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La posibilidad de una isla (2/12/2005)

Los girasoles ciegos (3/12/2005)

La velocidad de la luz (3/12/2005)

Come together (8/12/2005)

Almansa y Cenizate (17/12/2005)

Pandora en el Congo (20/12/2005)

DICIEMBRE 2005

Viernes, 2 de diciembre

La posibilidad de una isla

Hace algunos días ya que terminé La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq, publicada en España por Alfaguara, que esta vez se ha convertido en el mejor postor. Cuando aún no me he recuperado completamente de este libro, sucumbo a la tentación de dejar aquí esta nota urgente.

Esta es la cuarta novela que leo de este maravilloso canalla francés (la precedieron Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales  y Plataforma, todas ellas en Anagrama). Y en cada una de ellas he encontrado argumentos contundentes para seguir leyendo y admirando a este quinto jinete del Apocalipsis. A Houellebecq se le lee con miedo. Sabemos que cada libro supondrá un mazazo para nuestra conciencia, que vamos a pasarlo mal, y que concluiremos la lectura un poco más cínicos y un poco más desolados que cuando la emprendimos. Además de ser auténticos masoquistas, supongo que los miembros de su amplio círculo de admiradores  tenemos algunas cosas más en común. Compartimos, creo, una visión un tanto desesperanzada de la sociedad, la convicción de que la vida en el mundo occidental aliena al individuo y lo conduce a un punto sin retorno. El lugar baldío y sin esperanza que Houellebecq describe en sus ficciones es el mundo en el vivimos, superpoblado de seres solitarios que se cruzan sin conocerse, que se encuentran sin amarse, que se ven obligados a huir de sí mismos mediante el hedonismo, el sexo o las drogas. Se trata, sin embargo, de fugas sin esperanza, pues la realidad excluye los paraísos. La codicia, la satisfacción inmediata, el sexo despojado de afecto y convertido en objeto de consumo, los mensajes embrutecedores e incesantes de los medios de comunicación... Nada hay fuera del mundo atroz que habitamos. Nada mejor cabe esperar. Los nuevos gurús hablan de otras culturas, otras sociedades, de formas de vida alternativas. Pero para los millones de seres humanos que se ven forzados a llevar esas vidas alternativas, la única esperanza es abandonar sus lugares de origen, escapar del hambre y la miseria, y venir a disfrutar de nuestra sociedad del placer y del consumo. Las religiones aniquilan el discernimiento, embotan la inteligencia, embrutecen a los seres humanos con falsas promesas. Algunas incluso los transforman en armas listas para ser disparadas en cualquier momento. Vivimos igual que soñamos: solos (¿recuerdan de El túnel, de Sábato?). La soledad. Siempre la soledad. Y además de soportar el peso intolerable de sabernos solos, debemos enfrentarnos al horror de nuestra decadencia física, tal vez la única certeza en este mundo de espejismos. De todo esto, y de algunas cosas más, tratan los libros de Michel Houellebecq. No es de extrañar que el autor reciba andanadas desde todos los flancos y que, sin embargo, lo siga un ejército de fieles lectores cuyas filas se engrosan constantemente. Necesitamos escritores que nos hablen de todo esto, de lo absurdo, de lo atroz, de lo que parece no tener solución. Para curar las enfermedades, antes es necesario contar con un diagnóstico preciso. No puede decirse que los libros de Houellebecq posean virtudes curativas, pero jamás he leído diagnósticos más certeros. Lean a Houellebecq. Disfruten de su mirada ácida y brutal. Su mirada de bisturí espantosamente afilado. El mundo necesita sus libros, porque sus libros ofrecen modelos para comprender e interpretar el mundo. Hay mucha más verdad en una sola página de Houellebecq, o de Saramago, o de Palahniuk, que en la suma de todos los discursos de los políticos que nos gobiernan. No hay futuro. O al menos no lo hay si antes no somos capaces de comprender la magnitud del naufragio. Después, sólo nos queda seguir creyendo en la posibilidad de una isla.

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Sábado, 3 de diciembre

Los girasoles ciegos

Leo en la solapa del libro que Los girasoles ciegos es la primera obra de ficción de su autor, Alberto Méndez (Madrid, 1941). Acudo a internet en busca de más información y descubro que este libro ha recibido el Premio de la Crítica a la mejor obra narrativa del 2004. A continuación, con auténtico estupor, me entero de que el premio ha sido concedido a título póstumo.

