manuscrito en manos de otro amigo, cuyo nombre, sin embargo, todavía no mencionaré, omisión que obedece al hecho de que este otro amigo no parece tener mucha prisa por leerse mi kilo y medio de novela inconclusa, aunque yo estimo que debería estar devorando mis páginas incluso a costa de sus horas de sueño. Por todo esto, no sería raro que nuestra amistad sufriera algunos vaivenes en el futuro. Compañero (sí, a ti te digo) más vale que te des por aludido y comiences a hacer los deberes, o recibirás tanto plomo desde este blog como elogios ha recibido mi gran amigo Juan Valero. Y sabes que no amenazo en vano. Pero, volviendo a mi novela, diré que he enfilado la tercera parte con brío y con la moral muy alta, y que prometo terminarla para este verano, exactamente lo mismo que dice cierto albañil (a quien Dios confunda) que tiene todavía un importante trabajo pendiente. Y, puestos a prometer, también estoy dispuesto a hacer promesas con respecto a este blog. Prometo añadirle al menos dos notas cada mes, aunque sean tan superfluas e incoherentes como ésta que dos o tres de ustedes, en un ejercicio de paciencia y grandeza de espíritu, están a punto de concluir. Mañana mismo comenzaré a dejar por aquí algunos comentarios sobre mis últimas lecturas, un recurso siempre práctico, teniendo en cuenta que a uno casi nunca le pasa nada que merezca la pena contar. Prometo también dejarme caer por esta web con alguna frecuencia, pasar la escoba y el plumero, sacudir las alfombras y abrir las ventanas de par en par para que se ventile el interior. De ese modo trataré de dejar sin argumentos a ese otro amigo que, hoy mismo, durante el transcurso de unas apacibles cañas, me acusó de haber incurrido en la incuria y la pereza. Sí, ese miserable.

Con Dios.

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