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Bajo la fría luz de octubre en la librería Rayuela de Málaga (11/1/2006)

Nieve (28/1/2006)

ENERO 2006

Miércoles, 11 de enero de 2006

"Bajo la fría luz de octubre" en la librería Rayuela de Málaga

Me escribe Carmen Niño desde la librería "Rayuela" de Málaga, donde se reúne una tertulia de libreros, profesores y bibliotecarios interesados en el libro infantil y juvenil. Parece que estos amigos han tenido la deferencia de escoger mi novela Bajo la fría luz de octubre como tema para una próxima tertulia, por lo que Carmen me pide algunos comentarios sobre el libro, comentarios que, con mucho gusto, le envío. Me ha parecido adecuado aprovechar para ello que escribí para la presentación de la novela, que tuvo lugar hace más de dos años, aunque introduciéndolo con algunas aclaraciones que considero necesarias. Ese es el texto que reproduzco a continuación por si a algún lector de mi libro le resulta interesante. Gracias a Carmen y a los participantes en la tertulia de la librería "Rayuela" que, por cierto, ha sido distinguida con el Premio Josep María Boixareu a la mejor labor librera de 2005 en el fomento de la lectura y del libro. Mi enhorabuena.

Lo que sigue es el texto que leí en la presentación de “Bajo la fría luz de octubre”, que tuvo lugar en la Biblioteca Pública de Albacete el 12 de diciembre del 2003. En el primer párrafo menciono lo peculiar de poder presentar un libro en presencia de sus protagonistas. Ya habréis notado que se trata de una crónica novelada de mi historia familiar, por lo que algunos de los personajes supervivientes tuvieron la ocasión (curiosa ocasión, creo) de participar en la puesta de largo de una obra que recoge episodios de su propia vida. Allí estaban mi padre (Gabriel), mi tío Paco, mi tía Angelita y, por supuesto, Maruja, la hermana mayor de mi padre, voz narradora y protagonista indiscutible de la novela. El acto fue muy emocionante para todos los Cebrián que participamos en él, pero especialmente para mi tía, la mayor de los hermanos y, por lo tanto, la que tenía recuerdos más nítidos de aquellos años terribles, recuerdos de los que yo me valí para escribir mi novela. “Bajo la fría luz de octubre” es, entre otras cosas, uno homenaje a mi abuelo Eloy Cebrián y a quienes como él lucharon por un país más próspero, justo y moderno, y sufrieron por ello la terrible represión de la dictadura. Siempre he pensado que les debemos mucho por su sacrificio, y este libro es mi modesta contribución para saldar esa deuda. Mi tía sentía que con este libro se hacía algo de justicia a la memoria de su padre, al cabo de muchos años de vergüenza y de silencio. Para mí, es sin duda el libro más satisfactorio y personal de cuantos he escrito. Lo que ninguno podíamos imaginar esa tarde de diciembre era que, un par de semanas después, la noche del día 30, perderíamos a mi tía Maruja por culpa de un infarto fulminante. Han pasado más de dos años y la seguimos echando de menos. Sin embargo, me consuela el hecho de que ella llegara a tener el libro en las manos y tuviera tiempo de leerlo y de darle su aprobación. Desde que el libro se publicó he tenido la oportunidad de comentarlo con muchos lectores, tanto adolescentes como adultos. También con muchas personas mayores para los que la guerra civil no es un eco lejano, sino una parte de su propia memoria. Estos encuentros han dado lugar a muchas historias, algunas cómicas, otras muy tristes, todas ellas inolvidables. Con el tiempo, creo que merecerá la pena poner algunas de estas historias por escrito. Y ahora quiero agradeceros la gentileza de haber elegido mi novela para vuestra tertulia literaria. Espero que hayáis encontrado en ella algunas cosas interesantes, algún motivo para la reflexión y, por supuesto, algún rato entretenido, que es lo menos que debemos pedirle a cualquier libro. Espero que nos encontremos algún día, en la vida o en los libros. Y aquí va, por fin, el texto de la presentación:

“Es una rara ocasión la de poder presentar una novela, cuya naturaleza es ser una obra de ficción, en presencia de algunos de sus personajes. Uno siente un poco de vértigo, una curiosa sensación de irrealidad, al comprobar cómo la ficción y la realidad se entrecruzan a veces, tal y como está ocurriendo aquí esta tarde y en estos momentos. De todos modos, no es resulta tan sorprendente que así ocurra si les digo que esta novela, “Bajo la fría luz de octubre” está basada en hechos y personajes reales.