Resulta escalofriante que la gran protagonista de este libro, que no es otra que la muerte, haya reclamado a su autor a los pocos meses de su publicación. Pero aún es más escalofriante el hecho de haber perdido a un talento literario de esta magnitud en plena madurez creativa, justo cuando comienza a recibir el reconocimiento que merece. El autor deja una novela inconclusa sobre el comisario Yagüe, aquel sicario del franquismo que se hizo famoso por el asesinato del anarquista Julián Grimau. Parece que Méndez lo conoció bien, pues él mismo fue víctima de tortura a manos de ese desalmado. ¿Cuántos magníficos libros más nos ha arrebatado la muerte del autor? ¿Adónde han ido a parar todas esos esbozos de historias que, a buen seguro, bullían ya en su imaginación? ¿Quién se encargará ahora de escribirlas?

Son preguntas sin respuesta, pero no por ello menos importantes. El mercado editorial nos ofrece cientos de títulos prescindibles a lo largo del año, pero tan sólo unos pocos libros necesarios. Es como si, de tanto en cuanto, a un autor le fuera encomendada la misión de escribir un libro que necesitamos leer. Son obras que reflexionan sobre cuestiones fundamentales, que arrojan luz, que nos hacen comprender lo que hasta el momento permanecía en la penumbra. Para mí, esos libros poseen el rango de libros sagrados. Los girasoles ciegos es, sin duda, uno de ellos.

Cuatro historias que abordan nuestra posguerra desde la óptica de los derrotados, con la particularidad de que, como este libro deja bien patente, todos fuimos los derrotados, incluso los que ni vivimos ni recordamos la guerra, pero hemos recibido su negra herencia de odio como parte de nuestra educación. Ahora, cuando está a punto de empezar el 70 aniversario del comienzo de la rebelión militar, algunos predican el olvido. Pero olvidar no sirve para curar las heridas. Es necesario comprender. Así pues, que se caven todas esas tumbas anónimas, empezando por las tumbas de la memoria. Que se exhumen todos los cadáveres enterrados en la ignominia. Que se recuerde lo ocurrido y que se hable de ello. Los libros como Los girasoles ciegos, con su inventario de derrotas, sirven para que empecemos a comprender. Por eso son imprescindibles.

Un capitán del bando nacional se entrega al enemigo el día anterior a la rendición de Madrid. Una mujer muy joven muere de parto en plena huida; su esposo-niño contempla al recién nacido junto al cuerpo sin vida de su madre. Un prisionero es visitado por la esposa del coronel que va a condenarlo a muerte, pero es él quien la consuela a ella. Un intelectual de izquierdas permanece escondido en su propia casa, impotente mientras su mujer es acosada por un religioso del colegio de su hijo. Historias independientes y, sin embargo, entrelazadas por inesperadas conexiones entre sus personajes. Pero, sobre todo, porque todas ellas se internan en ese paraje lleno de escombros y cadáveres, ese reino del horror que fue la España de posguerra.

Sólo hay una forma cabal de contar y comprender nuestra guerra civil, y consiste en intentar reproducir el pálpito humano, el dolor de las personas que la padecieron. Lo hizo Mercè Rodoreda, lo hizo Dulce Chacón, y ahora lo hace Alberto Méndez. Y lo hace con emoción, con verdad y con un lenguaje literario deslumbrante, lleno de resonancias y de músicas. El estilo prodigioso que el autor despliega en estos relatos ya los justifica y los hace dignos de todo elogio. Pero, más allá de eso, el estilo está aquí subordinado al propósito de contar y describir, de ahondar en el corazón del sufrimiento con una lucidez muy poco común. El segundo de estos relatos (de estas "derrotas") se titula Manuscrito encontrado en el olvido, y es sin duda una de las piezas más brillantes y desgarradoras que he tenido el placer (o el horror) de leer. A este respecto, resulta sorprendente que el relato fuese finalista del premio "Max Aub" 2002, una edición en la que el relato ganador sólo se distinguió por su enorme mediocridad. Un elemento más de reflexión sobre qué se premia en los certámenes literarios de este país.

Lamento mucho que Alberto Méndez nos haya dejado y le envío desde aquí mis condolencias a su familia. Pero creo que al menos nos queda el consuelo de que tuviera tiempo para escribir su libro y verlo publicado. Dudo que otro escritor, ni siquiera aquellos con más fama y renombre, hubiera podido hacerlo mejor. Nadie ha sabido estar más a la altura de su tarea. Por ello, le debemos admiración y gratitud.