Dicho esto, quizá lo que sí sorprenda al lector sea que el arranque de la obra parezca más propio de la literatura fantástica. La niña protagonista cuenta que su abuela, a la que acaban de enterrar, sigue haciendo ganchillo en su habitación al fondo de la casa, y que puede hablar con ella igual que cuando estaba viva. Por cierto que algunos familiares han llamado a mi tía Maruja Cebrián (que es la persona real sobre la que he construido el personaje de la narradora) para preguntarle si realmente veía a su abuela de pequeña. Ella les ha dicho que sí, que era la pura verdad, aunque ha olvidado mencionar que su abuela María en realidad no había muerto por aquella época, sino que gozaba de buena salud y vivía en Cartagena. Así pues, ya ven que me cabe el dudoso honor de haber asesinado a mi propia bisabuela María, aunque sea solamente en la ficción de mi novela. Pero ¿por qué irrumpe esta fantasmagórica abuela en un relato que tiene un claro tono realista? Verán. Soy de la opinión que en una obra literaria, cada pieza, cada episodio y personaje, ha de servir a un propósito. Para que el engranaje de la novela funcione sin chirridos, no debe haber partes superfluas, y creo tampoco ésta lo es, pues esta pincelada fantástica recurrente a lo largo de la obra me sirve para advertir al lector de que el libro que está leyendo pertenece al ámbito de la ficción, que no se trata de una crónica ni un libro de memorias (y mucho menos de un libro de historia), sino pura y simplemente de una novela.

Y una vez sentada esta premisa, puedo permitirme el lujo de saltar a mi antojo entre lo real y lo imaginario. Porque es precisamente en este territorio que se extiende entre la realidad y la imaginación, ese país vastísimo y siempre por explorar, donde a mi entender ocurren todas las buenas historias. Esto, claro, es esta una opción personal, pero lo cierto es que no me siento cómodo (ni como lector ni como escritor) con relatos que son completamente ajenos al mundo y las personas reales. De modo paralelo, tampoco disfruto leyendo ni contando historias que pretenden reflejar la realidad de modo prosaico, sin buscar sus facetas mágicas y sorprendentes, sin hacerla pasar previamente por el tamiz de la imaginación y del lenguaje literario. Es en la posibilidad de mostrar el reverso misterioso de las cosas cotidianas donde reside el asombro que nos produce la buena literatura.