Descanse en paz, maestro.

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Portada de la obra de Javier CercasSábado, 3 de diciembre

La velocidad de la luz

Ya en vena de dejar constancia de los libros que me han impresionado en los últimos tiempos, reproduzco aquí una reseña de la última novela de Javier Cercas, La velocidad de la luz, que perpetré por encargo hace algunos meses. Espero que sirva para que se animen a leerla.

El éxito tiene a veces efectos adversos. Y un éxito de la magnitud de Soldados de Salamina puede dar al traste con la carrera de un escritor. ¿Qué opciones le quedaban a Javier Cercas tras todos esos premios, traducciones y elogios de astros de la literatura y de la crítica (George Steiner, Susan Sontag)? ¿Cómo decidir el próximo paso de su carrera bajo la presión de todos esos cientos de miles de ejemplares vendidos? Otros en el lugar de Cercas, paralizados por la responsabilidad, habrían preferido esperar a que el brillo de "Salamina" se apagara. La simple idea de esa legión de críticos sedientos de sangre bastaría para desanimar a cualquiera. Pues bien, él ha hecho justo lo contrario. Y celebro poder decir que le ha salido bien.

¿Cómo se sobrevive al éxito? Sencillamente, con trabajo y calidad. Con una novela arriesgada, intensa, emocionante. Plena de excelencia literaria y de honda reflexión. Con una novela como La velocidad de la luz.

Hay dos personajes centrales en este libro. Por un lado está el narrador, trasunto literario del propio Cercas. Igual que el autor hizo en su juventud, también el narrador se traslada como profesor ayudante a una universidad norteamericana del Medio Oeste, un extraño lugar en medio de ninguna parte. Es allí donde conoce a Rodney Falk, un veterano del Vietnam al que todos tienen por un excéntrico. Surge la amistad entre el español, aspirante a escritor, y el ex-soldado, lector compulsivo y observador desengañado de la vida. Poco después ambos se separan, pero sus vidas volverán a converger de un modo trágico e inesperado. Ésta es la peripecia argumental de la que Javier Cercas se vale para ahondar en las cuestiones de siempre, las que realmente importan: la literatura y la vida, el fracaso y el éxito y, sobre todo, la culpa, el modo en que las acciones pasadas nos persiguen hasta darnos alcance. Si pudiéramos viajar a la velocidad de la luz para echarle un vistazo al futuro, tal vez lo único que descubriríamos sería que no hay expiación posible para nuestros crímenes, pues no hay juez más severo que uno mismo.

La velocidad de la luz es el reverso oscuro de Soldados de Salamina, un libro muy distinto y, a la vez, su imprescindible complemento. En "Salamina" se nos contaba que hasta en los tiempos más viles puede surgir un héroe. En La velocidad de la luz, la tesis principal es que hasta la persona más decente esconde un canalla y un asesino bajo su piel.

La velocidad de la luz
es uno de esos raros libros que subyugan al lector (y me atrevo a decir que también lo transforman). Es una novela de tal intensidad que sus devastadores efectos persisten una vez la lectura ha concluido. No hace falta emprender un viaje a la velocidad de la luz para augurarle a Javier Cercas un magnífico futuro en el panorama literario de este país.

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Come together

Aprovecho la mañana de este día festivo para perpetrar las siguientes notas. Por cierto, se las han arreglado para inventar la semana con dos lunes. ¿Alguien puede imaginar perversidad mayor? Pero a lo que íbamos. Ocurre que un buen día se levanta uno y han pasado 25 años desde que asesinaron a John Lennon. Un cuarto de siglo que ha transcurrido como en un sueño. No recuerdo dónde estaba cuando me enteré. Y tampoco creo que importe. Recuerdo, sí, que Lennon había publicado un disco poco antes (me parece que se titulaba Double Fantasy) y que me pareció bastante mediocre. En alguna de las canciones incluso intervenía Yoko, con una voz como de gata moribunda que nos reafirmó en la idea de que aquella tía era una bruja. Nunca me interesó Lennon en tanto que icono del pacifismo. Al cabo de los años, creo que su discurso resulta ramplón, y que muchas de sus manifestaciones públicas fueron sencillamente ridículas. Como músico, sin embargo, siempre me ha parecido un genio, especialmente en su época beatle, sin perjuicio de algunas obras maestras posteriores (Cold Turkey, Working Class Hero o Mind Games son sólo algunas de ellas). Lennon es uno de los pocos artistas del rock que han sufrido un proceso de mitificación doble. Lo mitificó su pertenencia a los Beatles, y lo remitificaron las balas de aquel desgraciado cuyo nombre no recuerdo (que se chinche). Entre mito y mito, tal vez quiso ser únicamente un músico y una persona. Pero los dioses suelen tener planes distintos para nosotros, amigo John.

El otro día, por cierto, me entretuve mirando la web de un fan noruego de los Beatles. Su título era, naturalmente, Norwegian Wood. Lamento no entender el noruego, porque se trataba de un trabajo verdaderamente monumental. Me tuve que conformar con la sección en inglés. En ella encontré, por ejemplo, la sesión fotográfica de la que surgió la portada de Abbey Road, el último disco de la banda (el último en ser grabado, porque Let It Be se grabó antes pero se publicó después). Para muchos seguidores de los Beatles se trata de su mejor álbum, y yo me adhiero a esa opinión. Mientras escribo estas líneas refresco mi memoria con las 17 pistas de aquel álbum, que poseí por primera vez grabado en una cassette, luego en deslumbrante vinilo y, por último, en este mucho más prosaico CD que, sin embargo, suena tan maravillosamente. Me sorprende comprobar que todavía recuerdo las letras casi de memoria (de acuerdo, invento alguna cosilla que otra, pero eso lo hacemos todos). Aún soy capaz anticiparme a cada solo, cada acorde y cada redoble de batería. Me emociona la frescura con la que está sonando Come Together, ese misterio en forma de canción. Sobre este tema han pasado la friolera 35 años y seguimos sin entender un carajo de lo que dice. Pero qué majestuosamente hace retumbar los altavoces de mi PC.

Lo de los Beatles siempre tuvo algo de comunión, de rito compartido. Recuerdo que una tarde los amigos nos reunimos en una casa despejada de padres. Teníamos abundante bebida y un monumental equipo hi-fi. Sgt Pepper sonó de principio a fin, y de principio a fin coreamos cada una de las canciones, un auténtico coro de borrachos. Jóvenes y felices borrachos. La felicidad en estado puro, tan sólo interrumpida por los segundos necesarios para darle la vuelta al disco. Ahora veo la web de este fan noruego a quien no conozco ni conoceré jamás, y me siento hermanado con él. En una sección relata cómo se gestó la portada de Abbey Road. Al parecer, los Beatles no se ponían de acuerdo sobre qué mostrar en ella. Cada álbum había roto con la estética del anterior y había supuesto una pequeña revolución. Al parecer contemplaron la idea de darle a éste, que todos sabían que sería el último, el título de Everest (no por la montaña, sino por una marca de cigarrillos que fumaban), e irse al Himalaya para hacerse una foto al pie del famoso peñasco. Desde luego, la idea era delirante, principalmente porque por aquellos días los Beatles no habrían ido juntos ni a comprar tabaco. Al final, alguien propuso cortar por lo sano, bajar a la calle y hacerse algunas fotos cruzando el paso de cebra que había frente a los estudios de EMI, en St John's Wood, Londres. Lennon llamó a un fotógrafo amigo suyo y el resto es historia. Y éste es el tipo de tontería de la que están hechos los mitos.

Mi amigo noruego (déjenme considerarlo un amigo) cuenta que en su adolescencia viajó a Londres con Interrail, y que lo primero que hizo al llegar a la ciudad, sin preocuparse por comer o buscar alojamiento, fue tomar la línea de metro Jubilee, bajarse en la estación de St John's Wood, y acudir en peregrinación al famoso paso de cebra para emborracharse del espíritu beatle que, sin duda, inunda aquel lugar. Y de paso hacerse algunas fotos. Después ha estado allí otra media docena de veces. Cuenta que ha cruzado la calle andando, corriendo, caminando hacia atrás y a la pata coja, y que ahora se entrena para hacerlo andando sobre las manos. Y les aseguro que yo lo comprendo.

Lo que me frustra de todo esto es que también yo fui a Londres en mi adolescencia y juventud, varias veces. Pero nunca se me ocurrió acudir en peregrinación a Abbey Road. Y ahora me doy cuenta de que con aquella omisión me perdí algo esencial. Nada menos que la posibilidad de contarlo ahora. Tal vez aún podría ir, pero sospecho que ya es demasiado tarde. Me daría vergüenza cruzar el paso de cebra con todos esos turistas mirando. Igual que me da vergüenza reconocer, 25 años después del asesinato de Lennon, que yo siempre preferí a McCartney.  