Pero vamos a bajar un poco al suelo. Me gustaría contarles ahora cómo se gestó “Bajo la fría luz de octubre”. Todo empezó hace unos tres años, con un proyecto de la Diputación, un libro titulado “Yo, Albacete”. Algunos autores locales recibimos la invitación de escribir un artículo, relato o reflexión sobre esta ciudad de nuestra entretelas. A mí se me ocurrió centrar mi colaboración en el acontecimiento que más profundamente ha marcado la historia moderna de nuestra capital (aparte del ascenso del Albacete Balompié a primera división). De modo que decidí relatar la historia de mi propia familia durante la guerra civil. Seguramente, al elegir este tema, tenía muy presentes todas alusiones a episodios de la guerra que llevo oyendo desde pequeño (la semana fascista, la llegada de los brigadistas, los bombardeos, la detención y juicio de mi abuelo, el exilio en México de mi tío Arturo). Eran alusiones que no solían fraguar en un relato completo, porque casi siempre se interrumpían con un gesto de tristeza. Y es lógico que así fuera, porque para una familia republicana que ha sufrido la cárcel y la represión, el silencio acaba por convertirse en una forma de supervivencia. Bien, yo me atreví a intentar romper ese silencio y, pertrechado de grabadora y libreta de notas, me presenté en casa de mi tía Maruja Cebrián, que es la mayor de los hermanos de mi padre, y la que conserva por tanto recuerdos más vívidos de aquellos años. Pensé que sería difícil para ella, pero al final se convirtió en una especie de terapia. Porque, tan pronto como la cinta empezó a girar, mi tía rebobinó su memoria y me obsequió con un auténtico río de historias de aquellos tiempos. Finalmente escribí el relato, que titulé “La guerra”. Pero conforme lo terminé empecé a notar la desazón de que con aquello no era suficiente, de que casi sin proponérmelo había me había embarcado en un proyecto mucho más amplio: una nueva novela. Y así ocurrió, con la salvedad de que este libro ha supuesto para mí algo distinto a las otras novelas que he escrito, algo más personal, un auténtico regreso a los orígenes. Lo cierto es que para escribir este libro he tenido que desenredar una auténtica madeja de recuerdos, y al hacerlo ha ido brotando poco a poco el aroma de otra época, la oportunidad de conocer mejor a los miembros de mi propia familia, a los que todavía están conmigo y a los que ya se han ido, la posibilidad de recorrer las calles de una ciudad que es la mía y a la vez ya no existe. En definitiva, si como dice el poeta Ángel González somos el resultado y la suma de todos los que nos precedieron, el último eslabón de una larguísima cadena, lo que he buscado con este libro es conocerme mejor a mí mismo.

La forma que decidí adoptar para mi novela fue la de una sucesión de recuerdos narrados en primera persona por la protagonista, Maruja , quien, desde un presente impreciso, rememora sus vivencias de aquellos años. Quería que mi novela ganara en complejidad conforme la narradora crecía, porque éste es precisamente el mecanismo de la memoria: nuestros recuerdos crecen al mismo ritmo que nosotros (mis recuerdos de los cinco años son, además de escasos, rudimentarios, porque corresponden a la percepción y la visión del mundo de un niño de 5 años). La guerra y sus acontecimientos más dramáticos aparecen en la historia, por supuesto, pero no como núcleo del relato, sino como fondo de la acción principal, que es lo que le ocurre a Maruja y a su familia. Este fondo es a veces lejano e impreciso, pero así es como creo que se debió de vivir la guerra en una ciudad como la nuestra, alejada de los frentes y de los grandes acontecimientos. Tal y como habrán supuesto, éste no es un libro en el que se narren hechos capitales ni tremebundas batallas. Es un libro de historias pequeñas, un libro que habla de personas y de sentimientos. Con el tiempo, he llegado a pensar que son estas historias pequeñas las que realmente merece la pena contar.

La cuestión es por qué hacerlo y también por qué darle la forma de novela juvenil. Ya me he referido al motivo personal de conocer mejor la historia de mi familia, mi ciudad y mis orígenes. Pero a esto se suma cierto sentido de la responsabilidad. Puesto que me dedico a escribir, me sentí de algún modo obligado a registrar y transmitir lo que le sucedió a las personas de mi familia en aquella época. De hecho, hacia el final de la novela figura un episodio en que la protagonista y su madre visitan a su padre preso, y él les cuenta las penalidades que ha sufrido en el campo de concentración de Castuera (que no era otra cosa que la versión franquista de un campo de exterminio nazi). Al terminar el relato, la protagonista hace una reflexión que es mi propia reflexión puesta en su boca, y que muy bien podría servir como clave de este libro. Dice Maruja:

“Pero mi padre merecía que su historia no cayera en el olvido. Lo menos que merecían él y los miles de hombres que habían sufrido del mismo modo era que sus hijos recordáramos todas las atrocidades que se cometieron con ellos, y que las contáramos a los que vinieran después, de forma que tanto dolor no hubiera sido en vano.”

En este sentido, podría decirse que “Bajo la fría luz de octubre”, al igual que casi toda la literatura, es un intento de contrarrestar el olvido.