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Sábado, 17 de diciembre

Almansa y Cenizate

Ayer estuve en la localidad de Cenizate, en la Manchuela, participando en el tercero y último de los "Encuentros con...". Un par de días antes, el miércoles, había visitado el centro cultural de Almansa, donde pasé un rato estupendo con el grupo de lectura "Aitana". El jueves, por invitación de mi compañero de instituto José M.ª Moreno, charlé con un grupo de chicos de 3º de la ESO sobre Vida de Alejandro, por Bucéfalo. Ha sido un trimestre lleno de actividades con los lectores, cada una de ellas inolvidable a su modo. Creo que me he merecido las vacaciones.

Me ocurrió algo curioso en Almansa. Se trataba de un grupo compuesto casi exclusivamente por personas mayores a quienes les tocó vivir la posguerra en plena juventud. Los recuerdos brotaban constantemente. Como siempre que hablo sobre Bajo la fría luz de octubre con un grupo de mayores, me doy cuenta de que cada una de esas personas podría escribir una novela muy parecida a la mía. Durante la charla se relatan muchos episodios de estas novelas posibles. Yo les animo a que pongan esas novelas por escrito, y me gustaría comprobar alguna vez que se han animado a hacerlo. Esta vez me di cuenta de que en la última fila había un señor de unos 70 años al que se le veía muy emocionado. Yo lo miraba de reojo y me preguntaba qué habría encontrado en mi libro que le conmoviera de ese modo. Al final, el señor se decidió a tomar la palabra y me reveló que en el libro se contaba parte de su vida. Y no era solamente que se hubiera sentido identificado con los acontecimientos que se narran. Lo decía con plena propiedad. Este señor, Pedro Andrés, es un primo de mi padre con quien mi familia no tenía contacto desde hace tiempo. De niño pasaba los veranos en la aldea de La Higuera, a la que también acudían mis abuelos con sus hijos. Pueden imaginarse la sorpresa de Pedro cuando, al empezar a leer la novela, encontró la narración de uno de esos veranos de su infancia en los primeros capítulos. Fue muy emocionante poder darle un abrazo a este inesperado pariente. Es la primera vez que un personaje de mis libros comparece en una charla sobre el libro del que forma parte. Ahora entiendo lo que sintió Unamuno cuando Augusto Pérez, el protagonista de Niebla, se presentó en su casa rectoral de Salamanca para pedirle explicaciones. Por suerte, Pedro sólo quería darme un abrazo. Por cierto, el club de lectura ha sido bautizado con el nombre de la niña de su anterior monitora (Aitana), la misma monitora que los animó a leer mi novela. La madre y la niña también asistieron. Era un bebé precioso de unos dos o tres meses, sin duda el participante más joven que he tenido en una charla. A Aitana le han salido 20 abuelos adoptivos como quien no quiere la cosa. A veces la literatura produce efectos inesperados.

Muy gratificante fue también el rato de conversación con los chicos del instituto. Uno de ellos estaba muy entusiasmado con la novela y la historia de Alejandro. Creo que seguirá leyendo. Otro me dijo que no le había gustado nada, y me puso como ejemplo de un libro que sí le gustaba la novela Colmillo Blanco, de Jack London. Es injusto que a uno lo comparen con Jack London, porque siempre saldrá perdiendo. De todos modos le aseguré al muchacho que no pasaba nada, que a los escritores las críticas nos hacen mejorar, bla, bla, bla. Al mismo tiempo tomé nota de su nombre, por si hay suerte y me lo encuentro en una de mis clases en cursos venideros. Me sé de uno que lo va a tener difícil con el inglés.

Ayer, en Cenizate, no sólo había gente de Cenizate. Llegaron varios autobuses (Casas Ibáñez, Navas de Jorquera y algún otro pueblo). Unas cien personas en total. Una vez más me puse en guisa de telepredicador para dar mi charla: de pie, micrófono en mano, deambulando de acá para allá. Me siento mucho más cómodo haciéndolo así. Creo que conecto mejor con la gente, y que ellos lo agradecen. Al principio me sentía un poco cansado. Ha sido una semana larga, y la noche del jueves había salido a cenar y tomar copas con unos amigos. Sin embargo, pronto empecé a notar los efectos de esa adrenalina especial que produce el contacto con los lectores. Creo que la mayoría pasaron un rato entretenido, que era de lo que se trata. Para mí, como en las ocasiones anteriores, el rato que pasé con ellos será inolvidable. Muchas gracias a Jorge, el bibliotecario de Cenizate y monitor del grupo, un tío majísimo, activo y competente donde los haya. También a Ramón, el alcalde, por la cálida acogida. A mi colega y amigo Isidro, por tomarse la molestia de venir a su pueblo para oírme, y a su hermana Mariu, que se le parece pero es mucho más guapa que él. Y a todos los lectores que asistieron y participaron, por darme mucho más de lo que yo les di a ellos.

Con este acto concluyen mis "Encuentros con...". Creo que el balance ha sido favorable, y espero que la Diputación siga apostando por autores de la tierra a la hora de organizar estas actividades. Para mi ha supuesto una hermosa experiencia, y gran parte del mérito la han tenido la gente del área de Cultura de la Diputación que ha organizado esta actividad y me ha acompañado en los encuentros. Gracias Isabel y Lanciano. Y, muy especialmente, mi gratitud para Begoña, Carmen y Menchu, quienes me han acompañado en Villarrobledo, La Herrera y Cenizate, respectivamente. Un placer disfrutar de vuestra ayuda y vuestra compañía.

Ahora, creo que ha llegado el momento de descansar y pensar en escribir un poco. Últimamente he hablado mucho de mis libros, lo que apenas me ha dejado tiempo para seguir escribiendo. Mejor invertir las prioridades a partir de ahora, no vaya a ser que, en lugar de escritor, empiecen a llamarme charlatán. ¿Tendré nueva novela para el próximo verano? Al menos estoy firmemente dispuesto a intentarlo. Así pues, ahora he de dejarlos. Me esperan Los fantasmas de Edimburgo.

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Lunes, 20 de diciembre

Pandora en el Congo

Algunos libros se parecen a laberintos. Resulta evidente cómo entrar en ellos, pero al cabo de un tiempo nos damos cuenta de que no sabemos cómo salir. Y en ciertos casos, como el del libro que nos ocupa, ni siquiera estamos seguros de querer salir.

A este híbrido de Kafka, Conrad y Lovecraft llamado Albert Sánchez Piñol lo conocí por su anterior novela, La piel fría, que fue Premio Ojo Crítico de RNE y resultó agraciada con reseñas muy favorables. Si uno empieza La piel fría por la solapa, se entera de que lo que tiene entre manos es la historia de dos hombres solitarios en una pequeña y remota isla. Cada noche el mar vomita hordas de criaturas que los atacan de un modo masivo y kamikaze. Suena como una historia de H. P. Lovecraft, y de hecho el libro tiene mucho de la mejor literatura fantástica. Pero es mucho más que una novela de género. En La piel fría, Sánchez Piñol traza una sobrecogedora alegoría de la condición humana: vivimos rodeados de monstruos, sí, pero tan sólo porque la monstruosidad es un atributo más de nuestra condición de seres humanos. No es habitual encontrarse en nuestra narrativa, un tanto apegada el terruño, una novela de este tono y de este alcance. Uno había llegado a temerse que sólo los escritores anglosajones escriben novelas tan imaginativas como ésta. Al leerla, comprendemos que los premios y elogios de la crítica no han sido pura fanfarria, sino la constatación de un hito de calidad y originalidad en el panorama un tanto legañoso de nuestra narrativa. El problema de un gran libro como éste, que además es un éxito de ventas, es que coloca a su autor en una encrucijada. Le ocurrió a Javier Cercas con Soldados de Salamina, y su respuesta fue su brillantísima novela La velocidad de la luz. Ahora Sánchez Piñol se encuentra en la misma tesitura y nos regala un fabuloso libro titulado Pandora en el Congo. Algunas veces es un privilegio ser un lector en este país.

Pandora en el Congo es un libro dentro de un libro que se titula del mismo modo. Quiero decir que dentro de Pandora en el Congo hay otro Pandora en el Congo que nada tiene que ver con él, o quizá tenga todo que ver con él. Y sé que todo esto es un endiablado embrollo, pero ¿qué puede uno esperarse si se atreve a abrir la caja de Pandora? Nada menos que todos los males del mundo. Y esto es lo que Sánchez Piñol ha querido retratar en su novela, el segundo título de un trilogía que se titulará De los monstruos (y les ruego que repasen las líneas anteriores para recordar quiénes son los monstruos).