Cumplo 40 años dentro de unos días. Me considero, por tanto, miembro de una generación-puente, la generación de los que no vivimos la guerra ni la posguerra, pero sí los últimos coletazos de la dictadura que fue la negra herencia de aquel enfrentamiento. Creo que la gente de mi edad estamos en una posición privilegiada para observar aquellos hechos sin el apasionamiento de quienes los vivieron, pero a la vez con la cercanía suficiente como para transmitir de forma convincente el dolor de aquellos días. Nos guste o no, la guerra civil española es un patrimonio de todos, un patrimonio de la memoria, y es responsabilidad de todos conservar y transmitir este legado. Esto explica que mi novela haya sido pensada como libro juvenil, y también que la forma elegida haya sido la ficción narrativa. La novela es el género idóneo para comunicar ese pálpito humano que con frecuencia los libros de historia nos ocultan. Creo que sólo a través de los recursos de la narrativa para ahondar en la intimidad de los personajes se puede registrar de un modo fiel la magnitud del sufrimiento de aquellas personas que vieron como la guerra rompía sus vidas, el profundo desgarro que nuestra guerra civil supuso para millones de ciudadanos de este país. Para mí, nada sería más satisfactorio que, tras leer este libro, los chavales les preguntaran a sus abuelos “¿cómo fue aquello?” “¿cómo lo viviste?” “¿cuéntame tu historia, tu novela de la guerra?”

Novelas de la guerra (precisamente hace pocos días ha fallecido Dulce Chacón, autora de una de las mejores novelas de la guerra que se han escrito: “La voz dormida”). Pero estoy convencido de que la novela definitiva sobre la guerra civil española está por escribir y lo estará siempre. Porque las páginas de ese libro están guardadas en la memoria de todas las personas que vivieron la guerra, como un gigantesco rompecabezas. Precisamente estos días, coincidiendo con la publicación de mi novela, ha habido gente que me ha contado sus historias de la guerra, y algunos han llegado a decirme “ay, yo también podría escribir una novela con todo lo que nos pasó”. Está claro que nunca seremos capaces de juntar todas esas páginas dispersas en un solo libro, un volumen gigantesco que recogería las innumerables pequeñas historias que constituyen la epopeya trágica de nuestra guerra civil (todas las buenas epopeyas tienen algo de tragedia, y viceversa). Sería ésta una empresa imposible. Pero lo que sí debemos hacer es esforzarnos por mantener vivos los recuerdos de las personas más cercanas a nosotros, de nuestros padres, tíos y abuelos. Los recuerdos de Maruja, de Gabriel, de Paco, de Angelita, de muchos de ustedes, la generación que vivió la guerra en su infancia y adolescencia, esos “niños de la guerra” a los que hoy quiero dedicar esta presentación.

Muchas gracias.”

Eloy M. Cebrián


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Sábado, 28 de enero 2006

Nieve

Ocurrió anoche, en cosa de una hora. Habíamos salido a dar una vuelta y entramos en una cafetería para comer algo. Y cuando salimos, el mundo había cambiado. Bajo la delgada capa de nieve, la ciudad tenía un aspecto irreal. Nieve virgen, recién caída, todavía limpia y uniforme. Anoche la nieve era como un papel en blanco sobre el que es posible escribir cualquier historia. Mientras mi hijo y los otros niños iban a la plaza para organizar una batalla de bolas de nieve, me quedé tomando un copa con los mayores. Pero al cabo de unos minutos no pude resistirme más y me corrí a la plaza con ellos. Tenía la sospecha de que, si no lo hacía, iba a desperdiciar una ocasión irrepetible. El caso es que participé en la batalla y los chiquillos me usaron para ejercitar su puntería (lógico, puesto que yo era el blanco más voluminoso). Hacía tiempo que no sentía una alegría tan perfecta. Ya en la cama, cansado y feliz, pensé que así es como los niños deben sentirse cuando se van a la cama por la noche. El manto unánime de la nieve nos iguala a todos, niños y mayores. Nieva sobre la ciudad y todo es posible. Incluso empezar de nuevo. Aunque sea por una sola noche.

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Fotografías Eloy M. Cebrián