En el Londres de principios de siglo (¿no es maravilloso que una novela española arranque en el Londres de principios de siglo?) un aspirante a escritor se gana la vida como negro de un autor de novelas baratas ambientadas en el África profunda. Este joven literato recibe el insólito encargo de convertir en libro los recuerdos de un reo que podría ser condenado a muerte. Se trata de una estratagema de su abogado, quien piensa que de este modo, convirtiendo a su defendido en un héroe de novela, logrará atraer para él la simpatía de la opinión pública. A lo largo de una serie de entrevistas en el presidio, el escritor escucha la historia fascinante y terrible de una expedición hacia la zona más desconocida del continente africano: la jungla del Congo  (recuerden, "el corazón de las tinieblas" de la novela de Conrad). El reo es el criado de dos hermanos, ambos aristócratas, que se nos revelan como un par de desalmados, sanguinarios epígonos de un imperio colonial basado en la explotación y el pillaje. Las crueldades a las que asistimos, sin embargo, son justificadas en tanto que se perpetran contra salvajes y ocurren fuera de la jurisdicción de las leyes británicas. Pero la situación se invierte cuando los lobos se transforman en víctimas a manos de una misteriosa raza subterránea, los Tecton, cuya aparición nos hace adentrarnos en el fascinante núcleo de la  novela. La narración nos mostrará cómo estos seres, pálidos y gigantescos remedos de seres humanos, van apareciendo en el mismo orden que los colonos occidentales: primero los misioneros, luego los mercaderes, por último los soldados. Más adelante, acompañaremos a los protagonistas en un tenebroso viaje a través de las entrañas de la tierra que nos conducirá hasta la capital del imperio Tecton. Entonces creemos haber llegado entonces al colmo del asombro, y sin embargo la novela no ha hecho más que empezar.

Las voces y los puntos de vista se alternan para narrar esta historia fascinante en la que nada es lo que parece. Cada página oculta una sorpresa que le imprime un nuevo vuelco a la historia. Cada nuevo episodio nos adentra un poco más en un mundo donde parecen existen héroes y villanos, si bien nunca podemos estar seguros de a quién le corresponde cada papel. Sin duda se trata de un viaje hacia el mismo corazón de las tinieblas, que, como nos enseñó Conrad, no está en lo profundo de la jungla, ni siquiera en las entrañas de la tierra, sino en el interior del alma humana.

Esta es, a grandes rasgos, la trama que Albert Sánchez Piñol desarrolla en Pandora en el Congo: una historia de historias donde se entrecruzan la aventura con el horror, el romance con la tragedia, lo imaginado con el más descarnado realismo. Un libro a la vez oscuro y luminoso. Una relato trepidante que siempre nos obliga a leer un poco más, en la tradición de las mejores novelas de aventuras. Sin embargo, más allá del mero entretenimiento, se trata también de  un libro que invita a la reflexión sobre el que siempre ha sido el tema estrella de la mejor literatura. Y me refiero, naturalmente, a la perplejidad que nos causa nuestra propia naturaleza. En La piel fría se nos hablaba sobre soledad del ser humano (cada persona, aislada en su propia isla, contempla a las demás como una amenaza). Pandora en el Congo es un libro más ambicioso en la medida en que se adentra en otras cuestiones fundamentales: la realidad y la apariencia, la maldad, la violencia, el rechazo al que es diferente, la manipulación de la realidad y la mentira como instrumento de poder. También es una historia de amor, pero de un género muy distinto a cuanto el lector pueda esperar. Y supera además a La piel fría en otro aspecto importante: el libro no rehuye el humor. De hecho, algunos episodios son extremadamente divertidos (como aquellos que tienen como protagonista a una extraña tortuga sin caparazón), un contrapunto irónico que introduce el punto de alejamiento conveniente en una narración tan ambiciosa.  En suma, un libro apasionante y necesario que no debería pasarse por alto. ¿Qué nos depara Sánchez Piñol en la tercera entrega de su Trilogía de los monstruos? Les aseguro que apenas puedo contener mi impaciencia.

¿A qué esperan? Lean Pandora en el Congo. Y procuren no olvidar algo fundamental que el narrador del libro (uno de los narradores) se empeña en recordarnos: una novela no termina hasta la última página.

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